27 noviembre, 2010

El cuarto

Del último sí puedo hablar. Hay una mayor cercanía física y temporal. Y también hay mucho que decir de él. Pero entonces siento como que no debo, como que no es a mí a quien corresponde contar su historia. O no es todavía momento de contarla. Le falta algo, le falta todo, no es que recién empiece pero sin duda quedan muchos meandros por delante.
Lo recuerdo, aunque imperfectamente. Pero lo escribí, en algún lado debe estar. ¿Cuándo habrá sido? Primero pienso en el 2008, pero no, no puede ser. Parece que fue hace mucho tiempo, pero sólo pasaron dos años. No, tiene que ser antes. Y el 2007 no está escrito así que debería estar en el 2006, con aquellas hojas cuadriculadas, caligrafía gigantesca y adicta a la birome negra, una jerga y modismos y muletillas que me molestan, así como modos de pensar con los que no estoy conforme. Y por otro lado, ¿cuánto más sincera es esa escritura?
No digo demasiado. En realidad casi lo único útil es la fecha. Lo escribí el veintinueve de mayo. Estaba a punto de cumplir diecisiete años, estaba escuchando a los Sex Pistols y leía Otelo. Ese año había descubierto los pequeños libros negros del Centro Editor de Cultura y no era -todavía- muy quisquilloso con las buenas y malas traducciones. La más barata estaba bien. Con la Ilíada empecé a desconfiar y ahora sólo compro los que son originalmente castellanos, donde el riesgo es mínimo. Arlt, Quiroga, García Lorca.
Concretamente, puse que era sábado, que lo conocí y que me cayó bien. Nada más. Rápidamente paso a explicar que ese sábado fui a lo de un amigo, que cocinamos algunas cosas para vender en una feria y que uno de esos días, en la escuela, me agarró un dolor en el pecho y vino mi abuelo a buscarme. Y ya nuevamente es sábado y vamos a visitarlo a su casa y el domingo él viene a visitarnos a nosotros. Pero sólo eso, la descripción del momento. Ni impresiones ni anécdotas ni especificaciones. El relato lo deja en el aire y va a cosas más importantes: había una televisión en desuso y yo la traje a mi cuarto, donde estuvo hasta más de un año después, cuando decidí sacarla para hacer lugar. Nada de él.
Pero sí, me acuerdo de que nos abrieron la puerta y pasamos al fondo, al jardín. Y ahí estaba, sentado, mirándonos. Era extraño. Él era simplemente un personaje en un par de historias que nos contaron, pertenecía al terreno de la ficción. De hecho, a partir de ese momento empecé a asociarlo a muchos personajes de libros que leía: me fue especialmente inevitable concebirlo como una mezcla de Leo Naphta y Mynheer Peeperkorn, ambos personajes de La montaña mágica. Del primero veía en él su solidez e intransigencia en los modos de pensar, y además sus vidas personales eran bastante análogas. De Peeperkorn tenía esa construcción de su personalidad que me creaba una gran incertidumbre y me daban ganas de indagar el cómo de esa construcción, el por qué, sumiéndome en infinitas hipótesis, intentando dibujar alguna especie de mapa. Me acuerdo de estos dos personajes porque era la novela que estaba leyendo entonces, pero hubo muchos más. No me canso de pensarlo: tenía rasgos terriblemente literarios. Y sin embargo ahí estaba, el verbo se había hecho carne y habitaba entre nosotros. Y en efecto, como dije, una semana después lo volvimos a ver y poco a poco se fue haciendo parte de nuestra cotidianidad.
Había como algo que no alcanzaba a ver. No se parecía a ninguno de nosotros, pero al mismo tiempo sentía que teníamos algo en común. Fue muy raro para mí, encontrarlo. Era un tipo de persona que yo nunca había frecuentado antes. Entonces empecé a pensar que había cosas acerca de nosotros que no las conocemos y cosas que creíamos conocer que podían y debían ser sospechadas e interrogadas. Su historia es tal vez otra historia abierta y por lo tanto es casi erróneo decir que es suya.
Después de eso, hay idas y venidas, es inevitable. Luego un gran silencio. Luego una aproximación. ¿Verdadera?¿Ilusoria? No sé. Y luego otra vez silencio, e incertidumbre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario