Cuando se reunía toda la familia, unos se encargaban de esto y otros de aquello pero él siempre se encargaba de preparar el lechón. Y para esta actividad requería algunas cosas concretas: Necesitaba leña -no carbón- y mucha; había que empezar temprano, muy temprano; tenía que tener siempre algo que tomar cerca suyo.
Pero yo, cuando se reunía toda la familia, intentaba seguir órdenes lo más silenciosamente posible y después de eso, evitar que noten mi presencia. Algo que raras veces lograba, porque era el encargado de ayudarlo en todo lo que me pedía, y como por accidente terminaba estando de su lado y contra el resto. El día iba avanzando y los demás se impacientaban. Pero para que la comida sea excelente había que respetar los tiempos del tercero. O tal vez era otra parte de su plan -suponiendo que haya un plan- para sacar de quicio a todos; eran las tres de la tarde y todavía "faltaba un rato", pero él desde hacía una hora iba probando de los mejores pedazos, acompañando el vino.
Miré de reojo hacia la reja: su auto estaba estacionado justo ahí, era un buen auto. Siempre venía con un auto diferente, no sé de dónde los sacaba pero era así. Por un momento me olvidé del asunto del fuego y empecé a fantasear con lo que vendría después. Él siempre termina queriendo ir a dormir una siesta, para bajar la comida y el alcohol. Entonces, puedo agarrar las llaves de su auto sin miedo de que despierte, subirme y dejar atrás el gusto amargo de la comida, dando vueltas, continuamente controlando el tiempo y la distancia a casa. Sí, con suerte, en un rato más.
La situación se iba poniendo cada vez más crítica y yo lo notaba. Solamente faltaba el detonante, el golpe de gracia que iba a hacer que todo estalle definitivamente. Nos sentamos a la mesa y nos miramos las caras. Las mujeres intentaban apaciguar las cosas, ofreciendo esto y aquello, pero la verdad es que ellas estaban también bajo el hechizo del tercero. Y entonces, el tercero echó a rodar la manzana y escondió la mano. Y los otros picaron. Antes de darme cuenta me encontraba en un griterío tremendo, pero el tercero estaba ahí, observando y casi sonriente. O más bien, no sonreía con la boca, pero todo en su aspecto denotaba una gran y burlesca risa. Todo había terminado; su plan tuvo éxito pero el mío apenas iba por las primeras etapas.
29 julio, 2010
07 julio, 2010
Migración
Y esos fueron tus años más felices, el tiempo no pasaba y ¿por qué despegar los ojos de esa tierra soleada y descalza?¿Por qué abandonar Siringe?¿En busca de qué? Los trabajos y los días y las noches quedaron atrás y lejos y seguiste a mucha gente. Y mucha gente te siguió, fuiste el primero de muchos. Tal vez nunca tendrían que haber abandonado Siringe, de cualquier manera, fue ese el único lugar donde querían estar.
Te siguieron tus parientes y amigos, tus canciones, tus historias y todo eso, y vinieron para acá. Y es que hubo mucho de Siringe acá, al menos por un tiempo, antes. Eso es lo que buscabas, ¿no?. Supongo que lo lograste en cierto momento. Pero las reglas de este lado eran diferentes. No había montañas, ni bosque y todo estaba cerca de todo y crecía cada vez más. Al final, la ciudad arrolló a ese pequeño pueblo mitad real mitad imaginario, reflejo de uno muy lejano, más real y más imaginario. Terminó antes de nacer pero no fue el final. Todavía, cuando doblo una esquina o cruzo una calle, cuando me doy cuenta de que -aunque yo no- todos se conocen entre todos, entonces siento que no estoy tan lejos de Siringe, o que esto es Siringe.
Siempre quedan rastros, hay que aprender a leerlos.
Como ese video en el que están todos, una noche (¿de verano?), celebrando no sé qué. Vos estás asando castañas y atrás está tu cuñado, tu hermano, sus hijos y un gato negro. Cambio de escena. Todos a la mesa, la misma mesa de siempre, y sentados los mismos de siempre, algunos que ya no están. Y ahí, sí, a la izquierda, ahí estoy yo también, pero no tengo idea de nada. El tiempo y el vino van pasando, empiezan a tocar canciones, con una guitarra. Las canciones de allá y las de acá, las viejas y las nuevas, las primeras versiones que escuché y que fueron para mi las originales. No sé si son recuerdos primarios o recuerdos de ver ese video tantas veces. No creo que importe mucho.
