No me convencía seguir durmiendo de ese lado y entonces se me ocurrió darme vuelta otra vez, como antes, for old time's sake. Si todo el día había estado viviendo en el pasado y quería seguir haciéndolo, dormir de ese lado parecía el mejor recurso para conciliar el sueño. Pensé "mi polo habrá cambiado otra vez". Pensé que era un fenómeno similar al de las piedras que, cuando llegan a una temperatura muy alta y se enfrían, se solidifican también marcas o huellas en su cuerpo que se orientan al norte, al norte del momento, porque hay muchos nortes y siempre están cambiando. Los geólogos, supongo, usan esto para ver a qué época pertenece cada piedra o cada norte. Hasta ahí llegan mis conocimientos paleontológicos.
El tiempo, entonces, empezó a pasar realmente despacio. Me levanté y estuve algún tiempo analizando mi situación, sentado en la cama con las piernas cruzadas, como indio. El día parecía estar gris y oscuro pero bien podría ser esto un efecto de las paredes y estar afuera brillando el sol. No es momento de saberlo todavía. Las cosas se van acumulando en mi cabeza: siento que acopio papeles, libros, pensamientos y situaciones y tengo que ponerme a prestarle atención de a uno por vez. No lo consigo, no tengo ganas. Miro sobre el escritorio el resultado de esta acumulación. Hay lugar pero no el suficiente para poder mantener el orden. Habría que sacar la lámpara, que está medio rota desde hace un tiempo, el tema siempre de los cables flojos, aunque la verdad es que rara vez la usaba y en esas ocasiones llenó la habitación de un fuerte olor a plástico quemado. Los retratos están acorralados contra la pared, el reloj orientado de modo que no pueda ver la hora. Al fin me levanto, lo acomodo y me voy a la cocina. Hambre no tengo, cosas de la mañana. Hay platos para lavar y no hay nada mejor que hacer. Muchos tienen un orden para esto y yo, inconscientemente -hasta hace algún tiempo-, no soy la excepción: primero las cosas que están arriba y afuera, casi sobre mí, que parece que se me vienen encima, que van a empezar a invadir mi espacio y hacerse plaga. No asustarse, no desesperar. Por más posible que parezca, no ocurre, y con esfuerzo y perseverancia la pila baja y la vajilla queda reducida a su espacio natural. Una vez superado esto, se sigue con los cubiertos y los vasos, que son un fastidio siempre. Termino y vuelvo a mi cuarto, a abrir el balcón. Es interesante destacar que sí estoy en lo equivocado, que el día es soleado y fresco, que habrá que resistir esta evidente contradicción entre el afuera y el adentro. Al fin, la escenografía siguiendo el curso de los sentimientos no es nada más que un artificio de la ficción, ¿dónde está la novela realista? En algún lugar de España o Italia, pero no sé si acá. Vuelvo a la cocina, a averiguar la temperatura, la situación general, a ver si pasó algo fuera de lo normal. Me cambio, busco la billetera y las llaves y me acerco al teléfono pero no sé si llamar. Levanto el tubo y observo todos aquellos botones que no supe nunca para qué servirían y ahora ya es muy tarde. Aprieto uno y el tono se corta por un segundo y vuelve con el sonido de ocupado. Cuelgo y me voy a la cocina otra vez, a ver si me falta algo. No sé si cambiarme la remera. Es gris. Tengo ganas de llevar una blanca. Casi a punto de decidirme a subir cambio de idea. Ya está, voy así. El negro quedó descartado desde el principio, por el sol, por supuesto, por las cuadras al sol que hay que caminar. Nuevamente me pregunto si me falta algo, y voy revolviendo hasta la puerta, alargando los pasos, muy pausadamente. Y llego a la puerta sin recordar nada. Miro distraído el suelo y pasan algunos segundos sin que me de cuenta. Si me estuvieran filmando, ésta sería una de esas partes de las películas en las que hay una escena larga y silenciosa donde los sonidos corporales de los espectadores pueden oírse claramente y entonces se mueven incómodos en sus asientos y tratan de que creamos que nada pasó. O al menos eso es lo que hago yo. Pero en realidad no hay espectadores ni ruidos corporales ajenos a los míos y cuando me doy cuenta de que estoy pensando estas cosas con la mano en la manija de la puerta, sacudo la cabeza como para apartar ese velo de fantasía y abro. La puerta está abierta y me conduce al pueblo.
