30 diciembre, 2010

Final

¿Por qué no escribí esto antes? Mi único rol era el de la tercera persona, esta ciudad no me importaba, la ciudad vacía, que demanda nuevas reglas, que se va borroneando gradualmente. Los nombres y los apellidos eran muy comunes, como vuelos de pájaros. ¿Qué buscaba? Una y otra y otra vez... un bosque, una calle más desierta, un barco a la deriva... La calle no tenía salida pero estaba bien, es justamente la escritura la expresión de este movimiento, es hora de dar la vuelta y volver a casa. Me fui caminando, empiezo a sentir que estoy volviendo. Cada cinco minutos miraba para atrás y el panorama era completamente diferente, un trabajo de movimiento circular, seguramente, y todo se fue para otro lado. Buscaban un acorde en la ciudad, con intenciones de comprar un libro y cuerdas de guitarra. ¿En busca de qué? Dejar atrás el gusto amargo. El mes que viene, seguramente, todo quede atrás, todo va disolviéndose, pero siempre está el margen. Es un callejón sin salida. Es el que te representa mejor. Es siempre más fluido. Es lo que te está haciendo mierda. No sé quién lo escribió, hay una larga parte de esta historia que no podría contar. No lo consigo, no tengo ganas. Entonces me dediqué a leer y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. Y luego otra vez silencio, resuena la caducidad de todas las cosas, la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Seguiría hasta el fin del mundo, hasta el otro océano. Es un camino de ida. Empezó...
Todo aparece otra vez, nada empieza realmente. Nada termina. Parecería que sí, que sigue un esquema pensado de antemano.
Pero por suerte las cosas ya no necesitan ser tan redondas ni perfectas. Sí, es verdad que pasó un año, pero no un año entero; y sí, es verdad que justo, justo ahora está a punto de largarse a llover, se escuchan truenos que hacen temblar las puertas y todo eso, pero no es tan raro que llueva, tampoco.
No.
Afortunadamente está "Her Majesty", que viene a romper un poco con esa cosa tan seria y solemne y sagrada que supone un final, y parece que nos está diciendo Bueno, está bien. No es para tanto. Sí, las cosas se fueron un poco a la mierda y, sí, esto es el fin, pero no nos tomen tan en serio, no sean tan trágicos. Afortunadamente Ulises es muchas cosas, pero es ante todo una historia incompleta. Y si Dante viene a contarnos su muerte, bueno, eso más que cerrar su historia la abre al dominio de todos nosotros, que si Dante puede entonces nosotros también podemos -y pudimos- continuar el relato a nuestra manera. Afortunadamente, al estrepitoso regreso a casa, marchando por el mismo medio de la calle, con bombos y platillos, luego de un viaje en el que parece no haber pasado nada... a ese regreso le sigue el recuerdo de una mujer, de una chica, de su voz, de sus ojos, de su rostro, de su todo. Excepto el nombre. Pero eso es un engaño, porque el nombre en el diario está, sólo que ha sido borrado, intencionalmente.
Afortunadamente, cada una de estas historias es muchas cosas, pero es ante todo una historia incompleta, tan sólo un esqueleto o un tronco que seguirá creciendo, si no para arriba, para los costados, para adentro. El tatuaje del ouroboros es infértil: no hay una serpiente mordiéndose la cola, formando un círculo, porque la serpiente tiene tres colas o tres cabezas, y es como la Hydra, porque si se llegara a morder una cola o una cabeza, crecerían dos o tres más en su lugar.

Comienzo

Y de eso que era el desierto empezaron a salir cosas. Ignorando el eje, haciendo caso omiso de las dimensiones establecidas, todo empezó a funcionar. ¿Quedó o no quedó atrás? Esa zona que no tenía apuro en quedar atrás. No hace falta abandonar algo para ir a otra cosa, ambos están adentro. Empezó lo que venía postergando, la hilvanación, la costura de las partes, exponiendo también las partes internas, la contraparte, los lados B.
Encontraremos un punto de fuga. Y de lo que parece infranqueable, cerrado, huiremos. Nos buscarán por todos lados pero nunca seremos encontrados. Escaparemos. Al mar, al desierto. ¿Cómo superar un final, cualquier final?

27 diciembre, 2010

El desierto

De vez en cuando todas las cosas cambian a mi alrededor, corro los muebles, los espacios adquieren una nueva función y dejo de ser alguien que lee y mira y me convierto en algo que más bien rompe y cree estar haciendo algo, quiere creer. No sé si hay un motivo. ¡Que el que pueda entender que entienda!
Va todo sobre el suelo, tierra o madera, da igual. Es plano. Hay como una especie de estancamiento. No sé qué pasó, al menos eso parece desde esta perspectiva. Pero sin problemas podría ser un falso estancamiento. Por ahí la zona es así. Todo venía demasiado rápido y los detalles fueron surgiendo a medida que ganaba lentitud. No aguanté más estar quieto, así que empezó el viaje. Me rapé la cabeza pero me dejé crecer la barba. A veces algunos me acompañan, otras veces estoy solo. Si me acompañan, estamos los dos solos, no es momento de estar acompañado. Pero capaz que los otros ni siquiera se dieron cuenta de dónde se metieron, y tal vez no lo hagan nunca.
En el desierto hay dos animales que pelean. Uno es un gallo, dorado, no sé cómo llegó ahí. En algunas culturas el gallo o los pájaros en general son enviados de los dioses, mensajeros, cadetes. El otro es una serpiente. Conté cada una de sus escamas: son mil quinientos ochenta y cuatro. Las conozco como si las hubiera dibujado. En algunas culturas, las serpientes son símbolo de muerte pero también de inmortalidad. La serpiente y el gallo se están peleando, tienen para rato. No sé qué se debaten pero debe tener algo que ver con lo anterior, los dioses, la inmortalidad. Están en el medio del círculo y todo parece ser circular acá.
La música del desierto requiere de un humor especial: éste. Es un camino de ida aunque se corre el riesgo también de no llegar a ningún lado. Es circular, en tanto que da círculos sobre sí misma, y se pierde, y se marea. A veces pareciera encontrar un camino que la lleve lejos del desierto, pero vuelve a girar. La luz es tan fuerte que da calor. Se acercan las tres de la mañana. El ambiente está cargado de humo, humedad o algo que sofoca, algo que rodea y es asfixiante, es claustrofóbico al tacto, al oído y al olfato. Por mi nariz pasaron alcohol, lavandina, tinta, pintura, acetona y cigarrillo. Es un mundo que creé yo, moviendo los muebles, recortando cosas, tocando la música del desierto. Ya me duelen los dedos, aún no se llenaron de callos y ampollas pero no creo que tarde. Los pedazos se hacen más chicos y al final se vuelven polvo y se meten en todos lados, en los libros, en el espacio que hay entre los dedos, en la planta de los pies, a partir de donde son llevados a otra parte de la casa. Y la noche avanza pero es siempre de día. Afuera pareció que llovía pero no es tan importante porque en realidad estamos en un desierto. Ahí en el medio hay algo. ¡Es una trampa! Lo sé. Me río. Todo es una trampa. Parece que de ahí viene la música. Un tipo sale, primero es un borrón negro y luego se acerca y me habla, no entiendo lo que dice. Las colas de zorro sirven para prender fuego, pero ¡cuidado! que prenden muy rápido, podés prenderte vos fuego, porque no se prenden es como que explotan en realidad. Vení, vení.
- Mentira, una vez lo hice, de chico. No explotan, se prenden fuego rápido pero no dura nada, porque es muy inflamable pero no es mucho y todo lo que en él hay de combustible combustiona demasiado rápido.
Vení, vamos. Están adentro, todos listos. Van a empezar.
- ¿Recién ahora?
Ya es la segunda vuelta. Empezaron sin vos, pero estás a tiempo todavía.
- La segunda...
Vamos, no hagas tanto drama, la primera es siempre de ensayo, ahora viene lo bueno. Vamos, que todos tienen ganas de verte. Qué bueno que pudiste encontrar el camino, pensábamos que te ibas a perder y tardabas tanto que nos íbamos a quedar dormidos, pero en vez de eso empezamos y justo llegaste, te vimos de lejos.
Vení...

Lo sigo adentro. El ruido me golpea en la cara y sigue de largo hacia el exterior, libre y listo para correr kilómetros antes de debilitarse definitivamente. Cuando estoy cerrando la puerta veo la luna, que es lo único que se puede ver. No sabría decir qué color tiene, pero no alcanza a iluminar nada. Y sigue pareciendo de día.

19 diciembre, 2010

El mar

A veces lo veía pasar y lo seguía con la vista. Si lo cruzaba, nos saludábamos. Si el cruce era más indirecto, probablemente no. Casi siempre era de noche. Los árboles tapaban la luz naranja desde el foco y la calle se oscurecía como si estuvieran pasando ballenas un poco por encima de los cables. Ballenas como nubes, ballenas cruzando el aire húmedo y fosforescente del barrio. Su chorro podría ser de niebla, pero no es época de niebla. Su chorro podría ser lluvia pero entonces no estaba lloviendo. Era como una condensación de la oscuridad que iba pasando, y dejaba una sensación de sonido que no existía, porque era todo silencio, un sonido como de canto demasiado prolongado, o de las hojas sacudidas por el viento creado por el aleteo de la cola. Una ballena azul, en cuya sombra se amuchaban ojos de gato, bolsas de plástico, repartidores de pizza y otros caminantes, que luego del paso de la ballena parecía que salían de la nada. No la seguían barcos balleneros, solamente a su pasaje por el túnel de la calle podía seguirle el de otras, a velocidades diferentes. Tal vez los cazadores eran el conjunto de sujetos que se ocultaban bajo su vientre, pero no lo creo; ahí encontraban el refugio de la sombra y si lloviera no se iban a mojar.
De una de esas olas oscuras salió él, nadando despreocupadamente, con las manos en el bolsillo, fumando. No había muchas personas más que podía cruzarme tan tarde. Mientras nos acercábamos, miré para otro lado, con el propósito de volver a mirarlo cuando estemos a unos, no sé, diez o quince pasos. Hizo lo mismo. El saludo pasó como pasaron todas las otras casas y esquinas, un rato después me volví a mirar para dónde doblaba. A la derecha, eso no me dijo nada. Como no me decía nada lo poco que sabía de él. Y me costaba creer incluso eso. ¿Que no trabajó nunca, que estuvo fuera de esa línea de montaje toda su vida?¿Que no hacía nada de su tiempo? Más que sumar, esas pocas cosas abrían el agujero de la desinformación hasta que se estaba peor que en la posición inicial. ¿Cómo mantenerse afuera de todo y continuar con vida? Cagando a los demás, sin duda. Pero aún así no me entraba en la cabeza.
No siento nada, aprendí a filtrar todo, a amortiguar mi percepción y mi relación con el mundo, como si todo fuera un juego que no es tan importante ganar. Por eso no me importa usar el dinero que no gané, no me importa lo que piensen, no me importa lo que me pueda pasar si sigo caminando solo por acá, no pienso darme vuelta para ver si alguien se acerca. El tiempo se me pasa yendo de un lado a otro y sin motivo. Conozco algunas personas, pero no me interesan demasiado. Me siento solo, creo que no debería estar solo pero no hay nadie. En algún momento todo se va a la mierda, sé que esto está estirado a más no poder, pero aguanta todavía. Lo más sabio sería huir antes de que explote pero sé que no lo voy a hacer.
Por ahí no las siguen los barcos, pero él perfectamente podría estar acechándolas todo el tiempo en su carrera por el asfalto, las seguiría hasta el fin del mundo, hasta el otro océano, al este del este, y ahí todo tendría un final turbio y súbito. Luego sólo el naufragio de un hombre. Se irían esparciendo y alejando entre sí, y el mar volvería a ser otra vez lo que siempre fue: una tierra sin referencias, límites ni direcciones, tierra yerma.