Te siguieron tus parientes y amigos, tus canciones, tus historias y todo eso, y vinieron para acá. Y es que hubo mucho de Siringe acá, al menos por un tiempo, antes. Eso es lo que buscabas, ¿no?. Supongo que lo lograste en cierto momento. Pero las reglas de este lado eran diferentes. No había montañas, ni bosque y todo estaba cerca de todo y crecía cada vez más. Al final, la ciudad arrolló a ese pequeño pueblo mitad real mitad imaginario, reflejo de uno muy lejano, más real y más imaginario. Terminó antes de nacer pero no fue el final. Todavía, cuando doblo una esquina o cruzo una calle, cuando me doy cuenta de que -aunque yo no- todos se conocen entre todos, entonces siento que no estoy tan lejos de Siringe, o que esto es Siringe.
Siempre quedan rastros, hay que aprender a leerlos.
Como ese video en el que están todos, una noche (¿de verano?), celebrando no sé qué. Vos estás asando castañas y atrás está tu cuñado, tu hermano, sus hijos y un gato negro. Cambio de escena. Todos a la mesa, la misma mesa de siempre, y sentados los mismos de siempre, algunos que ya no están. Y ahí, sí, a la izquierda, ahí estoy yo también, pero no tengo idea de nada. El tiempo y el vino van pasando, empiezan a tocar canciones, con una guitarra. Las canciones de allá y las de acá, las viejas y las nuevas, las primeras versiones que escuché y que fueron para mi las originales. No sé si son recuerdos primarios o recuerdos de ver ese video tantas veces. No creo que importe mucho.
04 julio, 2010
Rompecabezas
Sólo salí con intenciones de comprar un libro y cuerdas de guitarra. Parecía verano y los bomberos pasaban por la calle, inundando la ciudad de ruido. No pensaba tardar más de una hora pero a tres cuadras me encontré con ella, algo totalmente inesperado.
Después de todo eso, ya no pude caminar mirando para arriba. Había mucha gente y las sirenas sonaban todo el tiempo, la calle estaba cortada.
Pero todo pasó del otro lado. Yo iba, ella venía. La miré y me pareció conocida. Me pregunté qué tan conocida. ¿Tenía que saludarla o no? Me miró y seguramente pasó por lo mismo. Nos saludamos. ¿Tenía que detenerme o no? Ella solucionó el asunto haciéndolo. Nos pusimos a charlar. A estas alturas ya sabía quién era, claro.
Ambos evitábamos algo: una marca que saltó en sus ojos ni bien me reconoció, como si el encontrarme a mi por la calle signifique en realidad encontrarse a ese algo correteando suelto. Evitábamos ese algo y sobre todo el hecho de que era obvio que yo sabía; porque, sí, todos se enteran de todo, y a mi me pasa bastante, ya lo dije.
Pero la charla superó el record rápidamente y antes de darme cuenta (entre las cosas del día, el a dónde vas, el cómo andan todos) habían pasado... no sé, ¿más de diez minutos?
Entonces, en el preludio de la despedida, mencionó algo que hizo que un fantasma se materialice en el espacio abierto entre nosotros. La marca...
- Sí, me enteré...¿cómo estás con eso?
Y pasó algo que definitivamente no esperaba. Puso sus manos en mis hombros y con todo la tristeza del mundo me dijo... no sé qué me dijo, no hacía falta. Era claro que mal. Si antes no me habían parecido claras las lágrimas en sus ojos, ahora lo eran. Y me lo dijo cuando me sentí culpable por ponerla así. Me dijo que yo no era el culpable pero ¿qué otra cosa podía decir?. Me contó cómo fue todo y eso empeoró las cosas. Al final cambió de idea y decidió volver a su casa. La acompañé.
Me sentí tan inútil, como tantas otras veces, me hubiera gustado poder decir algo que la saque de ahí, o hacer algo que la saque de ahí, pero ¡¿qué?! Mierda, no podía hacer nada, sólo escuchar cómo avanzaba esa historia y volvía para atrás descubriendo rincones más dolorosos. Cualquier cosa que haga o diga, no serviría para nada.
Llegamos a su casa, era cerca. Intenté un último gesto alentador. Sé que no le sirvió para nada. Porque, al final, las cosas se resuelven de la piel para adentro. Pueden pasar muchas cosas afuera pero encontrar la respuesta está en uno mismo. Es algo que tuve que aprender y que todos deberán aprender. Me saludó y entró mientras yo me quedé con las manos en los bolsillos y me di vuelta y, mierda, ¿qué pasó?¿cómo pasó esto? Mi cabeza fue bajando -del sol poniéndose rosa di sera buon tempo si spera a los noventa grados del horizonte y más y más abajo, la misma vereda de siempre, la que se usa en todos lados y dolía tanto caerse ahí-, mi cabeza fue bajando y empecé a caminar.