El tiempo. Ya no sé si pasa despacio. Pero pasan muchas cosas y no pasa nada. La realidad está como inflada de acciones que existen pero que no significan nada. El resto de la tarde, me voy moviendo de un lado a otro, de la cocina al patio, viendo llegar a la gente, viendo cómo se saludan, pero en definitiva no voy a ningún lado, no hago nada. Sólo relleno el tiempo. El resto es vaciedad. Y cuando siento que verdaderamente ya he hecho mucho o por lo menos algo, miro la hora y me doy cuenta de que no pasó nada. Miro alrededor mío, el ambiente claustrofóbico, la monotonía de las horas de la siesta, y no pasó nada. ¿Qué más podría decir?¿Qué debería hacer?¿Qué otra cosa debería pasar?
La procesión va por dentro y es larga y tropieza consigo misma a lo largo de toda la calle. Las calles están impregnadas de un perfume que quedó. Se llega a oler el frasco vacío aunque el perfume se haya acabado. Queda su huella, que es su esencia, que se huele, y que a pesar de que no haya más perfume, lo más importante de éste -su olor- sigue ahí. Las calles muestran sus puertas y desde allí la gente nos ve pasar. Las puertas están abiertas.
28 octubre, 2010
17 octubre, 2010
La casa
Y cuando se lo leo a los demás no encuentran nada llamativo en ese pasaje. Algo debe estar mal, en mi cabeza se arma la imagen más triste. Y ahora, viendo esas ventanas, pienso en la casa, mientras entro en ella; o más bien, en una de sus partes. En la huerta del frente hay sobre todo radicheta y el trabajo es fácil: consiste en cortar las hojas, casi al ras. Parece imposible que de allí vuelva a brotar algo, pero me explican que esto es yuyo, y crece solo.
La casa es ante todo dos casas. En realidad tres casas. Hay una larga parte de esta historia que no podría contar porque, en definitiva y aunque me moleste mucho, de lo único que puedo hablar es de mí. Decía que son por lo menos tres casas, que probablemente era un único terreno al principio y que con el tiempo los límites fueron cambiando. Herencia directa de Siringe, las fronteras tienen el carácter de ser dinámicas, están pero no tanto, son negociables y mutan con el tiempo. Mutan tanto que en pocos años uno puede volver y encontrar una casa totalmente distinta a la que dejó. Dos de estas casas son simétricas, construidas a modo de espejo. Viví en una de ellas hace mucho tiempo, pero no recuerdo demasiado.
La casa no quiere estarse quieta y busca siempre dónde crecer, qué habitaciones y pasillos simplificar, qué espacios dividir. Sus ramas siguen creciendo cuando ya no parece necesario que sigan, pero la necesidad no es una categoría que tenga muy en cuenta. Sigue subiendo, como el zapallo que llega a la terraza y ahí sigue horizontalmente, alargando sus sarmientos, concibiendo frutos y escondiéndolos de la vista entre sus gigantescas hojas, mostrando en cambio las flores para distraer. Lugar vedado, y con razón: casi no hay paredes que resguarden de la caída al que se asoma. Eso lo convierte en el lugar anhelado al que todos quieren ir. De chico invitaba a un amigo y subíamos juntos. Mentía mucho en esa época, ahora lo hago un poco menos. En fin, le decía que al atardecer venían unos amigos míos por los techos y jugábamos al fútbol ahí arriba. Tampoco creo que me haya creído.
Atrás hay otra huerta y también tengo que hacer cosas ahí. Dar vuelta la tierra, removiéndola y al mismo tiempo enterrando lo que queda de las plantas de la temporada pasada. Temo que sea una tarea muy tediosa pero cuando hundo la pala en la tierra se abre paso hacia abajo como si fuera agua. Esa suavidad de la tierra me llenó de alegría y, si el proceso tardó mucho, no me di cuenta, divirtiéndome con esa curiosa propiedad del suelo. Seguramente el producto de tanto trabajarla, pulirla, estar en contacto con ella. Lo que en mi casa y todos lados era rebelde acá se tornaba maleable y dócil. Tiré las semillas, así nomás. Crecerían solas, me dijeron, no había que estarles encima todo el tiempo.
