Sólo salí con intenciones de comprar un libro y cuerdas de guitarra. Parecía verano y los bomberos pasaban por la calle, inundando la ciudad de ruido. No pensaba tardar más de una hora pero a tres cuadras me encontré con ella, algo totalmente inesperado.
Después de todo eso, ya no pude caminar mirando para arriba. Había mucha gente y las sirenas sonaban todo el tiempo, la calle estaba cortada.
Pero todo pasó del otro lado. Yo iba, ella venía. La miré y me pareció conocida. Me pregunté qué tan conocida. ¿Tenía que saludarla o no? Me miró y seguramente pasó por lo mismo. Nos saludamos. ¿Tenía que detenerme o no? Ella solucionó el asunto haciéndolo. Nos pusimos a charlar. A estas alturas ya sabía quién era, claro.
Ambos evitábamos algo: una marca que saltó en sus ojos ni bien me reconoció, como si el encontrarme a mi por la calle signifique en realidad encontrarse a ese algo correteando suelto. Evitábamos ese algo y sobre todo el hecho de que era obvio que yo sabía; porque, sí, todos se enteran de todo, y a mi me pasa bastante, ya lo dije.
Pero la charla superó el record rápidamente y antes de darme cuenta (entre las cosas del día, el a dónde vas, el cómo andan todos) habían pasado... no sé, ¿más de diez minutos?
Entonces, en el preludio de la despedida, mencionó algo que hizo que un fantasma se materialice en el espacio abierto entre nosotros. La marca...
- Sí, me enteré...¿cómo estás con eso?
Y pasó algo que definitivamente no esperaba. Puso sus manos en mis hombros y con todo la tristeza del mundo me dijo... no sé qué me dijo, no hacía falta. Era claro que mal. Si antes no me habían parecido claras las lágrimas en sus ojos, ahora lo eran. Y me lo dijo cuando me sentí culpable por ponerla así. Me dijo que yo no era el culpable pero ¿qué otra cosa podía decir?. Me contó cómo fue todo y eso empeoró las cosas. Al final cambió de idea y decidió volver a su casa. La acompañé.
Me sentí tan inútil, como tantas otras veces, me hubiera gustado poder decir algo que la saque de ahí, o hacer algo que la saque de ahí, pero ¡¿qué?! Mierda, no podía hacer nada, sólo escuchar cómo avanzaba esa historia y volvía para atrás descubriendo rincones más dolorosos. Cualquier cosa que haga o diga, no serviría para nada.
Llegamos a su casa, era cerca. Intenté un último gesto alentador. Sé que no le sirvió para nada. Porque, al final, las cosas se resuelven de la piel para adentro. Pueden pasar muchas cosas afuera pero encontrar la respuesta está en uno mismo. Es algo que tuve que aprender y que todos deberán aprender. Me saludó y entró mientras yo me quedé con las manos en los bolsillos y me di vuelta y, mierda, ¿qué pasó?¿cómo pasó esto? Mi cabeza fue bajando -del sol poniéndose rosa di sera buon tempo si spera a los noventa grados del horizonte y más y más abajo, la misma vereda de siempre, la que se usa en todos lados y dolía tanto caerse ahí-, mi cabeza fue bajando y empecé a caminar.
A lo lejos vino un compañero de la primaria.
¿Tenía que saludarlo?
Bueno, sí.
Miré.
Me miró.
Seguí mirando.
Corrió la vista.
Pasó a mi lado.
Seguí caminando.
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