Del último sí puedo hablar. Hay una mayor cercanía física y temporal. Y también hay mucho que decir de él. Pero entonces siento como que no debo, como que no es a mí a quien corresponde contar su historia. O no es todavía momento de contarla. Le falta algo, le falta todo, no es que recién empiece pero sin duda quedan muchos meandros por delante.
Lo recuerdo, aunque imperfectamente. Pero lo escribí, en algún lado debe estar. ¿Cuándo habrá sido? Primero pienso en el 2008, pero no, no puede ser. Parece que fue hace mucho tiempo, pero sólo pasaron dos años. No, tiene que ser antes. Y el 2007 no está escrito así que debería estar en el 2006, con aquellas hojas cuadriculadas, caligrafía gigantesca y adicta a la birome negra, una jerga y modismos y muletillas que me molestan, así como modos de pensar con los que no estoy conforme. Y por otro lado, ¿cuánto más sincera es esa escritura?
No digo demasiado. En realidad casi lo único útil es la fecha. Lo escribí el veintinueve de mayo. Estaba a punto de cumplir diecisiete años, estaba escuchando a los Sex Pistols y leía Otelo. Ese año había descubierto los pequeños libros negros del Centro Editor de Cultura y no era -todavía- muy quisquilloso con las buenas y malas traducciones. La más barata estaba bien. Con la Ilíada empecé a desconfiar y ahora sólo compro los que son originalmente castellanos, donde el riesgo es mínimo. Arlt, Quiroga, García Lorca.
Concretamente, puse que era sábado, que lo conocí y que me cayó bien. Nada más. Rápidamente paso a explicar que ese sábado fui a lo de un amigo, que cocinamos algunas cosas para vender en una feria y que uno de esos días, en la escuela, me agarró un dolor en el pecho y vino mi abuelo a buscarme. Y ya nuevamente es sábado y vamos a visitarlo a su casa y el domingo él viene a visitarnos a nosotros. Pero sólo eso, la descripción del momento. Ni impresiones ni anécdotas ni especificaciones. El relato lo deja en el aire y va a cosas más importantes: había una televisión en desuso y yo la traje a mi cuarto, donde estuvo hasta más de un año después, cuando decidí sacarla para hacer lugar. Nada de él.
Pero sí, me acuerdo de que nos abrieron la puerta y pasamos al fondo, al jardín. Y ahí estaba, sentado, mirándonos. Era extraño. Él era simplemente un personaje en un par de historias que nos contaron, pertenecía al terreno de la ficción. De hecho, a partir de ese momento empecé a asociarlo a muchos personajes de libros que leía: me fue especialmente inevitable concebirlo como una mezcla de Leo Naphta y Mynheer Peeperkorn, ambos personajes de La montaña mágica. Del primero veía en él su solidez e intransigencia en los modos de pensar, y además sus vidas personales eran bastante análogas. De Peeperkorn tenía esa construcción de su personalidad que me creaba una gran incertidumbre y me daban ganas de indagar el cómo de esa construcción, el por qué, sumiéndome en infinitas hipótesis, intentando dibujar alguna especie de mapa. Me acuerdo de estos dos personajes porque era la novela que estaba leyendo entonces, pero hubo muchos más. No me canso de pensarlo: tenía rasgos terriblemente literarios. Y sin embargo ahí estaba, el verbo se había hecho carne y habitaba entre nosotros. Y en efecto, como dije, una semana después lo volvimos a ver y poco a poco se fue haciendo parte de nuestra cotidianidad.
Había como algo que no alcanzaba a ver. No se parecía a ninguno de nosotros, pero al mismo tiempo sentía que teníamos algo en común. Fue muy raro para mí, encontrarlo. Era un tipo de persona que yo nunca había frecuentado antes. Entonces empecé a pensar que había cosas acerca de nosotros que no las conocemos y cosas que creíamos conocer que podían y debían ser sospechadas e interrogadas. Su historia es tal vez otra historia abierta y por lo tanto es casi erróneo decir que es suya.
Después de eso, hay idas y venidas, es inevitable. Luego un gran silencio. Luego una aproximación. ¿Verdadera?¿Ilusoria? No sé. Y luego otra vez silencio, e incertidumbre.
27 noviembre, 2010
12 noviembre, 2010
Descenso y apoteosis
Cuando quise hablar acerca de él, a mediados de año, decidí hacerlo desde la primera persona, tratando de ser lo más fiel a un relato que me contaron sobre él, del que no fui testigo ya que, al fin y al cabo, nunca llegué a conocerlo personalmente.