La casa es ante todo dos casas. En realidad tres casas. Hay una larga parte de esta historia que no podría contar porque, en definitiva y aunque me moleste mucho, de lo único que puedo hablar es de mí. Decía que son por lo menos tres casas, que probablemente era un único terreno al principio y que con el tiempo los límites fueron cambiando. Herencia directa de Siringe, las fronteras tienen el carácter de ser dinámicas, están pero no tanto, son negociables y mutan con el tiempo. Mutan tanto que en pocos años uno puede volver y encontrar una casa totalmente distinta a la que dejó. Dos de estas casas son simétricas, construidas a modo de espejo. Viví en una de ellas hace mucho tiempo, pero no recuerdo demasiado.
La casa no quiere estarse quieta y busca siempre dónde crecer, qué habitaciones y pasillos simplificar, qué espacios dividir. Sus ramas siguen creciendo cuando ya no parece necesario que sigan, pero la necesidad no es una categoría que tenga muy en cuenta. Sigue subiendo, como el zapallo que llega a la terraza y ahí sigue horizontalmente, alargando sus sarmientos, concibiendo frutos y escondiéndolos de la vista entre sus gigantescas hojas, mostrando en cambio las flores para distraer. Lugar vedado, y con razón: casi no hay paredes que resguarden de la caída al que se asoma. Eso lo convierte en el lugar anhelado al que todos quieren ir. De chico invitaba a un amigo y subíamos juntos. Mentía mucho en esa época, ahora lo hago un poco menos. En fin, le decía que al atardecer venían unos amigos míos por los techos y jugábamos al fútbol ahí arriba. Tampoco creo que me haya creído.
Atrás hay otra huerta y también tengo que hacer cosas ahí. Dar vuelta la tierra, removiéndola y al mismo tiempo enterrando lo que queda de las plantas de la temporada pasada. Temo que sea una tarea muy tediosa pero cuando hundo la pala en la tierra se abre paso hacia abajo como si fuera agua. Esa suavidad de la tierra me llenó de alegría y, si el proceso tardó mucho, no me di cuenta, divirtiéndome con esa curiosa propiedad del suelo. Seguramente el producto de tanto trabajarla, pulirla, estar en contacto con ella. Lo que en mi casa y todos lados era rebelde acá se tornaba maleable y dócil. Tiré las semillas, así nomás. Crecerían solas, me dijeron, no había que estarles encima todo el tiempo.
16 octubre, 2010
Calles
Bajaba. No es una manera de decir ni algo referido a la numeración de las calles. Si se presta un poco de atención, hay una bajada. Volvió el verde y todas las hojas y no sé si lo prefiero pero lo recibo de buen grado porque me causa un efecto similar al de la lluvia y al del pelo largo: el follaje (sea gris, negro o verde) aumenta el volumen de la ciudad, ocupa lugares vacíos y, finalmente, oculta. El descenso es algo familiar, en todo sentido. Conozco más detalles de lo pienso. Hay espacios difíciles de notar, lugares flotando, balcones y terrazas, ventanas o puertas que dan a la nada, habitaciones escondidas. Todo eso que uno cree no ver y a lo que no podrá llegar más que con la vista, a menudo me vuelve en forma de sueños. Y entonces me despierto y no estoy tan seguro de si existe o no, pero sé dónde está y que estuve ahí. Y bajo a ver si es cierto, y sí, el lugar está ahí, imperceptible. Es un crimen secreto haberlo observado desde otra perspectiva, haberlo habitado.
