Y cuando se lo leo a los demás no encuentran nada llamativo en ese pasaje. Algo debe estar mal, en mi cabeza se arma la imagen más triste. Y ahora, viendo esas ventanas, pienso en la casa, mientras entro en ella; o más bien, en una de sus partes. En la huerta del frente hay sobre todo radicheta y el trabajo es fácil: consiste en cortar las hojas, casi al ras. Parece imposible que de allí vuelva a brotar algo, pero me explican que esto es yuyo, y crece solo.
La casa es ante todo dos casas. En realidad tres casas. Hay una larga parte de esta historia que no podría contar porque, en definitiva y aunque me moleste mucho, de lo único que puedo hablar es de mí. Decía que son por lo menos tres casas, que probablemente era un único terreno al principio y que con el tiempo los límites fueron cambiando. Herencia directa de Siringe, las fronteras tienen el carácter de ser dinámicas, están pero no tanto, son negociables y mutan con el tiempo. Mutan tanto que en pocos años uno puede volver y encontrar una casa totalmente distinta a la que dejó. Dos de estas casas son simétricas, construidas a modo de espejo. Viví en una de ellas hace mucho tiempo, pero no recuerdo demasiado.
La casa no quiere estarse quieta y busca siempre dónde crecer, qué habitaciones y pasillos simplificar, qué espacios dividir. Sus ramas siguen creciendo cuando ya no parece necesario que sigan, pero la necesidad no es una categoría que tenga muy en cuenta. Sigue subiendo, como el zapallo que llega a la terraza y ahí sigue horizontalmente, alargando sus sarmientos, concibiendo frutos y escondiéndolos de la vista entre sus gigantescas hojas, mostrando en cambio las flores para distraer. Lugar vedado, y con razón: casi no hay paredes que resguarden de la caída al que se asoma. Eso lo convierte en el lugar anhelado al que todos quieren ir. De chico invitaba a un amigo y subíamos juntos. Mentía mucho en esa época, ahora lo hago un poco menos. En fin, le decía que al atardecer venían unos amigos míos por los techos y jugábamos al fútbol ahí arriba. Tampoco creo que me haya creído.
Atrás hay otra huerta y también tengo que hacer cosas ahí. Dar vuelta la tierra, removiéndola y al mismo tiempo enterrando lo que queda de las plantas de la temporada pasada. Temo que sea una tarea muy tediosa pero cuando hundo la pala en la tierra se abre paso hacia abajo como si fuera agua. Esa suavidad de la tierra me llenó de alegría y, si el proceso tardó mucho, no me di cuenta, divirtiéndome con esa curiosa propiedad del suelo. Seguramente el producto de tanto trabajarla, pulirla, estar en contacto con ella. Lo que en mi casa y todos lados era rebelde acá se tornaba maleable y dócil. Tiré las semillas, así nomás. Crecerían solas, me dijeron, no había que estarles encima todo el tiempo.
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