También, cuando decidí contar esta historia, sabía muy poco del principio, de la razón por la que debieron abandonar su país y venir a esta ciudad, junto con tantas otras personas. Sabía que había habido una guerra pero muy poco sabía de ella. Me decían que era una guerra fratricida pero ¿qué guerra no lo es? Ahora entiendo un poco mejor las circunstancias, los bandos, pero se me sigue escapando una gran gama de matices donde se confunde lo revolucionario con lo restauratario, lo viejo y lo nuevo, y encuentro que los mismos protagonistas deambulan y titubean ante estos polos. ¿Qué camino seguir?¿Cómo saber en qué terminará, a dónde conducirán esos caminos?
Pero a la historia nacional se le suma la historia de un pueblo que ha estado siempre ahí, de una lengua que ha estado siempre ahí, y que nadie sabe exactamente de dónde salió, postulando algunos su origen independiente en el pasado remoto, anterior o lejano a los grandes imperios y civilizaciones, al margen occidental. Es difícil decir cuánto de esa cultura seguía formando parte de ese pueblo, por entonces. Los rasgos, que ya habían sido afectados y habían devenido por la influencia del tiempo y del contacto e invasiones de otras sociedades, pasaron a formar parte de lo prohibido y se los trató de diluir en un crisol de donde no se esperaba que salgan. También es difícil decir si en realidad pertenecemos a esa cultura, o qué tanto pertenecemos a esa cultura, pero sobre eso hablaré más adelante.
Lo cierto es que, si bien la guerra marca y condiciona la vida de las personas, el tercero no tuvo tiempo de ocuparse más que de eso. La guerra fue para él un factor externo que incidía en su vida en muchos aspectos; y de todas maneras, no supo bien si la culpa era de la guerra o si la vida -toda vida- se suponía que debía ser así.
Yo soy de los que piensan que todos pensamos lo mismo en el fondo, pero que algunos llegan a darse cuenta y otros mueren antes. Creo que el tercero es de los que llegaron a darse cuenta.
El principio, entonces, se pierde un poco entre los viajes y la memoria y la falta de testimonios u oportunidades (o cojones, diría él, y por ahí es la razón central). Pero me es un poco más fácil hablar del final ya que, a pesar de que tampoco estuve presente, fue mucho más reciente, tanto los hechos como los relatos.
Fue mi papá quién se enteró de su actual paradero: el hospital. Después de años y años de ir de un lugar a otro, de una casa a otra, de una mujer a otra, acabó ahí, esta vez para quedarse. Un hijo de puta, que se había cagado en su familia más de un par de veces. Habíamos perdido su rastro hacía mucho tiempo. A decir verdad, nadie de nosotros lo buscaba ni esperaba encontrarlo, se había convertido en nada más que un puñado de historias que contar, lo que la mayoría de nosotros somos, en definitiva. Cuando todo esto sucedió no pude evitar acordarme de uno de esos relatos.
Mi papá lo había ido a visitar. Así como él iba y venía, así también su fortuna hacía lo mismo: había temporadas en que le llovía dinero, era dueño de negocios y restaurantes, se codeaba con los ricos y poderosos, y tiempos en los que -literalmente- se cagaba de hambre. Y en momento de abundancia fue cuando lo fue a visitar mi papá, subiendo en el ascensor una decena de pisos para llegar frente a la puerta. Golpeó y se alejó un poco, adoptando una postura despreocupada, pero pasaron unos minutos y nadie abrió. Volvió a alzar la mano y al instante se fue para atrás la puerta, mostrando el rostro de su tío en el lugar a donde iba el golpe. No tuvo tiempo para ver el desorden y suciedad que habían invadido el departamento, detrás.
- ¿Por dónde subiste?
- Por el ascensor...
- ¿Había alguien abajo?
No entendía a qué iba todo esto, pero sí, en realidad sí había visto a un par de tipos en planta baja, hablando con el portero. Pararon de hablar en cuanto él pasó a su lado, y siguieron luego de observar cómo se alejaba hacia el ascensor. Se lo dijo.
- Nos vamos
Atrás, ya habían llamado al ascensor desde otro piso, así que se arrojaron hacia las escaleras, con el mayor silencio que pudieron lograr. En planta baja se encontraron al portero.
