12 noviembre, 2010

Descenso y apoteosis

Cuando quise hablar acerca de él, a mediados de año, decidí hacerlo desde la primera persona, tratando de ser lo más fiel a un relato que me contaron sobre él, del que no fui testigo ya que, al fin y al cabo, nunca llegué a conocerlo personalmente.
También, cuando decidí contar esta historia, sabía muy poco del principio, de la razón por la que debieron abandonar su país y venir a esta ciudad, junto con tantas otras personas. Sabía que había habido una guerra pero muy poco sabía de ella. Me decían que era una guerra fratricida pero ¿qué guerra no lo es? Ahora entiendo un poco mejor las circunstancias, los bandos, pero se me sigue escapando una gran gama de matices donde se confunde lo revolucionario con lo restauratario, lo viejo y lo nuevo, y encuentro que los mismos protagonistas deambulan y titubean ante estos polos. ¿Qué camino seguir?¿Cómo saber en qué terminará, a dónde conducirán esos caminos?
Pero a la historia nacional se le suma la historia de un pueblo que ha estado siempre ahí, de una lengua que ha estado siempre ahí, y que nadie sabe exactamente de dónde salió, postulando algunos su origen independiente en el pasado remoto, anterior o lejano a los grandes imperios y civilizaciones, al margen occidental. Es difícil decir cuánto de esa cultura seguía formando parte de ese pueblo, por entonces. Los rasgos, que ya habían sido afectados y habían devenido por la influencia del tiempo y del contacto e invasiones de otras sociedades, pasaron a formar parte de lo prohibido y se los trató de diluir en un crisol de donde no se esperaba que salgan. También es difícil decir si en realidad pertenecemos a esa cultura, o qué tanto pertenecemos a esa cultura, pero sobre eso hablaré más adelante.
Lo cierto es que, si bien la guerra marca y condiciona la vida de las personas, el tercero no tuvo tiempo de ocuparse más que de eso. La guerra fue para él un factor externo que incidía en su vida en muchos aspectos; y de todas maneras, no supo bien si la culpa era de la guerra o si la vida -toda vida- se suponía que debía ser así.
Yo soy de los que piensan que todos pensamos lo mismo en el fondo, pero que algunos llegan a darse cuenta y otros mueren antes. Creo que el tercero es de los que llegaron a darse cuenta.
El principio, entonces, se pierde un poco entre los viajes y la memoria y la falta de testimonios u oportunidades (o cojones, diría él, y por ahí es la razón central). Pero me es un poco más fácil hablar del final ya que, a pesar de que tampoco estuve presente, fue mucho más reciente, tanto los hechos como los relatos.
Fue mi papá quién se enteró de su actual paradero: el hospital. Después de años y años de ir de un lugar a otro, de una casa a otra, de una mujer a otra, acabó ahí, esta vez para quedarse. Un hijo de puta, que se había cagado en su familia más de un par de veces. Habíamos perdido su rastro hacía mucho tiempo. A decir verdad, nadie de nosotros lo buscaba ni esperaba encontrarlo, se había convertido en nada más que un puñado de historias que contar, lo que la mayoría de nosotros somos, en definitiva. Cuando todo esto sucedió no pude evitar acordarme de uno de esos relatos.
Mi papá lo había ido a visitar. Así como él iba y venía, así también su fortuna hacía lo mismo: había temporadas en que le llovía dinero, era dueño de negocios y restaurantes, se codeaba con los ricos y poderosos, y tiempos en los que -literalmente- se cagaba de hambre. Y en momento de abundancia fue cuando lo fue a visitar mi papá, subiendo en el ascensor una decena de pisos para llegar frente a la puerta. Golpeó y se alejó un poco, adoptando una postura despreocupada, pero pasaron unos minutos y nadie abrió. Volvió a alzar la mano y al instante se fue para atrás la puerta, mostrando el rostro de su tío en el lugar a donde iba el golpe. No tuvo tiempo para ver el desorden y suciedad que habían invadido el departamento, detrás.
- ¿Por dónde subiste?
- Por el ascensor...
- ¿Había alguien abajo?
No entendía a qué iba todo esto, pero sí, en realidad sí había visto a un par de tipos en planta baja, hablando con el portero. Pararon de hablar en cuanto él pasó a su lado, y siguieron luego de observar cómo se alejaba hacia el ascensor. Se lo dijo.
- Nos vamos
Atrás, ya habían llamado al ascensor desde otro piso, así que se arrojaron hacia las escaleras, con el mayor silencio que pudieron lograr. En planta baja se encontraron al portero.
- Estaban preguntando por usted, dos personas...
- Bueno, gracias.
Siguieron de largo, buscaron el auto y se fueron. Después de ese episodio, tuvo que vivir bastante tiempo escondido y cambiando de lugares. No sé cómo se resolvió, tal vez no se haya resuelto, pero me gustaba porque era exageradamente novelesco y por la forma en que mi papá había sido arrancado de su vida normal y metido a los empujones en ese microcosmos ficcional.
Ahora pasaba algo parecido. Cuando entró en la habitación del hospital, él estaba asomado en la ventana, e hizo un gesto rápido con las manos: seguía fumando a escondidas. Cuando se dio vuelta y vio a mi papá, puso cara de pocos amigos.
- Si hubiera sabido que eras vos no tiraba el cigarrillo.
Lo miró, sin responder.
- Bueno ya está, mirá ahora, cómo cambiaste, se te nota la edad ya...
No había mucho más que decirse, el tiempo abre abismos entre las personas. Pero mi papá quería preguntarle algo, para entenderlo mejor. Yo pienso que con eso buscaba entender no solo al tercero sino a toda la familia, para atrás y para adelante.
- Che...¿por qué viviste así?
- ¿Así cómo?
- Así... cagándote en todos, metiéndote en cosas jodidas, como cuando hacías enojar a todos hace mucho tiempo, cuando nos reuníamos todos. Parecía que lo disfrutabas, que todos se peleen entre sí.
Lo miraba gravemente, pero él prefirió mirar para otro lado. No le importaba responder, pero algo le hizo cambiar de opinión. Aún me sigue sorprendiendo que haya respondido.
- Mirá, no le des muchas vueltas. No sé si hay una respuesta exacta, pero te voy a decir lo que estoy pensando ahora, que por ahí no tiene nada que ver pero que me parece una verdad universal hoy y ahora. Todos huyen. De una forma u otra, todos huyen todo el tiempo. Ya no sé de qué, me lo pregunté muchas veces y ya no puedo decirlo. Trabajar y ganar dinero, dedicar tu vida a viajar, o al cine, o a la literatura, todas son solamente diferentes formas de huir. Pero escuchame bien. Nunca van a tener éxito. Nunca.
¿Qué clase de explicación era esa? Bueno, la única que llegó a dar. No dijo nada más demasiado importante. Su situación se fue complicando más y más y no tardó mucho en morir. Mi papá se encargó un poco del entierro y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. No aparecieron sus hijos, ni amigos, ni socios, ni conocidos, nadie. En fin, tampoco le hubiera importado demasiado, probablemente se habría reído de ese enojo infantil que todos sentían hacia él.
Después de eso, las menciones al tercero se fueron haciendo más escasas hasta que, hoy en día, es muy raro que hablemos de él.

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