Ya no digo que estas calles son mías. Hace tiempo pensaba eso, sentía que este lugar me pertenecía y, por eso, debía marcar mi territorio y pelear por un título que no existía. Entonces pintaba las paredes yermas y aburridas con colores brillantes, con imágenes que hablaban. Era algo que me hacía muy feliz. Primero limpiaba las placas radiográficas con lavandina hasta que las huellas de los huesos se borraban. Después pegaba la hoja impresa con el modelo detrás del celuloide ahora transparente y empezaba lo más difícil: cortar, siguiendo líneas y los claroscuros, armando el mapa requerido para que los diferentes pedazos se mantengan unidos, adaptando el dibujo a mis necesidades, dándole el don de la reproductibilidad. Esto lastimaba mis dedos y me dolía seguir pero una vez empezado sentía una gran ansiedad por ver el trabajo terminado y no podía parar. ¿Y cuál era el trabajo terminado? Para mí era el stencil en sí, era producto y además un motor capaz de multiplicarse a sí mismo. Todo esto tardaba unos dos días. Por las noches salíamos, menos veces y más lejos de lo que me hubiera gustado. Íbamos caminando, corríamos por un terreno que era ahora campo de juego. La oscuridad era cálida, como anaranjada, y aprendimos a hacer un uso estratégico del ruido y del silencio. Y los que me acompañaron esas primeras veces siguen estando a mi lado. Luego empezaron a sumarse algunos con los que ya no me interesaba compartir el momento. Seguí con otros y también solo, pocas veces. No es lo mismo, sin duda se necesita más de un par de manos (de una manera u otra siempre se van a pintar un poco pero el quita-esmalte es una buena solución). Y ahora no lo hago más. No por una cuestión ética sino por todo eso. No encuentro las oportunidades, me olvido, y me gusta pero ya no me interesa tanto. Mientras, las impresiones subliminales en las paredes se han borroneado pero siguen ahí todavía.
Luego pude entender de otra manera este lugar, no es que me pertenezca sino más bien que yo pertenezco a él, junto a todo eso que vive y sobrevive detrás de las esquinas, donde siempre estuve y estuvieron todos. El pueblo que renace. Y bajando voy llegando a la casa. Miro la parte superior iluminada, los balcones y vidrios estaban abiertos. El otro día traduje algo. "La amarillenta túnica era tejida por los dedos sucios de las esclavas en el antiguo taller con gran cuidado. Tú, benévola anciana, estabas junto a la brillante ventana y arreglabas los cabellos de la novia". No sé quién lo escribió. Se me vino a la cabeza de repente y me llenó de tristeza mientras estaba rodeado de tilos.
Ya no digo que estas calles son mías. Hace tiempo pensaba eso, sentía que este lugar me pertenecía y, por eso, debía marcar mi territorio y pelear por un título que no existía. Entonces pintaba las paredes yermas y aburridas con colores brillantes, con imágenes que hablaban. Era algo que me hacía muy feliz. Primero limpiaba las placas radiográficas con lavandina hasta que las huellas de los huesos se borraban. Después pegaba la hoja impresa con el modelo detrás del celuloide ahora transparente y empezaba lo más difícil: cortar, siguiendo líneas y los claroscuros, armando el mapa requerido para que los diferentes pedazos se mantengan unidos, adaptando el dibujo a mis necesidades, dándole el don de la reproductibilidad. Esto lastimaba mis dedos y me dolía seguir pero una vez empezado sentía una gran ansiedad por ver el trabajo terminado y no podía parar. ¿Y cuál era el trabajo terminado? Para mí era el stencil en sí, era producto y además un motor capaz de multiplicarse a sí mismo. Todo esto tardaba unos dos días. Por las noches salíamos, menos veces y más lejos de lo que me hubiera gustado. Íbamos caminando, corríamos por un terreno que era ahora campo de juego. La oscuridad era cálida, como anaranjada, y aprendimos a hacer un uso estratégico del ruido y del silencio. Y los que me acompañaron esas primeras veces siguen estando a mi lado. Luego empezaron a sumarse algunos con los que ya no me interesaba compartir el momento. Seguí con otros y también solo, pocas veces. No es lo mismo, sin duda se necesita más de un par de manos (de una manera u otra siempre se van a pintar un poco pero el quita-esmalte es una buena solución). Y ahora no lo hago más. No por una cuestión ética sino por todo eso. No encuentro las oportunidades, me olvido, y me gusta pero ya no me interesa tanto. Mientras, las impresiones subliminales en las paredes se han borroneado pero siguen ahí todavía.
Luego pude entender de otra manera este lugar, no es que me pertenezca sino más bien que yo pertenezco a él, junto a todo eso que vive y sobrevive detrás de las esquinas, donde siempre estuve y estuvieron todos. El pueblo que renace. Y bajando voy llegando a la casa. Miro la parte superior iluminada, los balcones y vidrios estaban abiertos. El otro día traduje algo. "La amarillenta túnica era tejida por los dedos sucios de las esclavas en el antiguo taller con gran cuidado. Tú, benévola anciana, estabas junto a la brillante ventana y arreglabas los cabellos de la novia". No sé quién lo escribió. Se me vino a la cabeza de repente y me llenó de tristeza mientras estaba rodeado de tilos.
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