15 diciembre, 2010

Elegía

El primer sueño del año, del año pasado, lo sentí importante. Es decir, no en ese momento, pero fue un sueño que volvió muchas veces a mi memoria en momentos totalmente inesperados. Como ocurrió hace dos semanas. Quise recordar cuándo lo había soñado y lo busqué en el diario de sueños pero no estaba, traté de hacer memoria pero tampoco. Si recordaba tanto un sueño, tenía que ser porque lo había anotado en algún lado. Y hoy, revisando entre las cosas que había escrito a principios del año pasado, para ver qué había hecho entonces, lo encontré. Es la primera cosa que escribo en el año. Hay un 2010 un poco más grande que mi letra normal, la fecha y abajo empieza.
Hoy soñé que estaba -o tal vez formaba parte- con un ejército de... ¿soldados? Era como una legión, o una secta, con una historia muy larga. Usaban armaduras y trajes color violeta, y tenía la sensación de que eran rusos, o de algún lugar del norte de Europa. La orden había tenido un gran esplendor en el pasado y actualmente seguían siendo muchísimos. La cuestión es que hace ya bastante tiempo que habían derrumbado una estatua que los homenajeaba a ellos y tenían la idea de que era hora de reemplazarla. El pedestal continuaba ahí, aunque vacío. Querían llenarlo con una imagen más moderna y magnífica que la anterior, imponente. Pero yo pensaba que los tiempos habían cambiado, que la estatua estaba ubicada en una zona límite con otro país, un tanto confusa, y que colocar nuevamente la estatua llevaría a un conflicto.
Siempre traté de encontrarle un significado, para divertirme. Se me ocurrió que podría ser una vida anterior. Pero más tarde, hace unas semanas, estaba estudiando sobre indoeuropeo y ahí me di cuenta de que encajaba perfectamente ese sueño con mi ideal de esa supuesta civilización. Claro que entonces yo sabía muy poco sobre indoeuropeo pero perfectamente pudo estar basado en mi proyección íntima del asunto. En ese instante de feliz reconocimiento, me di cuenta de otra cosa, me di cuenta de que no había terminado de entender el sueño del viejo, porque ahora sí lo entendía, lo entendía completamente porque era igual que el mío: era el intento desesperado e inútil de bucear, de sujetar algo que jamás habría de ser sujetado de ninguna manera.
¿Qué es todo esto? Primero sentía silencio. Después empezaron a aparecer otras cosas, ¿pero por qué?¿Porque de repente habían empezado?¿O porque de repente fui capaz de percibirlas? Al silencio siguieron los pájaros, y los graznidos me molestaron, pensé que alguna bandada habría estacionado brevemente encima mío. Más tarde, otro día, cayó una piña desde lo alto. Los pinos estaban repletos de ellas pero hasta el momento no había pasado nada. Entonces todas las ramas empezaron a crujir, como si estuvieran a punto de dejar caer a sus frutos infértiles, todos al mismo tiempo, como si personas escondidas en las alturas chasquearan los dedos, y en realidad fuera todo alguna especie de broma. Pero pasó. Y luego empezó el zumbido de los insectos. No sé qué insectos, pero se me hizo insoportable y la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Pero las piñas siguen cayendo. En las cosas que menos espero y menos me agradan siento que mi vida se resbala como un líquido y toma su forma. Son fantasmas o cadáveres animados por mi cabeza, sus venas y arterias secas se llenan otra vez con mi humorismo. Las piñas, el viejo, el bosque de mierda ese, que es más bien una esperanza, alguna especie de motor pero que no puedo arrancar. Que es la perfecta solución al problema, que lo pego en la heladera con un imán comprado en el Puerto de Frutos pero que... no es que no funcione, sino otra cosa. Al final hay siempre un descenso y ascenso, una ida y una vuelta, y a estas alturas ya no sé si hay cambio o no.
Y los bichos se pegan a la pantalla como si fueran otras letras nuevas. El fondo negro con escritura blanca me relaja. El escritorio donde todo se arma me pone tenso. Voy a parar un poco antes de acostarme.

13 diciembre, 2010

El monasterio de Gion

Supongo que hay un momento que no es exactamente uno, sino algo más largo e inexacto, algo así como si agregáramos muchas úes al un para hablar de algo que es concreto pero que no es tan uno. En realidad hay muchos momentos así, pero siempre hay uno referido a una cosa particular. Y la mayoría de esos momentos, sucedieron en un tiempo determinado, que ya no recuerdo cuál es. Una edad determinada... no sé cuál. Pero estoy seguro de que está entre los nueve y doce años. Todas las cosas que no recuerdo, todas las preguntas que me hago, creo que están atadas -la mayor parte- a esos pocos años. De vez en cuando llega algo, como de la nada, que lo sabía y lo tenía asumido pero me daba cuenta de que nunca había meditado sobre eso. Cabos sueltos. Pero si uno debiera interrogar y ordenar todos los años de su vida, no habría tiempo para otra cosa.
Tuve amigos como por oleadas. Reconozco al menos cuatro. Al principio me consideraba una persona sociable y me gustaba hacerme amigos. De esa primera época siento que fue arrebatada, que fue algo que quedó en el aire. La segunda ya fue un poco más adulta, por lo que también más sometida a las cosas adultas, todos los vicios, la desconfianza, todo eso que es tratar de aparentar. Y esa oleada se fue diluyendo con el tiempo. De la tercera y cuarta no hay mucho que decir porque son las actuales y las que más entiendo, pero tampoco es que lo entienda del todo.
Nos llevábamos muy bien, o más bien, nos llevábamos mucho. No había más gente y yo no estaba en condiciones de relacionarme con otras personas, más grandes que yo, no todavía. Y en el momento de mayor vértigo, nos separamos. Pensaba que la cosa iba a terminar ahí, como pasa siempre. Pero siguió comunicado, hablábamos siempre y yo me había convertido en su mayor confidente.
Todo tiene una fecha de vencimiento. Y sentía que ya venía. El tiempo, el no hablar, los cambios en cada uno. Y entonces volviste y se me vienen diez mil canciones al respecto, que podría ponerme a cantar y eso sólo me haría sentir peor, ¿por qué nunca habré aprendido a tocarlas? No creo que sea algo específico: esto. Sino lo que pasa siempre, seis meses esperando para una noche que duró tres horas, y que ni bien empezó no pude dejar de pensar que eso iba a terminar, y que no importa barrer las hojas y cortar el pasto porque en algún momento de todos modos van a dejar de hacerlo, que andar por una ciudad vacía y oscura acompañando a alguien entre extraños es sólo provisorio, que exactamente cuando estoy empezando a hablar con gente, ya pasó un año entero y es hora de seguir adelante, que el Heike arranca diciendo que en el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas y cuando lo repito todos piensan que es una boludez, que tal vez todo es culpa de aferrarse a todo pero ¿cómo parar?¿cómo arrancarse de alguien, cuando uno no es en otro algo que se ajusta o que se pega, sino algo más comprometido, algo que está clavado y cuya extirpación significa daño? Miedo. No sé si te quedás o te vas. Pero mientras tanto tengo miedo. De que así como ahora siento que entonces me faltaron muchas cosas por hacer, ahora no esté haciendo muchas cosas que más adelante sienta que debí haber hecho. Los tiempos verbales son impecables, no hace falta revisar. Ese mes no hubo tiempo para nada. Tres años antes, había recorrido unos dos meses el sur, con la cabeza en otro lado, a la espera de noticias del este. Las últimas me llegaron en Santa Rosa, en un hotel como de siesta y ocupantes invisibles o flotantes. Y nada más. El resto del viaje fue una continua indagación, en cada lugar que podía, de novedades, pero hasta que volví no supe nada nuevo.

27 noviembre, 2010

El cuarto

Del último sí puedo hablar. Hay una mayor cercanía física y temporal. Y también hay mucho que decir de él. Pero entonces siento como que no debo, como que no es a mí a quien corresponde contar su historia. O no es todavía momento de contarla. Le falta algo, le falta todo, no es que recién empiece pero sin duda quedan muchos meandros por delante.
Lo recuerdo, aunque imperfectamente. Pero lo escribí, en algún lado debe estar. ¿Cuándo habrá sido? Primero pienso en el 2008, pero no, no puede ser. Parece que fue hace mucho tiempo, pero sólo pasaron dos años. No, tiene que ser antes. Y el 2007 no está escrito así que debería estar en el 2006, con aquellas hojas cuadriculadas, caligrafía gigantesca y adicta a la birome negra, una jerga y modismos y muletillas que me molestan, así como modos de pensar con los que no estoy conforme. Y por otro lado, ¿cuánto más sincera es esa escritura?
No digo demasiado. En realidad casi lo único útil es la fecha. Lo escribí el veintinueve de mayo. Estaba a punto de cumplir diecisiete años, estaba escuchando a los Sex Pistols y leía Otelo. Ese año había descubierto los pequeños libros negros del Centro Editor de Cultura y no era -todavía- muy quisquilloso con las buenas y malas traducciones. La más barata estaba bien. Con la Ilíada empecé a desconfiar y ahora sólo compro los que son originalmente castellanos, donde el riesgo es mínimo. Arlt, Quiroga, García Lorca.
Concretamente, puse que era sábado, que lo conocí y que me cayó bien. Nada más. Rápidamente paso a explicar que ese sábado fui a lo de un amigo, que cocinamos algunas cosas para vender en una feria y que uno de esos días, en la escuela, me agarró un dolor en el pecho y vino mi abuelo a buscarme. Y ya nuevamente es sábado y vamos a visitarlo a su casa y el domingo él viene a visitarnos a nosotros. Pero sólo eso, la descripción del momento. Ni impresiones ni anécdotas ni especificaciones. El relato lo deja en el aire y va a cosas más importantes: había una televisión en desuso y yo la traje a mi cuarto, donde estuvo hasta más de un año después, cuando decidí sacarla para hacer lugar. Nada de él.
Pero sí, me acuerdo de que nos abrieron la puerta y pasamos al fondo, al jardín. Y ahí estaba, sentado, mirándonos. Era extraño. Él era simplemente un personaje en un par de historias que nos contaron, pertenecía al terreno de la ficción. De hecho, a partir de ese momento empecé a asociarlo a muchos personajes de libros que leía: me fue especialmente inevitable concebirlo como una mezcla de Leo Naphta y Mynheer Peeperkorn, ambos personajes de La montaña mágica. Del primero veía en él su solidez e intransigencia en los modos de pensar, y además sus vidas personales eran bastante análogas. De Peeperkorn tenía esa construcción de su personalidad que me creaba una gran incertidumbre y me daban ganas de indagar el cómo de esa construcción, el por qué, sumiéndome en infinitas hipótesis, intentando dibujar alguna especie de mapa. Me acuerdo de estos dos personajes porque era la novela que estaba leyendo entonces, pero hubo muchos más. No me canso de pensarlo: tenía rasgos terriblemente literarios. Y sin embargo ahí estaba, el verbo se había hecho carne y habitaba entre nosotros. Y en efecto, como dije, una semana después lo volvimos a ver y poco a poco se fue haciendo parte de nuestra cotidianidad.
Había como algo que no alcanzaba a ver. No se parecía a ninguno de nosotros, pero al mismo tiempo sentía que teníamos algo en común. Fue muy raro para mí, encontrarlo. Era un tipo de persona que yo nunca había frecuentado antes. Entonces empecé a pensar que había cosas acerca de nosotros que no las conocemos y cosas que creíamos conocer que podían y debían ser sospechadas e interrogadas. Su historia es tal vez otra historia abierta y por lo tanto es casi erróneo decir que es suya.
Después de eso, hay idas y venidas, es inevitable. Luego un gran silencio. Luego una aproximación. ¿Verdadera?¿Ilusoria? No sé. Y luego otra vez silencio, e incertidumbre.