- Estaban preguntando por usted, dos personas...
- Bueno, gracias.
Siguieron de largo, buscaron el auto y se fueron. Después de ese episodio, tuvo que vivir bastante tiempo escondido y cambiando de lugares. No sé cómo se resolvió, tal vez no se haya resuelto, pero me gustaba porque era exageradamente novelesco y por la forma en que mi papá había sido arrancado de su vida normal y metido a los empujones en ese microcosmos ficcional.
Ahora pasaba algo parecido. Cuando entró en la habitación del hospital, él estaba asomado en la ventana, e hizo un gesto rápido con las manos: seguía fumando a escondidas. Cuando se dio vuelta y vio a mi papá, puso cara de pocos amigos.
- Si hubiera sabido que eras vos no tiraba el cigarrillo.
Lo miró, sin responder.
- Bueno ya está, mirá ahora, cómo cambiaste, se te nota la edad ya...
No había mucho más que decirse, el tiempo abre abismos entre las personas. Pero mi papá quería preguntarle algo, para entenderlo mejor. Yo pienso que con eso buscaba entender no solo al tercero sino a toda la familia, para atrás y para adelante.
- Che...¿por qué viviste así?
- ¿Así cómo?
- Así... cagándote en todos, metiéndote en cosas jodidas, como cuando hacías enojar a todos hace mucho tiempo, cuando nos reuníamos todos. Parecía que lo disfrutabas, que todos se peleen entre sí.
Lo miraba gravemente, pero él prefirió mirar para otro lado. No le importaba responder, pero algo le hizo cambiar de opinión. Aún me sigue sorprendiendo que haya respondido.
- Mirá, no le des muchas vueltas. No sé si hay una respuesta exacta, pero te voy a decir lo que estoy pensando ahora, que por ahí no tiene nada que ver pero que me parece una verdad universal hoy y ahora. Todos huyen. De una forma u otra, todos huyen todo el tiempo. Ya no sé de qué, me lo pregunté muchas veces y ya no puedo decirlo. Trabajar y ganar dinero, dedicar tu vida a viajar, o al cine, o a la literatura, todas son solamente diferentes formas de huir. Pero escuchame bien. Nunca van a tener éxito. Nunca.
¿Qué clase de explicación era esa? Bueno, la única que llegó a dar. No dijo nada más demasiado importante. Su situación se fue complicando más y más y no tardó mucho en morir. Mi papá se encargó un poco del entierro y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. No aparecieron sus hijos, ni amigos, ni socios, ni conocidos, nadie. En fin, tampoco le hubiera importado demasiado, probablemente se habría reído de ese enojo infantil que todos sentían hacia él.
Después de eso, las menciones al tercero se fueron haciendo más escasas hasta que, hoy en día, es muy raro que hablemos de él.
También, cuando decidí contar esta historia, sabía muy poco del principio, de la razón por la que debieron abandonar su país y venir a esta ciudad, junto con tantas otras personas. Sabía que había habido una guerra pero muy poco sabía de ella. Me decían que era una guerra fratricida pero ¿qué guerra no lo es? Ahora entiendo un poco mejor las circunstancias, los bandos, pero se me sigue escapando una gran gama de matices donde se confunde lo revolucionario con lo restauratario, lo viejo y lo nuevo, y encuentro que los mismos protagonistas deambulan y titubean ante estos polos. ¿Qué camino seguir?¿Cómo saber en qué terminará, a dónde conducirán esos caminos?
Pero a la historia nacional se le suma la historia de un pueblo que ha estado siempre ahí, de una lengua que ha estado siempre ahí, y que nadie sabe exactamente de dónde salió, postulando algunos su origen independiente en el pasado remoto, anterior o lejano a los grandes imperios y civilizaciones, al margen occidental. Es difícil decir cuánto de esa cultura seguía formando parte de ese pueblo, por entonces. Los rasgos, que ya habían sido afectados y habían devenido por la influencia del tiempo y del contacto e invasiones de otras sociedades, pasaron a formar parte de lo prohibido y se los trató de diluir en un crisol de donde no se esperaba que salgan. También es difícil decir si en realidad pertenecemos a esa cultura, o qué tanto pertenecemos a esa cultura, pero sobre eso hablaré más adelante.
