Cuando se reunía toda la familia, unos se encargaban de esto y otros de aquello pero él siempre se encargaba de preparar el lechón. Y para esta actividad requería algunas cosas concretas: Necesitaba leña -no carbón- y mucha; había que empezar temprano, muy temprano; tenía que tener siempre algo que tomar cerca suyo.
Pero yo, cuando se reunía toda la familia, intentaba seguir órdenes lo más silenciosamente posible y después de eso, evitar que noten mi presencia. Algo que raras veces lograba, porque era el encargado de ayudarlo en todo lo que me pedía, y como por accidente terminaba estando de su lado y contra el resto. El día iba avanzando y los demás se impacientaban. Pero para que la comida sea excelente había que respetar los tiempos del tercero. O tal vez era otra parte de su plan -suponiendo que haya un plan- para sacar de quicio a todos; eran las tres de la tarde y todavía "faltaba un rato", pero él desde hacía una hora iba probando de los mejores pedazos, acompañando el vino.
Miré de reojo hacia la reja: su auto estaba estacionado justo ahí, era un buen auto. Siempre venía con un auto diferente, no sé de dónde los sacaba pero era así. Por un momento me olvidé del asunto del fuego y empecé a fantasear con lo que vendría después. Él siempre termina queriendo ir a dormir una siesta, para bajar la comida y el alcohol. Entonces, puedo agarrar las llaves de su auto sin miedo de que despierte, subirme y dejar atrás el gusto amargo de la comida, dando vueltas, continuamente controlando el tiempo y la distancia a casa. Sí, con suerte, en un rato más.
La situación se iba poniendo cada vez más crítica y yo lo notaba. Solamente faltaba el detonante, el golpe de gracia que iba a hacer que todo estalle definitivamente. Nos sentamos a la mesa y nos miramos las caras. Las mujeres intentaban apaciguar las cosas, ofreciendo esto y aquello, pero la verdad es que ellas estaban también bajo el hechizo del tercero. Y entonces, el tercero echó a rodar la manzana y escondió la mano. Y los otros picaron. Antes de darme cuenta me encontraba en un griterío tremendo, pero el tercero estaba ahí, observando y casi sonriente. O más bien, no sonreía con la boca, pero todo en su aspecto denotaba una gran y burlesca risa. Todo había terminado; su plan tuvo éxito pero el mío apenas iba por las primeras etapas.
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