12 noviembre, 2010

Descenso y apoteosis

Cuando quise hablar acerca de él, a mediados de año, decidí hacerlo desde la primera persona, tratando de ser lo más fiel a un relato que me contaron sobre él, del que no fui testigo ya que, al fin y al cabo, nunca llegué a conocerlo personalmente.
También, cuando decidí contar esta historia, sabía muy poco del principio, de la razón por la que debieron abandonar su país y venir a esta ciudad, junto con tantas otras personas. Sabía que había habido una guerra pero muy poco sabía de ella. Me decían que era una guerra fratricida pero ¿qué guerra no lo es? Ahora entiendo un poco mejor las circunstancias, los bandos, pero se me sigue escapando una gran gama de matices donde se confunde lo revolucionario con lo restauratario, lo viejo y lo nuevo, y encuentro que los mismos protagonistas deambulan y titubean ante estos polos. ¿Qué camino seguir?¿Cómo saber en qué terminará, a dónde conducirán esos caminos?
Pero a la historia nacional se le suma la historia de un pueblo que ha estado siempre ahí, de una lengua que ha estado siempre ahí, y que nadie sabe exactamente de dónde salió, postulando algunos su origen independiente en el pasado remoto, anterior o lejano a los grandes imperios y civilizaciones, al margen occidental. Es difícil decir cuánto de esa cultura seguía formando parte de ese pueblo, por entonces. Los rasgos, que ya habían sido afectados y habían devenido por la influencia del tiempo y del contacto e invasiones de otras sociedades, pasaron a formar parte de lo prohibido y se los trató de diluir en un crisol de donde no se esperaba que salgan. También es difícil decir si en realidad pertenecemos a esa cultura, o qué tanto pertenecemos a esa cultura, pero sobre eso hablaré más adelante.
Lo cierto es que, si bien la guerra marca y condiciona la vida de las personas, el tercero no tuvo tiempo de ocuparse más que de eso. La guerra fue para él un factor externo que incidía en su vida en muchos aspectos; y de todas maneras, no supo bien si la culpa era de la guerra o si la vida -toda vida- se suponía que debía ser así.
Yo soy de los que piensan que todos pensamos lo mismo en el fondo, pero que algunos llegan a darse cuenta y otros mueren antes. Creo que el tercero es de los que llegaron a darse cuenta.
El principio, entonces, se pierde un poco entre los viajes y la memoria y la falta de testimonios u oportunidades (o cojones, diría él, y por ahí es la razón central). Pero me es un poco más fácil hablar del final ya que, a pesar de que tampoco estuve presente, fue mucho más reciente, tanto los hechos como los relatos.
Fue mi papá quién se enteró de su actual paradero: el hospital. Después de años y años de ir de un lugar a otro, de una casa a otra, de una mujer a otra, acabó ahí, esta vez para quedarse. Un hijo de puta, que se había cagado en su familia más de un par de veces. Habíamos perdido su rastro hacía mucho tiempo. A decir verdad, nadie de nosotros lo buscaba ni esperaba encontrarlo, se había convertido en nada más que un puñado de historias que contar, lo que la mayoría de nosotros somos, en definitiva. Cuando todo esto sucedió no pude evitar acordarme de uno de esos relatos.
Mi papá lo había ido a visitar. Así como él iba y venía, así también su fortuna hacía lo mismo: había temporadas en que le llovía dinero, era dueño de negocios y restaurantes, se codeaba con los ricos y poderosos, y tiempos en los que -literalmente- se cagaba de hambre. Y en momento de abundancia fue cuando lo fue a visitar mi papá, subiendo en el ascensor una decena de pisos para llegar frente a la puerta. Golpeó y se alejó un poco, adoptando una postura despreocupada, pero pasaron unos minutos y nadie abrió. Volvió a alzar la mano y al instante se fue para atrás la puerta, mostrando el rostro de su tío en el lugar a donde iba el golpe. No tuvo tiempo para ver el desorden y suciedad que habían invadido el departamento, detrás.
- ¿Por dónde subiste?
- Por el ascensor...
- ¿Había alguien abajo?
No entendía a qué iba todo esto, pero sí, en realidad sí había visto a un par de tipos en planta baja, hablando con el portero. Pararon de hablar en cuanto él pasó a su lado, y siguieron luego de observar cómo se alejaba hacia el ascensor. Se lo dijo.
- Nos vamos
Atrás, ya habían llamado al ascensor desde otro piso, así que se arrojaron hacia las escaleras, con el mayor silencio que pudieron lograr. En planta baja se encontraron al portero.
- Estaban preguntando por usted, dos personas...
- Bueno, gracias.
Siguieron de largo, buscaron el auto y se fueron. Después de ese episodio, tuvo que vivir bastante tiempo escondido y cambiando de lugares. No sé cómo se resolvió, tal vez no se haya resuelto, pero me gustaba porque era exageradamente novelesco y por la forma en que mi papá había sido arrancado de su vida normal y metido a los empujones en ese microcosmos ficcional.
Ahora pasaba algo parecido. Cuando entró en la habitación del hospital, él estaba asomado en la ventana, e hizo un gesto rápido con las manos: seguía fumando a escondidas. Cuando se dio vuelta y vio a mi papá, puso cara de pocos amigos.
- Si hubiera sabido que eras vos no tiraba el cigarrillo.
Lo miró, sin responder.
- Bueno ya está, mirá ahora, cómo cambiaste, se te nota la edad ya...
No había mucho más que decirse, el tiempo abre abismos entre las personas. Pero mi papá quería preguntarle algo, para entenderlo mejor. Yo pienso que con eso buscaba entender no solo al tercero sino a toda la familia, para atrás y para adelante.
- Che...¿por qué viviste así?
- ¿Así cómo?
- Así... cagándote en todos, metiéndote en cosas jodidas, como cuando hacías enojar a todos hace mucho tiempo, cuando nos reuníamos todos. Parecía que lo disfrutabas, que todos se peleen entre sí.
Lo miraba gravemente, pero él prefirió mirar para otro lado. No le importaba responder, pero algo le hizo cambiar de opinión. Aún me sigue sorprendiendo que haya respondido.
- Mirá, no le des muchas vueltas. No sé si hay una respuesta exacta, pero te voy a decir lo que estoy pensando ahora, que por ahí no tiene nada que ver pero que me parece una verdad universal hoy y ahora. Todos huyen. De una forma u otra, todos huyen todo el tiempo. Ya no sé de qué, me lo pregunté muchas veces y ya no puedo decirlo. Trabajar y ganar dinero, dedicar tu vida a viajar, o al cine, o a la literatura, todas son solamente diferentes formas de huir. Pero escuchame bien. Nunca van a tener éxito. Nunca.
¿Qué clase de explicación era esa? Bueno, la única que llegó a dar. No dijo nada más demasiado importante. Su situación se fue complicando más y más y no tardó mucho en morir. Mi papá se encargó un poco del entierro y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. No aparecieron sus hijos, ni amigos, ni socios, ni conocidos, nadie. En fin, tampoco le hubiera importado demasiado, probablemente se habría reído de ese enojo infantil que todos sentían hacia él.
Después de eso, las menciones al tercero se fueron haciendo más escasas hasta que, hoy en día, es muy raro que hablemos de él.

02 noviembre, 2010

Un año junto al viejo

Empieza a hablarme inesperadamente, sin que yo lo pida. Ah... ¿qué extraño paraíso sueña el viejo, ahora? Camina por calles de una ciudad, dice, y no sabe si estos recuerdos vienen de impresiones subliminales de vidas pasadas o de tanto darle vueltas a la idea durante años y años. Pero lo cierto es que camina por calles de una ciudad y todo se me aparece a mí como a través de un velo o borroneado por una niebla vacía. Es un extraño cruce entre una ciudad antigua de oriente y un centro turístico de más acá, quizás ambas cosas a la vez. Su relato me hace pensar en una ocupación, un período posterior a la guerra en el que los ocupantes disponen del terreno ganado a su antojo, marcando profundamente la geografía del lugar. Las casas de estilo europeo se mezclan entre las de estilo oriental, me dice, y lo mismo con la gente: vestidos y levitas y túnicas de colores claros. Camina por las calles llevándose por delante a estas personas, vislumbrándolas por sobre el hombro, avanzando y buscando algo que cree que está al final de la calle. Tropieza con algo y se percata de la cantidad de gente sentada en el suelo, apoyadas contra la pared y con las piernas y manos estiradas, con éstas ha tropezado. La visión de los mendigos impresiona su frágil corazón: le muestran sus heridas y deformidades y él prefiere no mirar y seguir adelante. No dista mucho más. Allá lo ve, al templo. Tarda un tiempo en subir las escaleras y es un gran esfuerzo para él, pero lo consigue. Es muy importante entrar, ha esperado esto toda su vida. Atraviesa el umbral y la claridad queda afuera. Lo divino y lo pagano ha caído allí y se ha hecho uno. Las figuras de los dioses son sublimes y, a veces, eróticas, dice, alejadas del buen gusto, dice que dicen, y se acomodan en los rincones mientras el viejo avanza por el pasillo central del templo, hacia la imagen final, el o la o lo ídolo que está esperando sentado sobre el suelo del templo, que se empieza a nublar más y se lleva al templo mismo consigo, a las imágenes y a todas las gentes y las casas y lo deja solo en la nada por un instante de terrible desesperación.
La toma fue para mí un tiempo indefinible, como asistemático. Entonces me dediqué a leer, revisar papeles y ver cómo el mundo progresaba mientras yo me había salido (mucho más de lo normal) de esa rueda sin fin. Al volver, realmente esperaba no encontrarlo ahí, que se pierda, que se pierda entre el desorden y el caos de la toma y que opte por abandonar. Pero no, ahí estaba hablándome, como la primera vez, sin que yo se lo pida. Traté de impedirlo, entonces, pero no funcionó. Siempre me siento al fondo, pero como era un aula chica, el fondo era la segunda fila. Él entró con pinta de profesor, pero se sentó adelante mío. Y empezó a hablar con todos, con todos y cada uno, hasta que se dio vuelta para mirarme. Aquí, el no hacer contacto visual es esencial. Bajé la vista, saqué un libro, hice que buscaba algo, miré los carteles de las paredes, miré las paredes, revisé la hora, miré al pizarrón, me di cuenta de que no me fijé realmente qué hora era, miré otra vez, no podía creerlo, ¿cuánto pasó ya?¿un minuto entero?, en algún momento tiene que dejar de mirarme, se tiene que dar vuelta, pero ese momento podría no llegar más, ¿voy a estar acá con la cabeza baja los próximos veinte minutos, todas las clases del año que sigue y que recién empieza? Cuando ya me agarra una claustrofobia situacional, el viejo desiste y se da la vuelta, pero esta primera batalla ganada no significó nada, porque la clase siguiente me hizo una pregunta directa, un ataque ineludible. Después de eso, es fácil continuar el camino del diálogo unilateral.
Y en todo este tiempo aprendimos muchas cosas: sus múltiples profesiones, sus estudios y metas, sus intenciones. Y otras cosas más del carácter personal como la composición de su familia, sus opiniones políticas y sociales, el profundo amor que siente por el conocimiento, aquella, oh, fuente inagotable de satisfacciones, y por supuesto su profundo desprecio por la ignorancia y la idiotez de la gente. El acopio de saberes, hasta el hartazgo, hasta el dolor de cabeza, hasta el no saber ya más nada. El resto son delirios, sospechas y esoterismo. No decentes ni siquiera para ser vistos.
Pero finalmente termina uno por acostumbrarse, tanto que su ausencia en la clase tiene algo de vaciedad. Ahora despierta de su profundo sueño y me lo cuenta. Creo que busca la manera de volver ahí, creo que quiere vivir en los sueños y soñar la realidad, subir a la montaña mágica para no bajar más. Y yo... no sé qué hacer. Hasta cierto punto lo entiendo y no sé si siento lástima por él o por mí. ¿A dónde conduce el camino que toma?
Tal vez a la nada.
¿A dónde lleva el otro camino?
Tal vez al mismo lugar.