A lo lejos vino un compañero de la primaria.
¿Tenía que saludarlo?
Bueno, sí.
Miré.
Me miró.
Seguí mirando.
Corrió la vista.
Pasó a mi lado.
Seguí caminando.
Después de todo eso, ya no pude caminar mirando para arriba. Había mucha gente y las sirenas sonaban todo el tiempo, la calle estaba cortada.
Pero todo pasó del otro lado. Yo iba, ella venía. La miré y me pareció conocida. Me pregunté qué tan conocida. ¿Tenía que saludarla o no? Me miró y seguramente pasó por lo mismo. Nos saludamos. ¿Tenía que detenerme o no? Ella solucionó el asunto haciéndolo. Nos pusimos a charlar. A estas alturas ya sabía quién era, claro.
Ambos evitábamos algo: una marca que saltó en sus ojos ni bien me reconoció, como si el encontrarme a mi por la calle signifique en realidad encontrarse a ese algo correteando suelto. Evitábamos ese algo y sobre todo el hecho de que era obvio que yo sabía; porque, sí, todos se enteran de todo, y a mi me pasa bastante, ya lo dije.
Pero la charla superó el record rápidamente y antes de darme cuenta (entre las cosas del día, el a dónde vas, el cómo andan todos) habían pasado... no sé, ¿más de diez minutos?
Entonces, en el preludio de la despedida, mencionó algo que hizo que un fantasma se materialice en el espacio abierto entre nosotros. La marca...
- Sí, me enteré...¿cómo estás con eso?
Y pasó algo que definitivamente no esperaba. Puso sus manos en mis hombros y con todo la tristeza del mundo me dijo... no sé qué me dijo, no hacía falta. Era claro que mal. Si antes no me habían parecido claras las lágrimas en sus ojos, ahora lo eran. Y me lo dijo cuando me sentí culpable por ponerla así. Me dijo que yo no era el culpable pero ¿qué otra cosa podía decir?. Me contó cómo fue todo y eso empeoró las cosas. Al final cambió de idea y decidió volver a su casa. La acompañé.
Me sentí tan inútil, como tantas otras veces, me hubiera gustado poder decir algo que la saque de ahí, o hacer algo que la saque de ahí, pero ¡¿qué?! Mierda, no podía hacer nada, sólo escuchar cómo avanzaba esa historia y volvía para atrás descubriendo rincones más dolorosos. Cualquier cosa que haga o diga, no serviría para nada.
Llegamos a su casa, era cerca. Intenté un último gesto alentador. Sé que no le sirvió para nada. Porque, al final, las cosas se resuelven de la piel para adentro. Pueden pasar muchas cosas afuera pero encontrar la respuesta está en uno mismo. Es algo que tuve que aprender y que todos deberán aprender. Me saludó y entró mientras yo me quedé con las manos en los bolsillos y me di vuelta y, mierda, ¿qué pasó?¿cómo pasó esto? Mi cabeza fue bajando -del sol poniéndose rosa di sera buon tempo si spera a los noventa grados del horizonte y más y más abajo, la misma vereda de siempre, la que se usa en todos lados y dolía tanto caerse ahí-, mi cabeza fue bajando y empecé a caminar.
A lo lejos vino un compañero de la primaria.
¿Tenía que saludarlo?
Bueno, sí.
Miré.
Me miró.
Seguí mirando.
Corrió la vista.
Pasó a mi lado.
Seguí caminando.
01 julio, 2010
Midyear Shuffle
Un período existe más como recuerdo que como cualquier otra cosa. De repente, un día, la suma de los días termina por dar un resultado inesperado, que tiene un sabor único, formado por todas esas cosas que decantaron en capas sedimentarias, y así es como el 2007 huele a mucho tiempo frente a la pantalla y poca luz (iluminando la madrugada de un color azul neón), 2008 a Arlt, Arctic Monkeys y humo impregnado en la ropa. 2009 de griegos, Ilíada y algunos barderos de principios del siglo XX. Y eso terminó penetrando en las cosas cotidianas: ahora la calle Segurola me recuerda a Los Siete Locos, el olor de algunas toallas a tragedia de Eurípides, y alguna tragedia de Eurípides a un paseo por un bosque en el que nunca estuve. O tal vez sí.
