02 noviembre, 2010

Un año junto al viejo

Empieza a hablarme inesperadamente, sin que yo lo pida. Ah... ¿qué extraño paraíso sueña el viejo, ahora? Camina por calles de una ciudad, dice, y no sabe si estos recuerdos vienen de impresiones subliminales de vidas pasadas o de tanto darle vueltas a la idea durante años y años. Pero lo cierto es que camina por calles de una ciudad y todo se me aparece a mí como a través de un velo o borroneado por una niebla vacía. Es un extraño cruce entre una ciudad antigua de oriente y un centro turístico de más acá, quizás ambas cosas a la vez. Su relato me hace pensar en una ocupación, un período posterior a la guerra en el que los ocupantes disponen del terreno ganado a su antojo, marcando profundamente la geografía del lugar. Las casas de estilo europeo se mezclan entre las de estilo oriental, me dice, y lo mismo con la gente: vestidos y levitas y túnicas de colores claros. Camina por las calles llevándose por delante a estas personas, vislumbrándolas por sobre el hombro, avanzando y buscando algo que cree que está al final de la calle. Tropieza con algo y se percata de la cantidad de gente sentada en el suelo, apoyadas contra la pared y con las piernas y manos estiradas, con éstas ha tropezado. La visión de los mendigos impresiona su frágil corazón: le muestran sus heridas y deformidades y él prefiere no mirar y seguir adelante. No dista mucho más. Allá lo ve, al templo. Tarda un tiempo en subir las escaleras y es un gran esfuerzo para él, pero lo consigue. Es muy importante entrar, ha esperado esto toda su vida. Atraviesa el umbral y la claridad queda afuera. Lo divino y lo pagano ha caído allí y se ha hecho uno. Las figuras de los dioses son sublimes y, a veces, eróticas, dice, alejadas del buen gusto, dice que dicen, y se acomodan en los rincones mientras el viejo avanza por el pasillo central del templo, hacia la imagen final, el o la o lo ídolo que está esperando sentado sobre el suelo del templo, que se empieza a nublar más y se lleva al templo mismo consigo, a las imágenes y a todas las gentes y las casas y lo deja solo en la nada por un instante de terrible desesperación.
La toma fue para mí un tiempo indefinible, como asistemático. Entonces me dediqué a leer, revisar papeles y ver cómo el mundo progresaba mientras yo me había salido (mucho más de lo normal) de esa rueda sin fin. Al volver, realmente esperaba no encontrarlo ahí, que se pierda, que se pierda entre el desorden y el caos de la toma y que opte por abandonar. Pero no, ahí estaba hablándome, como la primera vez, sin que yo se lo pida. Traté de impedirlo, entonces, pero no funcionó. Siempre me siento al fondo, pero como era un aula chica, el fondo era la segunda fila. Él entró con pinta de profesor, pero se sentó adelante mío. Y empezó a hablar con todos, con todos y cada uno, hasta que se dio vuelta para mirarme. Aquí, el no hacer contacto visual es esencial. Bajé la vista, saqué un libro, hice que buscaba algo, miré los carteles de las paredes, miré las paredes, revisé la hora, miré al pizarrón, me di cuenta de que no me fijé realmente qué hora era, miré otra vez, no podía creerlo, ¿cuánto pasó ya?¿un minuto entero?, en algún momento tiene que dejar de mirarme, se tiene que dar vuelta, pero ese momento podría no llegar más, ¿voy a estar acá con la cabeza baja los próximos veinte minutos, todas las clases del año que sigue y que recién empieza? Cuando ya me agarra una claustrofobia situacional, el viejo desiste y se da la vuelta, pero esta primera batalla ganada no significó nada, porque la clase siguiente me hizo una pregunta directa, un ataque ineludible. Después de eso, es fácil continuar el camino del diálogo unilateral.
Y en todo este tiempo aprendimos muchas cosas: sus múltiples profesiones, sus estudios y metas, sus intenciones. Y otras cosas más del carácter personal como la composición de su familia, sus opiniones políticas y sociales, el profundo amor que siente por el conocimiento, aquella, oh, fuente inagotable de satisfacciones, y por supuesto su profundo desprecio por la ignorancia y la idiotez de la gente. El acopio de saberes, hasta el hartazgo, hasta el dolor de cabeza, hasta el no saber ya más nada. El resto son delirios, sospechas y esoterismo. No decentes ni siquiera para ser vistos.
Pero finalmente termina uno por acostumbrarse, tanto que su ausencia en la clase tiene algo de vaciedad. Ahora despierta de su profundo sueño y me lo cuenta. Creo que busca la manera de volver ahí, creo que quiere vivir en los sueños y soñar la realidad, subir a la montaña mágica para no bajar más. Y yo... no sé qué hacer. Hasta cierto punto lo entiendo y no sé si siento lástima por él o por mí. ¿A dónde conduce el camino que toma?
Tal vez a la nada.
¿A dónde lleva el otro camino?
Tal vez al mismo lugar.

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