28 octubre, 2010

Noviembre

No me convencía seguir durmiendo de ese lado y entonces se me ocurrió darme vuelta otra vez, como antes, for old time's sake. Si todo el día había estado viviendo en el pasado y quería seguir haciéndolo, dormir de ese lado parecía el mejor recurso para conciliar el sueño. Pensé "mi polo habrá cambiado otra vez". Pensé que era un fenómeno similar al de las piedras que, cuando llegan a una temperatura muy alta y se enfrían, se solidifican también marcas o huellas en su cuerpo que se orientan al norte, al norte del momento, porque hay muchos nortes y siempre están cambiando. Los geólogos, supongo, usan esto para ver a qué época pertenece cada piedra o cada norte. Hasta ahí llegan mis conocimientos paleontológicos.
El tiempo, entonces, empezó a pasar realmente despacio. Me levanté y estuve algún tiempo analizando mi situación, sentado en la cama con las piernas cruzadas, como indio. El día parecía estar gris y oscuro pero bien podría ser esto un efecto de las paredes y estar afuera brillando el sol. No es momento de saberlo todavía. Las cosas se van acumulando en mi cabeza: siento que acopio papeles, libros, pensamientos y situaciones y tengo que ponerme a prestarle atención de a uno por vez. No lo consigo, no tengo ganas. Miro sobre el escritorio el resultado de esta acumulación. Hay lugar pero no el suficiente para poder mantener el orden. Habría que sacar la lámpara, que está medio rota desde hace un tiempo, el tema siempre de los cables flojos, aunque la verdad es que rara vez la usaba y en esas ocasiones llenó la habitación de un fuerte olor a plástico quemado. Los retratos están acorralados contra la pared, el reloj orientado de modo que no pueda ver la hora. Al fin me levanto, lo acomodo y me voy a la cocina. Hambre no tengo, cosas de la mañana. Hay platos para lavar y no hay nada mejor que hacer. Muchos tienen un orden para esto y yo, inconscientemente -hasta hace algún tiempo-, no soy la excepción: primero las cosas que están arriba y afuera, casi sobre mí, que parece que se me vienen encima, que van a empezar a invadir mi espacio y hacerse plaga. No asustarse, no desesperar. Por más posible que parezca, no ocurre, y con esfuerzo y perseverancia la pila baja y la vajilla queda reducida a su espacio natural. Una vez superado esto, se sigue con los cubiertos y los vasos, que son un fastidio siempre. Termino y vuelvo a mi cuarto, a abrir el balcón. Es interesante destacar que sí estoy en lo equivocado, que el día es soleado y fresco, que habrá que resistir esta evidente contradicción entre el afuera y el adentro. Al fin, la escenografía siguiendo el curso de los sentimientos no es nada más que un artificio de la ficción, ¿dónde está la novela realista? En algún lugar de España o Italia, pero no sé si acá. Vuelvo a la cocina, a averiguar la temperatura, la situación general, a ver si pasó algo fuera de lo normal. Me cambio, busco la billetera y las llaves y me acerco al teléfono pero no sé si llamar. Levanto el tubo y observo todos aquellos botones que no supe nunca para qué servirían y ahora ya es muy tarde. Aprieto uno y el tono se corta por un segundo y vuelve con el sonido de ocupado. Cuelgo y me voy a la cocina otra vez, a ver si me falta algo. No sé si cambiarme la remera. Es gris. Tengo ganas de llevar una blanca. Casi a punto de decidirme a subir cambio de idea. Ya está, voy así. El negro quedó descartado desde el principio, por el sol, por supuesto, por las cuadras al sol que hay que caminar. Nuevamente me pregunto si me falta algo, y voy revolviendo hasta la puerta, alargando los pasos, muy pausadamente. Y llego a la puerta sin recordar nada. Miro distraído el suelo y pasan algunos segundos sin que me de cuenta. Si me estuvieran filmando, ésta sería una de esas partes de las películas en las que hay una escena larga y silenciosa donde los sonidos corporales de los espectadores pueden oírse claramente y entonces se mueven incómodos en sus asientos y tratan de que creamos que nada pasó. O al menos eso es lo que hago yo. Pero en realidad no hay espectadores ni ruidos corporales ajenos a los míos y cuando me doy cuenta de que estoy pensando estas cosas con la mano en la manija de la puerta, sacudo la cabeza como para apartar ese velo de fantasía y abro. La puerta está abierta y me conduce al pueblo.
El tiempo. Ya no sé si pasa despacio. Pero pasan muchas cosas y no pasa nada. La realidad está como inflada de acciones que existen pero que no significan nada. El resto de la tarde, me voy moviendo de un lado a otro, de la cocina al patio, viendo llegar a la gente, viendo cómo se saludan, pero en definitiva no voy a ningún lado, no hago nada. Sólo relleno el tiempo. El resto es vaciedad. Y cuando siento que verdaderamente ya he hecho mucho o por lo menos algo, miro la hora y me doy cuenta de que no pasó nada. Miro alrededor mío, el ambiente claustrofóbico, la monotonía de las horas de la siesta, y no pasó nada. ¿Qué más podría decir?¿Qué debería hacer?¿Qué otra cosa debería pasar?
La procesión va por dentro y es larga y tropieza consigo misma a lo largo de toda la calle. Las calles están impregnadas de un perfume que quedó. Se llega a oler el frasco vacío aunque el perfume se haya acabado. Queda su huella, que es su esencia, que se huele, y que a pesar de que no haya más perfume, lo más importante de éste -su olor- sigue ahí. Las calles muestran sus puertas y desde allí la gente nos ve pasar. Las puertas están abiertas.

17 octubre, 2010

La casa

Y cuando se lo leo a los demás no encuentran nada llamativo en ese pasaje. Algo debe estar mal, en mi cabeza se arma la imagen más triste. Y ahora, viendo esas ventanas, pienso en la casa, mientras entro en ella; o más bien, en una de sus partes. En la huerta del frente hay sobre todo radicheta y el trabajo es fácil: consiste en cortar las hojas, casi al ras. Parece imposible que de allí vuelva a brotar algo, pero me explican que esto es yuyo, y crece solo.
La casa es ante todo dos casas. En realidad tres casas. Hay una larga parte de esta historia que no podría contar porque, en definitiva y aunque me moleste mucho, de lo único que puedo hablar es de mí. Decía que son por lo menos tres casas, que probablemente era un único terreno al principio y que con el tiempo los límites fueron cambiando. Herencia directa de Siringe, las fronteras tienen el carácter de ser dinámicas, están pero no tanto, son negociables y mutan con el tiempo. Mutan tanto que en pocos años uno puede volver y encontrar una casa totalmente distinta a la que dejó. Dos de estas casas son simétricas, construidas a modo de espejo. Viví en una de ellas hace mucho tiempo, pero no recuerdo demasiado.
La casa no quiere estarse quieta y busca siempre dónde crecer, qué habitaciones y pasillos simplificar, qué espacios dividir. Sus ramas siguen creciendo cuando ya no parece necesario que sigan, pero la necesidad no es una categoría que tenga muy en cuenta. Sigue subiendo, como el zapallo que llega a la terraza y ahí sigue horizontalmente, alargando sus sarmientos, concibiendo frutos y escondiéndolos de la vista entre sus gigantescas hojas, mostrando en cambio las flores para distraer. Lugar vedado, y con razón: casi no hay paredes que resguarden de la caída al que se asoma. Eso lo convierte en el lugar anhelado al que todos quieren ir. De chico invitaba a un amigo y subíamos juntos. Mentía mucho en esa época, ahora lo hago un poco menos. En fin, le decía que al atardecer venían unos amigos míos por los techos y jugábamos al fútbol ahí arriba. Tampoco creo que me haya creído.
Atrás hay otra huerta y también tengo que hacer cosas ahí. Dar vuelta la tierra, removiéndola y al mismo tiempo enterrando lo que queda de las plantas de la temporada pasada. Temo que sea una tarea muy tediosa pero cuando hundo la pala en la tierra se abre paso hacia abajo como si fuera agua. Esa suavidad de la tierra me llenó de alegría y, si el proceso tardó mucho, no me di cuenta, divirtiéndome con esa curiosa propiedad del suelo. Seguramente el producto de tanto trabajarla, pulirla, estar en contacto con ella. Lo que en mi casa y todos lados era rebelde acá se tornaba maleable y dócil. Tiré las semillas, así nomás. Crecerían solas, me dijeron, no había que estarles encima todo el tiempo.

16 octubre, 2010

Calles

Bajaba. No es una manera de decir ni algo referido a la numeración de las calles. Si se presta un poco de atención, hay una bajada. Volvió el verde y todas las hojas y no sé si lo prefiero pero lo recibo de buen grado porque me causa un efecto similar al de la lluvia y al del pelo largo: el follaje (sea gris, negro o verde) aumenta el volumen de la ciudad, ocupa lugares vacíos y, finalmente, oculta. El descenso es algo familiar, en todo sentido. Conozco más detalles de lo pienso. Hay espacios difíciles de notar, lugares flotando, balcones y terrazas, ventanas o puertas que dan a la nada, habitaciones escondidas. Todo eso que uno cree no ver y a lo que no podrá llegar más que con la vista, a menudo me vuelve en forma de sueños. Y entonces me despierto y no estoy tan seguro de si existe o no, pero sé dónde está y que estuve ahí. Y bajo a ver si es cierto, y sí, el lugar está ahí, imperceptible. Es un crimen secreto haberlo observado desde otra perspectiva, haberlo habitado.
Ya no digo que estas calles son mías. Hace tiempo pensaba eso, sentía que este lugar me pertenecía y, por eso, debía marcar mi territorio y pelear por un título que no existía. Entonces pintaba las paredes yermas y aburridas con colores brillantes, con imágenes que hablaban. Era algo que me hacía muy feliz. Primero limpiaba las placas radiográficas con lavandina hasta que las huellas de los huesos se borraban. Después pegaba la hoja impresa con el modelo detrás del celuloide ahora transparente y empezaba lo más difícil: cortar, siguiendo líneas y los claroscuros, armando el mapa requerido para que los diferentes pedazos se mantengan unidos, adaptando el dibujo a mis necesidades, dándole el don de la reproductibilidad. Esto lastimaba mis dedos y me dolía seguir pero una vez empezado sentía una gran ansiedad por ver el trabajo terminado y no podía parar. ¿Y cuál era el trabajo terminado? Para mí era el stencil en sí, era producto y además un motor capaz de multiplicarse a sí mismo. Todo esto tardaba unos dos días. Por las noches salíamos, menos veces y más lejos de lo que me hubiera gustado. Íbamos caminando, corríamos por un terreno que era ahora campo de juego. La oscuridad era cálida, como anaranjada, y aprendimos a hacer un uso estratégico del ruido y del silencio. Y los que me acompañaron esas primeras veces siguen estando a mi lado. Luego empezaron a sumarse algunos con los que ya no me interesaba compartir el momento. Seguí con otros y también solo, pocas veces. No es lo mismo, sin duda se necesita más de un par de manos (de una manera u otra siempre se van a pintar un poco pero el quita-esmalte es una buena solución). Y ahora no lo hago más. No por una cuestión ética sino por todo eso. No encuentro las oportunidades, me olvido, y me gusta pero ya no me interesa tanto. Mientras, las impresiones subliminales en las paredes se han borroneado pero siguen ahí todavía.
Luego pude entender de otra manera este lugar, no es que me pertenezca sino más bien que yo pertenezco a él, junto a todo eso que vive y sobrevive detrás de las esquinas, donde siempre estuve y estuvieron todos. El pueblo que renace. Y bajando voy llegando a la casa. Miro la parte superior iluminada, los balcones y vidrios estaban abiertos. El otro día traduje algo. "La amarillenta túnica era tejida por los dedos sucios de las esclavas en el antiguo taller con gran cuidado. Tú, benévola anciana, estabas junto a la brillante ventana y arreglabas los cabellos de la novia". No sé quién lo escribió. Se me vino a la cabeza de repente y me llenó de tristeza mientras estaba rodeado de tilos.

07 septiembre, 2010

Acto Cuarto

(Ahora todo es oscuro y turbio, es agua negra en la que no existen tanto las direcciones. Los focos de la luz de la calle crean círculos de salvación, mundos autónomos en los que la realidad tiene aún algo de lo que era unas horas atrás. Vamos caminando juntos. En realidad me está guiando, conduciéndome a través de la selva oscura.)

- El problema es que diga lo que te diga, no va a cambiar nada, vas a seguir siendo como sos, golpeándote contra todas las paredes.
- Vos decidiste dejar de ver esas paredes, hacer como si no existieran.
- Y eso es lo que hay que hacer. La forma de vida que llevás, el modo en que pensás, eso es lo que te está haciendo mierda.
- Las paredes existen independientemente de uno.
- No

(Sí. Me queda clarísimo el tipo de persona que pensás que sos. Así y todo yo pienso que podrías ser completamente diferente. Y que en el fondo hay otra cosa, hay un núcleo muy difícil de ver, que está más allá de todos los accidentes de tu vida)

- Venía por la calle y pensé que te vi, viniendo hacia mi por la misma vereda. Pero sospeché... había algo que no estaba bien. A tiempo me crucé, primero titubeando sobre el cordón y finalmente atravesando la calle como a un río. Hice bien, evité una desgracia. No se parecía en nada y desde la otra vereda me gritó si tenía cigarrillos. Le dije que no. No escuchó y volví a repetírselo, ya mirando para otro lado, y doblando la esquina.
- Bien por cruzar a tiempo.

(Pero no, que no es a tiempo. Que si te veo a vos no cruzo, y eso es una desgracia peor e inevitable)

- Pero no, que no sos mi Virgilio y mucho menos mi Beatriz.

(Ya ni me escucha. Quiero decirle lo importante que es para mi, quiero decirle que es el detonante de todo lo que escribí, o de gran parte de lo que escribí)

- Me hubiera gustado que leas lo que escribí...

- ...¿De qué hablás?

05 septiembre, 2010

Acto Tercero

(Todo se me fue de las manos. Ahora me gustaría irme, poder irme. Y al mismo tiempo necesito que se quede a mi lado)

- ... el otro día vi desde el colectivo a dos amigos que caminaban sincronizando sus pasos, aunque creo que lo hacían sin darse cuenta. De todos modos, me acordé de cuando hacíamos eso todo el tiempo, caminábamos mucho, antes...
- Mirá, ya estás hilando ideas de la nada, cambiándome de tema todo el tiempo, ¿a qué salió eso?
- Tenía ganas de decírtelo y ahora me acordé, recién ahora, bah, desde hace un rato. Y ahora ya no lo hacemos más, ¿por qué creés que pasó eso?
- No sé... no es que caminemos menos juntos. Por ahí caminamos más solos y ahora tenemos nuevos hábitos.
- Mmmmmsí, puede ser. Como ahora, bueno, no estamos caminando pero...