Parecería que en determinado momento de mi genealogía, alguien miró para adelante y decidió no volver a mirar para atrás. Tal vez haya razones justificadas pero no alcanzan. De todos modos, el buceo en el pasado familiar es una imposibilidad. No tengo historia, entonces lo mejor que puedo hacer es agarrar los pedazos que me dieron y armar algo que pueda llamar mi historia. Un simulacro. The little pieces of truth. KATABASIS
(...) Por esa razón iba a un lugar muy alto y flotante donde se practicaba paracaidismo. Yo me tiraba, sólo que sin paracaídas; y terminaba cayendo en el mar: era una especie de agua sucia y no había orillas; había personas con pupilas raras que me querían llevar abajo. Yo sabía que era imposible que no haya orillas entonces se me ocurrió que tal vez eso no era lo que parecía. Era un estado mental, me estaba muriendo. Hice un esfuerzo y apareció la realidad tal cual era: el mar azul, la orilla ahí nomás. Yo hecho mierda 14/12 ¿Tengo ganas de volver al mundo de abajo?¿Tengo ganas de quedarme? No sé... Por un lado me siento bien sabiendo que no participo de todas las cosas de allá. Es que esto es... al mismo tiempo malo. Me pierdo mucho. Me molesta. El juego una y otra vez. La vida como juego. La vida como asunto serio. ¿Darse al juego u organizar exhaustivamente un cronograma, un itinerario para el viaje? Pero el juego sólo se revela a los que lo aceptan y lo llevan adelante.
Parecería que en determinado momento de mi genealogía, alguien miró para adelante y decidió no volver a mirar para atrás. Tal vez haya razones justificadas pero no alcanzan. De todos modos, el buceo en el pasado familiar es una imposibilidad. No tengo historia, entonces lo mejor que puedo hacer es agarrar los pedazos que me dieron y armar algo que pueda llamar mi historia. Un simulacro. The little pieces of truth. KATABASIS
(...) Por esa razón iba a un lugar muy alto y flotante donde se practicaba paracaidismo. Yo me tiraba, sólo que sin paracaídas; y terminaba cayendo en el mar: era una especie de agua sucia y no había orillas; había personas con pupilas raras que me querían llevar abajo. Yo sabía que era imposible que no haya orillas entonces se me ocurrió que tal vez eso no era lo que parecía. Era un estado mental, me estaba muriendo. Hice un esfuerzo y apareció la realidad tal cual era: el mar azul, la orilla ahí nomás. Yo hecho mierda 14/12 ¿Tengo ganas de volver al mundo de abajo?¿Tengo ganas de quedarme? No sé... Por un lado me siento bien sabiendo que no participo de todas las cosas de allá. Es que esto es... al mismo tiempo malo. Me pierdo mucho. Me molesta. El juego una y otra vez. La vida como juego. La vida como asunto serio. ¿Darse al juego u organizar exhaustivamente un cronograma, un itinerario para el viaje? Pero el juego sólo se revela a los que lo aceptan y lo llevan adelante.
Are you high?
Los Beatles buscaban un acorde en la ciudad. Es decir, cruzaron toda la ciudad porque un tipo conocía un acorde. No estoy seguro pero creo que era do menor sostenido. ¿Qué tan difícil o secreto puede ser un acorde para ser tan íntimo?¿Quién puede llamarse inventor de un acorde? Esto me seguía pareciendo ilógico.
Pero la escritura japonesa es muy singular. Combina ideogramas (kanjis) con dos silabarios para declinaciones y palabras extranjeras. No es que se utilice una de estas tres escrituras sino que aparecen las tres mezcladas en el mismo texto. Con respecto a los kanjis, los jóvenes salen de la escuela con mil ochocientos kanjis "oficiales", que son los que los periódicos y otros medios deben usar obligatoriamente. Ahora bien, se cree que el número de kanjis supera los diez mil, tal vez podríamos decir que son infinitos. ¿De dónde sale el resto? Se aprenden en otros lados. Es muy común que sea la familia la que se encargue de transmitirlos. Leer y escribir es una herencia silenciosa, es buscar esos acordes íntimos y secretos, ocultos en un cuarto que sólo se abre de vez en cuando.
Un día quise escribir en un papel todo lo que quería decir y no hacía. Después ese papel sería quemado y sus cenizas mezcladas con las otras. La hoja seguramente estaría por la mitad y después de terminar con todo esto, después del fuego seguido de un golpe sordo, tendría una sensación liberadora y al otro día recomendaría este ritual a mis amigos.
La escritura, entonces, es menos decir. Es Esconder. Es un código dentro de un código dentro de un código y mientras más ilegible , más libre.
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