(Se creerá que a medida que avanza la noche, el diálogo se torna exógeno, es lo común, es lo que pasa en la novela realista. Pero no. El silencio exterior crece -sin que eso moleste a nadie- y a eso se le opone el estallido de las diferentes voces internas, donde el diálogo es siempre más fluido, más sincero y abundante.)

- Podemos irnos, si querés, y caminar.
- No, a vos te queda mal, y justo ahora... no tengo ganas.
- ¿Qué pasa?


- Nada... no sé. No puedo soportar el mirar para otro lado. Perdón, soy malísimo hablando, ya sabés, mi fuerte no es la oralidad. Pero voy haciendo progresos. Lo que quiero decir es más o menos como dice la canción, "Me alejo un poco de vos, luego de un rato vuelvo, cambiaste la voz, tus ojos miran serios...". ¿Entendés? Se me hace muy difícil continuar caminando sin ver a los demás; cuando están fuera de mi vista siento que cambian...
- ¿Qué querés?¿Controlar todos sus actos?
- No... ni mucho menos. Sólo te hablo de lo que siento...

(Y vos también sos así. Primero me das la razón, pero después te vas y hacés exactamente lo contrario. Y aunque no lo sea, no puedo impedir ver eso como una traición, un engaño. Vos, tal vez la persona más fiel que me crucé en la vida.)

- Leí lo que escribiste...
- Sí, me lo esperaba.

03 septiembre, 2010

Acto Segundo

(Han pasado algunas horas. En el medio hubo mucho y no tanto: un almuerzo, un par de viajes en tren y colectivo, dos clases. Acordamos encontrarnos para cenar algo rápido antes de reunirnos con los demás. Sólo nos acompañan cuatro o cinco personas más, en sus respectivas mesas.)

- Estamos cerca
- Qué pocas ganas de ir que tengo...
- ¿Y entonces para qué venís? Quedate en tu casa y listo.
- Es que al final la termino pasando bien. Igual, el faltar, el estar ausente, a veces me da como una... no sé, satisfacción secreta, que no sé a qué se debe.
- No sabés... la bronca que me da cuando decís cosas así.

(Se enoja, mira para otro lado, un enojo desmedido que me enoja mucho más a mi.)

- Bueno, bueno, no es para tanto...

A veces no te entiendo. No entiendo tus modos de pensar. No... no es eso. En realidad los entiendo, a todo eso, tus estados de ánimo y formas de pensar. Dije cualquier cosa: los entiendo, pero no estoy de acuerdo con ellos. Son tan maleables, tan dinámicos, según la gente alrededor, según el medio por el que hablemos. Son como personas diferentes, no máscaras sino perfiles que salen a la luz de una forma u otra. Y lo peor es que no sé cómo elegir cuál es el que te representa mejor, creo que ninguno.
- Vos decís eso de todo el mundo. Pero vos también sos así. Cuando estás en tu casa parecería que no vas a salir más.

(Seguimos comiendo. El lugar es como un órgano pequeño implantado en el medio de la ciudad. Todo es rápido, casi frenético, cercano y asfixiante, el espacio se distorsiona y un cuarto chico es capaz de albergar más gente de la que parecería poder. Ahí somos extranjeros, en tierra de extraños. Y no importa cuánto tiempo pasemos intentando adaptarnos, la ciudad es extensa, enredada en sí misma, infinitamente compleja. En realidad, estamos solos.)

- Las personas son conceptos dinámicos, y yo también, y mi modo de conceptualizarlas también. Estoy alegre de haberte encontrado pero a veces no te soporto. No banco a nadie. Y al mismo tiempo, me gustaría saber todo sobre ellos, para entender finalmente, algo, una parte mínima de lo que son. Soy bueno en eso, y además tengo buena suerte. Pero también límites.

(Me mira como pidiéndome que cambie de tema. Bajo la cabeza hacia la mesa.)

- Me hubiera gustado que leas lo que escribí.

- Ya voy a leerlo...

02 septiembre, 2010

Acto Primero

(10:30, casa, despierto un poco tarde, inicio el día encendiendo la máquina, no desayuno, casi nunca, el día está soleado -como siempre- y eso hace tedioso el ver la pantalla)

א : qué hacés?
* : trabajo, vos?
א : nada, recién me levanto

en cuanto a lo del otro día
quería decirte que me dejó un sabor medio amargo

* : je, difícil aceptar la realidad?
א : ese es el punto
* : es lo que yo veo
א : no
es lo que vos
querés ver
no es un reflejo, es una refracción
* : bueno, pero si querés, todo se trata de eso
es un callejón sin salida
א : ok, yo sólo quería decir que estás negando otra cosa

* : a qué querés llegar con todo esto?

א : en realidad no sé
dejalo ahí
* : a veces no te entiendo
por qué salís con estas cosas?
por qué amagás? para qué, si al final no va a pasar nada
א : hay razones, siempre hay razones
* : pensás que sos el único que tiene que lidiar con sus problemas
no te das cuenta de que todos tienen sus infiernos?
א : es raro que me lo digas vos
que ves a todos como un
fondo
mudo
* : así los veo, pero no significa que así sean
no puedo hablar desde otro lugar que no sea el mío
pero los adivino menos sensibles tal vez
a la larga todos se dan cuenta de cómo es la vida, pero unos necesitan una vivencia única, desgarradora si querés, que les abra los ojos
otros lo venimos intuyendo desde hace rato
א : eso es bastante frívolo de tu parte...
* : pero
vos pensás lo mismo, no?

א : no sé

vi que leíste lo que escribí

* : sí

es una lástima que lo hayan borrado

29 agosto, 2010

La resistencia del becerro de oro

Caminaba trastabillando por las calles de tierra, de basura, de edificios bajos y abandonados, viejos talleres y fábricas que hace mucho tiempo eran de nadie. El sol, opacado por una capa de nubes o polvo, caía sobre su piel y encendía reflejos dorados, como multiplicando la cantidad de luz, convirtiéndolo en una estrella ambulante, un astro con cuatro patas que había descendido al mundo de los mortales. ¿Cómo no iba a llamar la atención? Se dirigía al centro, muy despacio, y a su alrededor la gente se iba acumulando, deseosa de quemar sus ojos con el reflejo dorado de su piel, siguiéndolo paso a paso, formando una caravana detrás de él, una procesión, un éxodo.
Había nacido en las sombras, tomando los despojos del piso, haciéndolos parte de su cuerpo, viviendo de casa en casa, en un rinconcito, nunca se quedaba demasiado tiempo. Mucha gente pensaba que era desagradable, una ofensa a Dios o a la Humanidad, y muchas veces tuvo que vivir a la intemperie e incluso esconderse en zanjas, en los campos. Pero al punto otros empezaron a apreciar bien sus colores: eso que antes era un patchwork desprolijo y de mal gusto había terminado por cuajar en un áureo manto de pelos.
Miraba hacia adelante, a los edificios que se iban repitiendo y acumulando en el fondo, las calles abiertas hasta el vértigo, la gente pasando y una red invisible uniendo a todos, localizando a todos, registrando a todos. Parado en el cruce de calles, cross road blues. Brilló la gula en sus pupilas, su estómago crujió. Y avanzó, decidido, a una nueva conquista.
Sí, la ciudad demanda nuevas reglas, las mentes están adheridas a otro tipo de gravedad. Pero siempre está el margen, el suburbio, y desde ahí se infiltra lo pagano, se inicia el contra-ataque.
Su visión de dios le permitió mirar a lo profundo de la ciudad, y en el centro vio algo que le hizo reír: un altar. Y el altar no estaba vacío, como todos creían. Allí había uno igual a él, formado de cables y destellos eléctricos. Sudaba vino francés, su esencia desfiguraba falsamente la realidad, los ojos estaban cargados de símbolos que pasaban y pasaban y llenaban el aire de letras, números.
Sí, iba a ser difícil reemplazarlo. Pero no había nada que perder así que siguió avanzando hacia el centro, tan lentamente que muchos no lo notan. Me pregunto qué va a pasar al final. Me divierte el preguntarme qué va a pasar al final.

23 agosto, 2010

Origen

Ciudad, una vez más soy el primero en acostarme y el último en dormirme en tu estómago. El ingreso en el sueño es una ilusión, sólo hay una sucesión de sueños que no termina más. Creas en lo que creas, siempre va a aparecer algo que no vas a poder entender y que es la explicación de todo. Y los sueños se remiten infinitamente a una realidad con la que tal vez nunca hayan tenido contacto.
A las tres ya sé que estoy adentro. Todo está formado de ramas y raíces -y a veces no alcanzo a distinguir si es una u otra-, camino sobre ellas, pero están muy lejos de seguir una composición arbórea, es todo lo contrario: la verdadera forma onírica. La corteza parece la de un tilo. Los planos y ejes no existen más, el camino es cortado y crece de nuevo. El piso suena a madera y lo sigue siendo, pero cuando miro abajo estoy caminando por un suelo de tablas, cálido, y adelante ahora, la media-sombra de las hojas se oscureció, voy por un pasillo, y todo va disolviéndose con el vapor que llega desde el final. ¿Qué hay ahí? Se va nublando...

19 agosto, 2010

Fuga

Creo que fue la primera persona de la que me enamoré. Aunque a veces se me ocurre que nunca estuve enamorado ni podría estarlo. Tal vez haya sido la primera persona de la que me enamoré, pero nunca supe nada de ella. En ese sentido, tal vez fuera el amor más puro que pueda esperarse. Pero la realidad es que no creo demasiado en todas estas cosas. Digamos, simplemente, que siempre sentimos algo, siempre pasó algo; aún ahora, cuando ni se nos ocurriría intentar algo. No hay necesidad de eso. Y los pequeños últimos acercamientos fueron molestos para mi. Puede que sea egoísta, pero hay demasiadas cosas en el aire y tomarse el trabajo de ordenarlas y bajarlas a la tierra es fastidioso. Y esos fantasmas inevitablemente aparecen si nos cruzamos. Y después estoy toda la semana pensando y pensando en eso, volviendo, recreando, abriendo y cerrando, los movimientos de la mente no paran y dan ganas de pegarse un tiro para poder dormir un poco. Es un conjunto de pensamientos estériles, porque ya decidí hace rato que nada iba a pasar. Por cómo soy yo; por cómo es ella.
Me alcanzaste y me pediste que te abrace... Hace una semana estaba todo mal, pero hoy venís como si nada o todo hubiera pasado y me pedís que te abrace, como siempre. No sé de qué se trata esto pero lo hago igual. Te vas. Probablemente odiás que nuestra relación sea mala. Yo también. Y siempre sos la primera en ponerte frente a mi. Nunca te vi enojada conmigo ni con nadie, nunca te burlaste de mi, nunca me despreciaste, nunca me ignoraste. Y todas esas cosas que todos me decían, el cómo eras, el qué hacías, yo nunca lo vi ni tuve indicios de eso más que los que todos me daban. Está bien, todos tenemos cosas buenas y malas. Pero vos, frente a mi, escondiste todo aquello que creías que me iba a desagradar, y lo hiciste muy bien. Un esfuerzo que no hiciste ni por tus mejores amigos. Yo no me di cuenta o no sabía qué hacer con eso y es todavía una pieza que estoy seguro de que encaja pero jamás vi encajada.
Ya está, perdón por todo esto. El mes que viene, seguramente, todo quede atrás, guardado en cajas junto a ideas tontas de qué es el bien y el mal, algunos discos y libros, las estupideces que hice y que escribí, las cosas que no me animé a hacer, las vueltas que di y tus esperas, los amigos, esas cosas de pendejos -que seguimos siendo-, los susurros, los balbuceos en otros idiomas, la certeza de que algo andaba mal... todo atrás, excepto el recuerdo del tiempo y del no tiempo.

29 julio, 2010

El tercero

Cuando se reunía toda la familia, unos se encargaban de esto y otros de aquello pero él siempre se encargaba de preparar el lechón. Y para esta actividad requería algunas cosas concretas: Necesitaba leña -no carbón- y mucha; había que empezar temprano, muy temprano; tenía que tener siempre algo que tomar cerca suyo.
Pero yo, cuando se reunía toda la familia, intentaba seguir órdenes lo más silenciosamente posible y después de eso, evitar que noten mi presencia. Algo que raras veces lograba, porque era el encargado de ayudarlo en todo lo que me pedía, y como por accidente terminaba estando de su lado y contra el resto. El día iba avanzando y los demás se impacientaban. Pero para que la comida sea excelente había que respetar los tiempos del tercero. O tal vez era otra parte de su plan -suponiendo que haya un plan- para sacar de quicio a todos; eran las tres de la tarde y todavía "faltaba un rato", pero él desde hacía una hora iba probando de los mejores pedazos, acompañando el vino.
Miré de reojo hacia la reja: su auto estaba estacionado justo ahí, era un buen auto. Siempre venía con un auto diferente, no sé de dónde los sacaba pero era así. Por un momento me olvidé del asunto del fuego y empecé a fantasear con lo que vendría después. Él siempre termina queriendo ir a dormir una siesta, para bajar la comida y el alcohol. Entonces, puedo agarrar las llaves de su auto sin miedo de que despierte, subirme y dejar atrás el gusto amargo de la comida, dando vueltas, continuamente controlando el tiempo y la distancia a casa. Sí, con suerte, en un rato más.
La situación se iba poniendo cada vez más crítica y yo lo notaba. Solamente faltaba el detonante, el golpe de gracia que iba a hacer que todo estalle definitivamente. Nos sentamos a la mesa y nos miramos las caras. Las mujeres intentaban apaciguar las cosas, ofreciendo esto y aquello, pero la verdad es que ellas estaban también bajo el hechizo del tercero. Y entonces, el tercero echó a rodar la manzana y escondió la mano. Y los otros picaron. Antes de darme cuenta me encontraba en un griterío tremendo, pero el tercero estaba ahí, observando y casi sonriente. O más bien, no sonreía con la boca, pero todo en su aspecto denotaba una gran y burlesca risa. Todo había terminado; su plan tuvo éxito pero el mío apenas iba por las primeras etapas.

07 julio, 2010

Migración

Y esos fueron tus años más felices, el tiempo no pasaba y ¿por qué despegar los ojos de esa tierra soleada y descalza?¿Por qué abandonar Siringe?¿En busca de qué? Los trabajos y los días y las noches quedaron atrás y lejos y seguiste a mucha gente. Y mucha gente te siguió, fuiste el primero de muchos. Tal vez nunca tendrían que haber abandonado Siringe, de cualquier manera, fue ese el único lugar donde querían estar.
Te siguieron tus parientes y amigos, tus canciones, tus historias y todo eso, y vinieron para acá. Y es que hubo mucho de Siringe acá, al menos por un tiempo, antes. Eso es lo que buscabas, ¿no?. Supongo que lo lograste en cierto momento. Pero las reglas de este lado eran diferentes. No había montañas, ni bosque y todo estaba cerca de todo y crecía cada vez más. Al final, la ciudad arrolló a ese pequeño pueblo mitad real mitad imaginario, reflejo de uno muy lejano, más real y más imaginario. Terminó antes de nacer pero no fue el final. Todavía, cuando doblo una esquina o cruzo una calle, cuando me doy cuenta de que -aunque yo no- todos se conocen entre todos, entonces siento que no estoy tan lejos de Siringe, o que esto es Siringe.
Siempre quedan rastros, hay que aprender a leerlos.
Como ese video en el que están todos, una noche (¿de verano?), celebrando no sé qué. Vos estás asando castañas y atrás está tu cuñado, tu hermano, sus hijos y un gato negro. Cambio de escena. Todos a la mesa, la misma mesa de siempre, y sentados los mismos de siempre, algunos que ya no están. Y ahí, sí, a la izquierda, ahí estoy yo también, pero no tengo idea de nada. El tiempo y el vino van pasando, empiezan a tocar canciones, con una guitarra. Las canciones de allá y las de acá, las viejas y las nuevas, las primeras versiones que escuché y que fueron para mi las originales. No sé si son recuerdos primarios o recuerdos de ver ese video tantas veces. No creo que importe mucho.

04 julio, 2010

Rompecabezas

Sólo salí con intenciones de comprar un libro y cuerdas de guitarra. Parecía verano y los bomberos pasaban por la calle, inundando la ciudad de ruido. No pensaba tardar más de una hora pero a tres cuadras me encontré con ella, algo totalmente inesperado.
Después de todo eso, ya no pude caminar mirando para arriba. Había mucha gente y las sirenas sonaban todo el tiempo, la calle estaba cortada.
Pero todo pasó del otro lado. Yo iba, ella venía. La miré y me pareció conocida. Me pregunté qué tan conocida. ¿Tenía que saludarla o no? Me miró y seguramente pasó por lo mismo. Nos saludamos. ¿Tenía que detenerme o no? Ella solucionó el asunto haciéndolo. Nos pusimos a charlar. A estas alturas ya sabía quién era, claro.
Ambos evitábamos algo: una marca que saltó en sus ojos ni bien me reconoció, como si el encontrarme a mi por la calle signifique en realidad encontrarse a ese algo correteando suelto. Evitábamos ese algo y sobre todo el hecho de que era obvio que yo sabía; porque, sí, todos se enteran de todo, y a mi me pasa bastante, ya lo dije.
Pero la charla superó el record rápidamente y antes de darme cuenta (entre las cosas del día, el a dónde vas, el cómo andan todos) habían pasado... no sé, ¿más de diez minutos?
Entonces, en el preludio de la despedida, mencionó algo que hizo que un fantasma se materialice en el espacio abierto entre nosotros. La marca...
- Sí, me enteré...¿cómo estás con eso?
Y pasó algo que definitivamente no esperaba. Puso sus manos en mis hombros y con todo la tristeza del mundo me dijo... no sé qué me dijo, no hacía falta. Era claro que mal. Si antes no me habían parecido claras las lágrimas en sus ojos, ahora lo eran. Y me lo dijo cuando me sentí culpable por ponerla así. Me dijo que yo no era el culpable pero ¿qué otra cosa podía decir?. Me contó cómo fue todo y eso empeoró las cosas. Al final cambió de idea y decidió volver a su casa. La acompañé.
Me sentí tan inútil, como tantas otras veces, me hubiera gustado poder decir algo que la saque de ahí, o hacer algo que la saque de ahí, pero ¡¿qué?! Mierda, no podía hacer nada, sólo escuchar cómo avanzaba esa historia y volvía para atrás descubriendo rincones más dolorosos. Cualquier cosa que haga o diga, no serviría para nada.
Llegamos a su casa, era cerca. Intenté un último gesto alentador. Sé que no le sirvió para nada. Porque, al final, las cosas se resuelven de la piel para adentro. Pueden pasar muchas cosas afuera pero encontrar la respuesta está en uno mismo. Es algo que tuve que aprender y que todos deberán aprender. Me saludó y entró mientras yo me quedé con las manos en los bolsillos y me di vuelta y, mierda, ¿qué pasó?¿cómo pasó esto? Mi cabeza fue bajando -del sol poniéndose rosa di sera buon tempo si spera a los noventa grados del horizonte y más y más abajo, la misma vereda de siempre, la que se usa en todos lados y dolía tanto caerse ahí-, mi cabeza fue bajando y empecé a caminar.
A lo lejos vino un compañero de la primaria.
¿Tenía que saludarlo?
Bueno, sí.
Miré.
Me miró.
Seguí mirando.
Corrió la vista.
Pasó a mi lado.
Seguí caminando.

01 julio, 2010

Midyear Shuffle

Un período existe más como recuerdo que como cualquier otra cosa. De repente, un día, la suma de los días termina por dar un resultado inesperado, que tiene un sabor único, formado por todas esas cosas que decantaron en capas sedimentarias, y así es como el 2007 huele a mucho tiempo frente a la pantalla y poca luz (iluminando la madrugada de un color azul neón), 2008 a Arlt, Arctic Monkeys y humo impregnado en la ropa. 2009 de griegos, Ilíada y algunos barderos de principios del siglo XX. Y eso terminó penetrando en las cosas cotidianas: ahora la calle Segurola me recuerda a Los Siete Locos, el olor de algunas toallas a tragedia de Eurípides, y alguna tragedia de Eurípides a un paseo por un bosque en el que nunca estuve. O tal vez sí.
Parecería que en determinado momento de mi genealogía, alguien miró para adelante y decidió no volver a mirar para atrás. Tal vez haya razones justificadas pero no alcanzan. De todos modos, el buceo en el pasado familiar es una imposibilidad. No tengo historia, entonces lo mejor que puedo hacer es agarrar los pedazos que me dieron y armar algo que pueda llamar mi historia. Un simulacro. The little pieces of truth. KATABASIS
(...) Por esa razón iba a un lugar muy alto y flotante donde se practicaba paracaidismo. Yo me tiraba, sólo que sin paracaídas; y terminaba cayendo en el mar: era una especie de agua sucia y no había orillas; había personas con pupilas raras que me querían llevar abajo. Yo sabía que era imposible que no haya orillas entonces se me ocurrió que tal vez eso no era lo que parecía. Era un estado mental, me estaba muriendo. Hice un esfuerzo y apareció la realidad tal cual era: el mar azul, la orilla ahí nomás. Yo hecho mierda 14/12 ¿Tengo ganas de volver al mundo de abajo?¿Tengo ganas de quedarme? No sé... Por un lado me siento bien sabiendo que no participo de todas las cosas de allá. Es que esto es... al mismo tiempo malo. Me pierdo mucho. Me molesta. El juego una y otra vez. La vida como juego. La vida como asunto serio. ¿Darse al juego u organizar exhaustivamente un cronograma, un itinerario para el viaje? Pero el juego sólo se revela a los que lo aceptan y lo llevan adelante.
Are you high?
Los Beatles buscaban un acorde en la ciudad. Es decir, cruzaron toda la ciudad porque un tipo conocía un acorde. No estoy seguro pero creo que era do menor sostenido. ¿Qué tan difícil o secreto puede ser un acorde para ser tan íntimo?¿Quién puede llamarse inventor de un acorde? Esto me seguía pareciendo ilógico.
Pero la escritura japonesa es muy singular. Combina ideogramas (kanjis) con dos silabarios para declinaciones y palabras extranjeras. No es que se utilice una de estas tres escrituras sino que aparecen las tres mezcladas en el mismo texto. Con respecto a los kanjis, los jóvenes salen de la escuela con mil ochocientos kanjis "oficiales", que son los que los periódicos y otros medios deben usar obligatoriamente. Ahora bien, se cree que el número de kanjis supera los diez mil, tal vez podríamos decir que son infinitos. ¿De dónde sale el resto? Se aprenden en otros lados. Es muy común que sea la familia la que se encargue de transmitirlos. Leer y escribir es una herencia silenciosa, es buscar esos acordes íntimos y secretos, ocultos en un cuarto que sólo se abre de vez en cuando.
Un día quise escribir en un papel todo lo que quería decir y no hacía. Después ese papel sería quemado y sus cenizas mezcladas con las otras. La hoja seguramente estaría por la mitad y después de terminar con todo esto, después del fuego seguido de un golpe sordo, tendría una sensación liberadora y al otro día recomendaría este ritual a mis amigos.
La escritura, entonces, es menos decir. Es Esconder. Es un código dentro de un código dentro de un código y mientras más ilegible , más libre.

29 junio, 2010

Ceratiidae

El Encuentro Internacional de Ciencia se había celebrado hace unos veinte años y habían asistido científicos de todo el país porque venía un tipo muy conocido. No recuerdo quién era ni qué estudiaba pero en esa época me lo imaginé como un viejito simpático, medio loco y hippie que saltaba a frenar una pelea entre mi profesora y otra tipa que le había robado una idea. El viejito les decía que lo importante era la investigación y el conocimiento y lograba calmarlas a las dos. Por un bien mayor. Bah, no sé por qué pensé eso. Tal vez eso es lo que hacían los científicos cuando se reunían.
Si tenían objetivos específicos, mi profesora nunca me lo dijo. La clase siguió y todo se fue para otro lado.
¿Viste esos peces?¿Los que están bien abajo y llevan una luz? Parecen cosas que ya no deberían estar acá. El océano está lleno de preguntas que jamás podrán ser resueltas, por eso el hombre tal vez prefiere irse para arriba que para abajo. A veces abajo, a veces arriba. Estos peces parecen dibujos del pasado. Eso no es ciencia. Pero estos peces son los que tienen dientes largos y una antena luminosa, un anzuelo. Sólo las hembras son así. Los machos son mucho más chicos. Se llama dimorfismo sexual, si nos ponemos serios, y pasa en todos lados. Cuando los machos maduran sexualmente se alojan en la hembra. Con el tiempo, su sistema circulatorio se une al de su pareja, sus testículos se agrandan pero el resto del cuerpo se achica y se atrofia y, en definitiva, se convierte en un parásito de la hembra. Y la luz, bueno, la luz no es para otra cosa que cazar a la presa.

22 junio, 2010

El inventor

Estuvo un año nada más, mientras cursábamos la secundaria, y sólo nos dio clases a nosotros, por eso seguramente poca gente lo recuerda. Había sucedido a un profesor que aún no entiendo cómo terminó en nuestro colegio. Esto fue hace mucho pero entonces ya pensaba que en la cara de este tipo se notaba la ineptitud, la ignorancia y todo esto acompañado con un toque de perversión. No entiendo cómo lo dejaron pasar, tal vez eso demuestre a fin de cuentas lo poco que importábamos nosotros en esa escuela.
Pero finalmente se fue -no recuerdo por qué- y al año siguiente llegó este profesor nuevo. Acerca de lo que pudo enseñar, no era tan diferente al anterior: tenía una incapacidad absoluta para llevar adelante una clase. Difícilmente conseguía hacer callar a todos; yo a veces lo hacía pero más por lástima que por respeto. La pedagogía de este sujeto se canalizaba por otro lado: era un inventor grotesco. Lo que hacía era imaginar y armar aparatos que demuestren cosas que ya habían sido demostradas antes pero haciendo un gran rodeo por lo rebuscado y sobrecargado que resultaba en un nuevo experimento para demostrar lo mismo. Algo así como una ciencia barroca.
Cada semana, sacaba de una bolsa un nuevo asunto complicado. Con una aspiradora en reversa y un tubo y una pelota trató de comprobar la eficiencia de las fórmulas de tiro oblicuo. Fue uno de los experimentos normales y más o menos tuvo el efecto deseado. Otra vez sacó una estructura que permitìa demostrar que dos objetos caen al mismo tiempo al suelo, independientemente de la velocidad que tengan horizontalmente. De alguna manera, al golpearse una bola que salía disparada hacia un costado, al mismo tiempo se soltaba una en caída libre. No pudo hacer que funcione. Cuando preparaba un experimento, no decía mucho qué era lo que tenía planeado hacer, ni pedía ayuda alguna. Entonces nos quedábamos sentados, en silencio, mirándolo. Para otro trabajo, llegó incluso a sacrificar la rueda de la bicicleta de su hijo. Era un trabajo de movimiento circular, seguramente. Algo de la aceleración centrípeta, la velocidad tangencial, los radianes...
Este sistema, que pretendía entusiasmarnos con la Física, no lo logró demasiado. Aunque sí tuvo éxito el proyecto del Péndulo de Foucault que armamos con una altura de veinte o treinta metros. Empezó a oscilar en un plano y con el tiempo fue adoptando un movimiento elíptico cuyo eje iba rotando, porque el péndulo no está sometido como nosotros al movimiento de rotación de la Tierra, oscila eternamente en el mismo plano pero nosotros sí giramos. También depende de la latitud en la que nos encontremos pero eso era la parte aburrida, cuestión de ajustar algunos números.
El resto del colegio no se mostró muy entusiasmado con el asunto y al año siguiente, el profesor había sido reemplazado. Muchos se habían quejado de que intentaba explicar pero terminaba no explicando nada, sino retorciendo y enredando la explicación. Casi todos necesitaron un profesor particular. Fueron al mismo. Decían que les había salvado la vida. Para mi ese tipo era un infeliz: una vez los acompañé y no entendía a qué se debía tanta admiración.

14 junio, 2010

Andando

En estos días la gente hablaba poco, pedía el boleto y se iba para atrás, goteando. Mojando, mojando todo de una manera increíble. Cada uno en su mundo, sólo que esta vez se notaba, por ahí así era mejor. Las horas pasaban rápido y la lluvia había afectado ese camino usual, descubriendo ángulos ocultos hasta el momento, ángulos que el sol no podía hacer brillar. Encontrar lo nuevo y diferente en lo pequeño me divertía, como si fuera un relojero. Pero no lo era, claro.
La gente fluía con rapidez. Se subía por pocas cuadras, para no mojarse. Cada cinco minutos miraba para atrás y el panorama era completamente diferente. Me gusta el asiento de atrás y al medio, y las personas que viajan ahí. Siento que se siente más el colectivo. Había asientos vacíos, a pesar de la gente que había. Cuestión de ahorrar tiempo o esfuerzo. No sé para qué. Después de todo estaban viajando a unos, no sé, treinta o cincuenta kilómetros por hora, a casi un metro del piso, estáticos, parados.
- ¡Qué lluvia!
- Sí...
Cada lluvia parece la última.
Lo vi venir y vi que lo seguían. Me pasaron, por la vereda, un semáforo y todo lo demás. Se me adelantaron hasta la siguiente parada, donde él subió. Me pidió el boleto y se quedó ahí cerca, revisando sus cosas. No se dio cuenta de que lo seguía desde muchas cuadras, de que incluso había corrido y maquillado la situación para que todo pareciese accidental. Pero no lo era. Iba adelante, pero paró en una librería para asegurarse de que era él. Esperó un poco y se dio cuenta de que demasiado. Salió corriendo. Pidió perdón. Llegó. No contaba con que iba a subir al colectivo. Se fue. La desilusión era evidente en su cara pero él nunca se dio cuenta. Cada uno en su puto mundo.

29 mayo, 2010

Regreso

Estaba cerca y ya estaba oscuro. El colectivo ya se había alejado. Caminé, por alguna razón dejé de hacer siempre el mismo camino: dicen que es bueno para la memoria y es menos aburrido. Claro que con abrir otro camino se abrían otros riegos pero también otras ventajas. Lo nuevo, una vez más. Esta vez decidí ir por una calle con poca iluminación.
Una vez pasadas las vías, tal vez, empiezo a sentir que estoy volviendo, o que estoy cerca. O que casi estoy en casa, cuestión de dar unos dos o tres pasos. Si vengo en tren, el problema es cruzar el río: una vez que lo cruzo ya está todo bien. Pueden pasar muchas cosas pero estoy cerca.
Lo céntrico y lo público y lo masivo empieza a desfigurarse, después de las vías, y queda esa seguridad que algunos llaman barrio, que no es ninguna seguridad. Al menos no en el mío, todo lo contrario. A veces quiero engañarme diciendo que conozco mejor el terreno y tengo más posibilidades de supervivencia, pero vamos, que se sabe que la ciudad borró todos esos rasgos de la geografía. A veces, desde lejos, pueden adivinarse, allá había una subida, acá una bajada. Pero no sirve para nada. En la ciudad no hay direcciones. Y la geografía no se ve, sino que apenas se siente. Como siento la subida antes de llegar.
Hace mucho tiempo no podía conciliar el sueño y ahí fue cuando empecé a dormir al revés: con los pies para el lado de la cabecera. Y así dormí bien por mucho tiempo, me sentía cómodo. Pero últimamente, estaba leyendo apoyado contra la cabecera y no tenía ganas de darme la vuelta a la hora de dormir entonces poco a poco volví a la posición normal. Y así como volvió lo normal seguro que vuelve lo anormal.
Hay veces que me paro a pensar.¿Se dan cuenta?¿Te das cuenta?¿Me leés?¿Te das cuenta de que me doy cuenta?
La verdulería ya está cerrada, los perros siguen ahí. Por todos lados, siempre. Hoy corté verduras. Es algo que me gusta hacer, escuchando música. El ají verde, luego el rojo, luego el amarillo -mi favorito-, después zanahoria, después cebolla. Probé lo del agua en las muñecas, no funciona. El cuchillo sigue yendo y volviendo. Va, rojo, vuelve, amarillo, va, amarillo, vuelve. Siento a Macca en los pies. Estuvo lloviendo todo el día y ahora no tanto.

24 mayo, 2010

Reencuentro

Habíamos coincidido en una fiesta y estábamos casi rodeados de extraños, así que arreglamos para irnos juntos los antes posible. Lo logramos una hora después de vislumbrarnos entre el resto de la gente y saludarnos con entusiasmo. Salimos a la calle y empezamos a caminar hacia la avenida principal, conversando. Estábamos cerca, así que antes de lo esperado, yo me dispuse a saludarlo y seguir para mi lado.
- ¿Te molestaría ir a tomar algo?¿Estás ocupado?
La invitación me sorprendió. Pensaba que más allá de alguna ligera preocupación, a él no le importaba demasiado hablar conmigo. Supongo que el tiempo que pasamos juntos se debió más a la coincidencia de amigos que a otra cosa. Lo pensé un momento y me pareció agradable así que decidí aceptar.
- Sí, está bien.¿Vamos allá?
Entramos en un café que estaba en frente. Había pocas personas, unas de a dos y otras solas, leyendo o con su PC portátil. Nos sentamos en un rincón y pedimos algo que nos permita quedarnos ahí. La chica se fue, con dos cafés anotados.
- Es raro pero antes me incomodaba quedarme a solas con vos, no sabía de qué hablar.
- Y yo seguramente no ayudaba. Perdón, prefiero el silencio a conversaciones sin sentido.
- Sí... y ahora en cambio me siento muy bien, como si tuviera razones para hablarte y cosas que contarte pero creo que en el fondo no las tengo.
Nos colocaron dos tazas de café adelante, la mía era doble.
- En estos últimos meses estuve muy lejos de todo, más de lo normal, y siento que perdí todo tipo de relación con mi mundo de antes. Vos no sos la excepción, en realidad. No sé bien si incluirte en ese pasado o no, porque nunca estabas. Como si estuvieras fuera del marco de la foto. Y al mismo tiempo sos ya lo único que me une a ese pasado.
- ¿Para tanto?
- Sí, creo que no exagero. Es imposible un reencuentro a estas alturas. Porque no hay razones. Simplemente se van alejando y no se puede evitar, y al final me voy olvidando de todos. Extraño esos momentos pero... no hay nada que hacer.
No, claro que no. Esto pasa siempre. Es lo que me pasó con él. Todo esto no era un regreso a los viejos tiempos, no era un reencuentro en ese sentido. Era sólo un posiblemente último cruce significativo de nuestras vidas antes de la gran distancia, un bucle caprichoso del destino antes del paralelismo absoluto.
- ¿Te acordás...-le digo- de ese verano? Lo que siguió después fue algo muy borroso y quizás fue ahí cuando pasó todo. Pero ese verano todo estaba bien. El cielo brillaba más que nunca y teníamos energía para todo; incluso yo, que ya me molesta ir a atender el teléfono. Nos juntábamos casi todos los días, tratando de no mirar para adelante. Yo tenía un disco nuevo y a todos les gustó, pero en una de esas tardes, no sé cómo, mi reproductor de CD dejó de funcionar. También tiramos sillas a la pileta, caminamos por la ciudad como si fueran las tres de la mañana pero en realidad eran las siete de la tarde. Entonces encontré la pieza de un puzzle que estaban armando, me bastó una mirada a la mesa donde estaban expuestas las no sé cuántas piezas posibles...
Me mira divertido: no debe recordar eso porque no son cosas importantes. Pero para mi esos recuerdos son el aura de esa época.
- ¿Sabés que siempre pensé que el que iba a alejarse de todos era yo? Lo sentía venir y había razones para que eso pase. De cualquier manera, no esperaba que te pase a vos...
- Ni yo.-me responde- De hecho yo también estaba seguro de que ibas a ser vos quien se vaya.
¿El porqué?¿Por qué esa seguridad de que alguien iba a irse? Por ahí es cosa mía, pero no pude dejar de pensarlo jamás. En grupos siempre sentía que de repente alguien iba a empezar a ser visto como si se hubiera convertido de un día para el otro en un insecto gigante, leía en las pequeñas oscilaciones de las relaciones entre nosotros, me parecía inevitable que de la conjunción y colisión de nuestras identidades surja, a la larga, una síntesis y versión mejorada y simplificada de grupo, más perfecta y libre del miembro redundante. Y tampoco me molestaba tanto aceptar ese rol. Hasta entonces no me había importado. Tal vez, sin darme cuenta, luché para quedarme y me sorprendí cuando la simplificación vino por otro lado: yo seguía estando adentro. Después de eso, siempre procuré evitar los grupos pequeños y me fue bastante bien.
Un rato más tarde salimos y nos despedimos. No sentía tristeza y creo que él tampoco: parecía haberse quedado pensando en sus propios recuerdos de ese verano. Esperé a que suba al colectivo y lo saludé. Me hubiera gustado acompañarlo, pero eso no habría tenido sentido. Me fui caminando, se había hecho tarde.
No tanto.

11 mayo, 2010

Recorrido

Todo recorrido por el pueblo tendría que empezar por el centro, y tendría que haber una buena razón para que ese lugar sea el centro. Pero acá no había centro. Así que uno podía agarrar o inventar cualquier extremo del camino, que sólo existía en pocos lugares.
Al principio había una bajada y a la izquierda aparecía una pequeña construcción que hacía de colegio. Su definición era visible hasta las rejas y después no quedaba más, se lo había llevado el caminar hacia adelante, el bajar de los pasos. Las sombras se acumulaban hacia una acequia y con un salto se llegaba al otro lado. El lugar de las casas.
Saliendo del camino y subiendo otra vez, se podía dejar Siringe abajo y entrar en el Morso, donde la selva hincaba sus fauces desde los montes y donde el frío antes del bosque hacía invaluable el pan plano y duro y casi gris del pueblo, un pan que quizás ni la selva podría morder. Tal vez no estaban destinados a hacer pan, por ahí ese pan era un simulacro de panes que apenas se habían rozado con la vista. Uno trata de verle el lado bueno, es difícil. Creo que no me gusta ese pan, y aún así, estoy seguro de que en algún momento lo voy a extrañar.
Las casas, algunas casas, estaban más cercanas: generalmente emparentadas. Seguramente adentro y a esta hora donde el frío casi no se siente, se podía ver a una mujer encargándose de la comida, incluso si tenía menos de diez años y necesitaba por momentos la ayuda de un cajón. Luego de comer, se contarían historias. De gente loca, enamorada o ambas, de alguna pelea, de alguna despedida, de cómo siguiendo por el camino se podía ver entre las subidas y bajadas de la tierra una gran pared que se decía que había sido construida por gigantes. Pero casi todas las murallas fueron construidas por dioses o gigantes. Más arriba de las paredes, había una fuente, y el agua era helada, caída de las montañas. Imposible de calentar.
Volviendo la vista al frente y siguiendo adelante, se cruzaba un puente donde una vez se apareció un santo...
- ¿Es el mismo puente donde se tiró la cabra?
No.
En realidad creo que sí. Sí, es el mismo puente. Ahí, la aparición de un monje salvó de la caída a un par de jóvenes, eso es lo que dicen. Seguramente se estarían peleando pero nada quedó claro al final. Del monje tampoco. Unos le rezaban pero a otros la sola mención de su nombre les daba escalofríos. Y aún más la idea de cruzárselo de regreso a casa, porque eso era perfectamente posible. ¿Qué lo diferenciaba de las otras apariciones? De la anciana que avanzaba a los saltos, de las almas en pena de los hombres que trabajaban debajo del suelo, de las stregas que volaban y se reunían alrededor de higueras o tejos, de cabras enloquecidas que, súbitamente, decidían arrojarse al vacío. ¿Un hábito marrón?
Si seguimos después del puente nos vamos a otro pueblo. Es hora de dar la vuelta y volver a casa. Ya hay menos luz y el frío volvió a notarse. Y el miedo también. Pero no tan lejos, las casas titilan, llamando, y se están acercando cada vez más.

03 mayo, 2010

Revelado

Que haya un público termina siendo más bien un problema. O por ahí son dos cosas bien distintas que valdría la pena plantear. Una función es la del contar, el desparrame de la noticia, el movimiento exógeno del yo hacia el mundo, y algo que parece estar más relacionado con la oralidad. Lo otro es la introspección o una implosión de la conciencia, un instinto de muerte, todo eso que se escriba morirá con el sujeto, y es justamente la escritura la expresión de este movimiento. Claro que la función principal de la escritura es lo contrario y es más una expansión de los límites de la oralidad en cuanto a la circulación de información. Pero la escritura es también oculta y ocultante, puede ser un código común así como un código secreto.
Los otros son parte de lo primero. Y tal vez no exista lo segundo sin ellos.
Los otros, además, son el límite. La escritura tal vez pueda romper o jugar con ese límite. Frente a esa frontera del poder decir, poder escribir, se puede apelar a la frontera de la legibilidad, pudiendo decir todo de manera encriptada y sin necesidad de hacerse cargo de lo dicho.
La escritura totalmente libre y desnuda es seguramente la que no se muestra.

11 abril, 2010

El segundo

En realidad, nunca supe demasiado de él. Sólo sé esto: tenía un colectivo. No sé de qué línea pero creo que terminaba en cuatro. Y tal vez era el que más desencajaba de todos, siempre afuera -dejado de lado por los demás y por él mismo-, tal vez el eterno cuarto que no entra en ese triángulo perfecto. Así que debe ser por eso que sé poco y nada de él. Lo más importante era el colectivo, como si lo demás se hubiera borroneado, no me acuerdo de él más que en esos momentos, como cuando pienso qué se sentirá estar toda tu vida conduciendo por los mismos lados, como un fantasma del asfalto. Ahí la violencia de la rutina se hace demasiado evidente pero en definitiva es algo de lo que pocos pueden escapar.
¿De qué se trata esto entonces? Puede que el segundo sea el material más maleable, el lienzo más blanco, pero no sé si vale demasiado la pena pintarlo. De todos modos no me van a creer. Y todo se trata de eso. Creen haber superado la fé pero es lo único que tienen y, sobre todo, lo único que hacen.
Hay caminos que se los puede tomar pero no van a llevar a ningún lado. Cuando no quedaba nadie en el colectivo era hora de cambiar al cartel de "fuera de servicio" y volver. Como cuando encontramos a uno que viene por una calle que no debería, causa una gran sorpresa y en efecto, la gente se quedaba mirando y a veces alguno intentaba pararlo y dejarlo atrás puteando despertaba una pequeña satisfacción.
Volver por cualquier lado tal vez era una manera de romper con la excesiva diagramación de todos los días. Tal vez venga de familia. La calle no tenía salida pero estaba bien, de noche, estrecha y con grupos de árboles de vez en cuando. No se arrepintió demasiado cuando tuvo que hacer una complicada vuelta y retomar la anterior.

02 abril, 2010

Procesión de Viernes Santo

¿Había cambiado algo?
Me di vuelta y empecé a marchar en la misma dirección que la multitud. Por todos lados aparecían rostros de personas que conocí toda mi vida y al mismo tiempo no. En realidad nunca fui alguien muy del barrio: a ellos, los que tienen más o menos mi edad, los vi siempre como formando parte de algo que nunca supe ni sabría que era, que tal vez estaba relacionado con la procesión. Y mi único amigo del barrio no lo conocí por el barrio, pero eso terminó siendo una beneficio de distancias. Ahora hubo un pequeño desacomodo del fluir humano porque se empezaron a prender algunas velas al mismo tiempo que las luces de la calle le iban ganando a la del sol.
Todas estas cosas que iban formando la imagen -la gente conocida y desconocida para el mismo lado, mi familia, las velas y una muy tenue neblina que andaba dando vueltas desde las cuatro de la tarde- me empezaron a traer a la cabeza nuevamente la pregunta de qué pensaba acerca de esa imagen. Y creo que era sobre todo algo de nostalgia y melancolía. Siento que no mucho más puede pasar.
Hay mucha gente que critica y critica y cree (en realidad, yo opino que simulan) estar destruyendo algo que ya no hace falta destruir. Hay cada individuo que viene y quiere meterte su ateísmo por donde sea y realmente está perfecto ser ateo pero en determinado momento dejaron de darse cuenta que están haciendo de su ateísmo nada más ni nada menos que una nueva religión. Estamos llenos de gente así, es lo único que pasa hoy en día. Todo el tiempo y todo el mundo dándole cuerda a un revolucionismo que no tiene nada de revolución, un revolucionismo hipócrita. Se vienen a hacer los vanguardistas sobre terreno ganado, son simples pendejadas. No existe la revolución sobre revolución, ni una revolución en la media que no apunte a otra cosa que más consumo. Eso es sólo la revolución del engranaje en una máquina. Así que si van a hacer una revolución, háganla en serio; y si se dan cuenta que no pueden, entonces no jodan más con eso.
En el fondo, las personas esperan que pase algo, que sus acciones sean respondidas. ¿Es miedo y soledad lo que provoca todo esto?
Llegando a la siguiente estación, un hombre esperaba con una vela en la mano y se había hecho de noche. Entonces el tipo me pareció un faro, un portador de luz señalando el camino en el medio del mar, y la gente un barco a la deriva. ¿Es hoy o fue siempre así? La sensación de ir a la deriva, la falta de metas. Al fin, en la vida los cambios no se viven, sino que se recuerdan.

26 marzo, 2010

El coleccionista

Doblé por una calle más desierta, volvía de comprarme un libro y todavía lo tenía en las manos. Entonces, cuando me di cuenta, el encuentro fue inevitable: hola, qué andás haciendo, ah, pasá, me mudé acá, te quiero mostrar mi nueva casa, todavía está medio desordenado, pasá pasá, yo cierro y antes de darme cuenta estaba conociendo su nueva casa. Cerró la puerta y me encontré en uno de esos típicos pasillos al aire libre que tanto me gustan y que conducen al centro de la manzana. A los costados había helechos y otras de esas plantas del estilo patio, no sé el nombre pero una amiga me dijo su nombre ruso, así las llama ella y yo también, no sé si tendrán un nombre diferente acá, en fin, tampoco es que valga mucho la pena ponerse a pensar y aprenderse su nombre. Como el potus.
Basta. Seguí por el pasillo mientras él me pisaba los talones. Me mostró la casa, estaba bien, ya era hora de abandonar aquel lugar que se venía abajo. Parecía un poco triste pero también pensé que era cálido, y que era un buen lugar para estar solo. Porque sobre todo, él parecía solo... y en ese caso, esta casa era una de las mejores cosas que le podían pasar. Con los potus y los pasillos, las ventanas de vidrios coloreados, el patio de cemento; eran incapaces de dar alegría pero su monotonía era como una presencia que acostumbraba a uno a todo y lo llevaba para un adelante (al menos a uno de tantos adelantes).
Empecé a anunciar que me iba, luego de unos minutos. Pero me detuvo todavía un rato más, y empezó a revolver entre sus cosas. Quería darme algo. Pensé que era algo concreto pero después de un rato me di cuenta que no. Buscaba cualquier cosa, entre los rincones, entre cajas y bolsas en las que juntaba basura, mugre, estupideces que a nadie se le ocurriría guardar y mucho menos para regalárselas a alguien. Y en realidad, ¿por qué?. Me puse a pensar pero mi cumpleaños había sido hace mucho y no faltaba poco, estábamos lejos de las fiestas y que yo sepa no había motivos para hacerme un presente. Pero ahí estuve, unos quince minutos más, hasta que me fui con una bolsa de revistas viejas que no pude rechazar. ¿Qué oscuro motivo lo incitaba a guardar, coleccionar objetos para luego regalárselos al que primero pase por su casa?
Salí y me fui acercando a la estación. Había una manifestación por algo que escapaba a mi vista. Hubiera querido pasar por el costado pero era imposible, así que la atravesé por el centro. Entonces pensé, si lo que produce la multitud, en la calle, en la ciudad, los hombros golpeándose unos con otros, continua violación indiferente que en cualquier otro escenario sería totalmente censurada, si lo que eso produce es sólo un incremento de la soledad, entonces ¿qué ocurría en esa manifestación?¿Había cambiado algo?

20 marzo, 2010

El bosque

Un día me cerraste los ojos, agarraste mi mano y tiraste y te seguí sin ver, me llevaste a un bosque que yo no conocía. Me paré un momento antes de entrar y en ese momento se me ocurrió que a ese bosque iban mujeres que querían terminar con su vida. Fue sólo una impresión. Te seguí y me adentré en las sombras. Podía verte adelante, dándote vuelta cada tanto, apurándome, pero yo no podía dejar de observar cómo había cambiado mi alrededor. Todo estaba des-iluminado por penumbras verdes y grises, cercanas al azul, y las hojas estáticas en las ramas, ni una caía ni había caído en mucho tiempo. Los árboles se acomodaban para mostrar tu espalda de vez en cuando.
No sabía qué pensar de vos y sin embargo no hacía más que pensarte todo el tiempo, y cuando me daba cuenta, el efecto terminaba. Pero cuando me pedías que te siga no lo dudaba: ir atrás tuyo, siguiendo las migas del pan, era parte de armar un pequeño sustituto de todo eso que se me escapaba de vos, no podía desaprovecharlo así como así.
Te seguí esta y tantas veces pero esta vez todo llegó a su fin.
Noté que te alejabas así que dejé de mirar el bosque y apuré el paso, aunque en el fondo ya sabía que era tarde. No volviste más la cabeza hacia atrás y la desaparición de tu espalda fue inmediatamente seguida por el silencio absoluto que dejaron tus pasos.
Me quedé quieto. Comprendí que estaba bien así, ir atrás tuyo no serviría para nada, tarde o temprano iba a ser incapaz de seguirte. Lo único que me quedaba de vos era esto: el bosque. Sus senderos y sus sombras y silencios me hablarían más de vos que cualquier otra cosa que yo intentara, y vos podías volver alguna vez pero mientras tanto este bosque era mi única posibilidad de vos, y comprendí que estaba bien así, que a menudo el bosque dejado atrás es lo único que nos queda.