Lo cierto es que, si bien la guerra marca y condiciona la vida de las personas, el tercero no tuvo tiempo de ocuparse más que de eso. La guerra fue para él un factor externo que incidía en su vida en muchos aspectos; y de todas maneras, no supo bien si la culpa era de la guerra o si la vida -toda vida- se suponía que debía ser así.
Yo soy de los que piensan que todos pensamos lo mismo en el fondo, pero que algunos llegan a darse cuenta y otros mueren antes. Creo que el tercero es de los que llegaron a darse cuenta.
El principio, entonces, se pierde un poco entre los viajes y la memoria y la falta de testimonios u oportunidades (o cojones, diría él, y por ahí es la razón central). Pero me es un poco más fácil hablar del final ya que, a pesar de que tampoco estuve presente, fue mucho más reciente, tanto los hechos como los relatos.
Fue mi papá quién se enteró de su actual paradero: el hospital. Después de años y años de ir de un lugar a otro, de una casa a otra, de una mujer a otra, acabó ahí, esta vez para quedarse. Un hijo de puta, que se había cagado en su familia más de un par de veces. Habíamos perdido su rastro hacía mucho tiempo. A decir verdad, nadie de nosotros lo buscaba ni esperaba encontrarlo, se había convertido en nada más que un puñado de historias que contar, lo que la mayoría de nosotros somos, en definitiva. Cuando todo esto sucedió no pude evitar acordarme de uno de esos relatos.
Mi papá lo había ido a visitar. Así como él iba y venía, así también su fortuna hacía lo mismo: había temporadas en que le llovía dinero, era dueño de negocios y restaurantes, se codeaba con los ricos y poderosos, y tiempos en los que -literalmente- se cagaba de hambre. Y en momento de abundancia fue cuando lo fue a visitar mi papá, subiendo en el ascensor una decena de pisos para llegar frente a la puerta. Golpeó y se alejó un poco, adoptando una postura despreocupada, pero pasaron unos minutos y nadie abrió. Volvió a alzar la mano y al instante se fue para atrás la puerta, mostrando el rostro de su tío en el lugar a donde iba el golpe. No tuvo tiempo para ver el desorden y suciedad que habían invadido el departamento, detrás.
- ¿Por dónde subiste?
- Por el ascensor...
- ¿Había alguien abajo?
No entendía a qué iba todo esto, pero sí, en realidad sí había visto a un par de tipos en planta baja, hablando con el portero. Pararon de hablar en cuanto él pasó a su lado, y siguieron luego de observar cómo se alejaba hacia el ascensor. Se lo dijo.
- Nos vamos
Atrás, ya habían llamado al ascensor desde otro piso, así que se arrojaron hacia las escaleras, con el mayor silencio que pudieron lograr. En planta baja se encontraron al portero.
- Estaban preguntando por usted, dos personas...
- Bueno, gracias.
Siguieron de largo, buscaron el auto y se fueron. Después de ese episodio, tuvo que vivir bastante tiempo escondido y cambiando de lugares. No sé cómo se resolvió, tal vez no se haya resuelto, pero me gustaba porque era exageradamente novelesco y por la forma en que mi papá había sido arrancado de su vida normal y metido a los empujones en ese microcosmos ficcional.
Ahora pasaba algo parecido. Cuando entró en la habitación del hospital, él estaba asomado en la ventana, e hizo un gesto rápido con las manos: seguía fumando a escondidas. Cuando se dio vuelta y vio a mi papá, puso cara de pocos amigos.
- Si hubiera sabido que eras vos no tiraba el cigarrillo.
Lo miró, sin responder.
- Bueno ya está, mirá ahora, cómo cambiaste, se te nota la edad ya...
No había mucho más que decirse, el tiempo abre abismos entre las personas. Pero mi papá quería preguntarle algo, para entenderlo mejor. Yo pienso que con eso buscaba entender no solo al tercero sino a toda la familia, para atrás y para adelante.
- Che...¿por qué viviste así?
- ¿Así cómo?
- Así... cagándote en todos, metiéndote en cosas jodidas, como cuando hacías enojar a todos hace mucho tiempo, cuando nos reuníamos todos. Parecía que lo disfrutabas, que todos se peleen entre sí.
Lo miraba gravemente, pero él prefirió mirar para otro lado. No le importaba responder, pero algo le hizo cambiar de opinión. Aún me sigue sorprendiendo que haya respondido.
- Mirá, no le des muchas vueltas. No sé si hay una respuesta exacta, pero te voy a decir lo que estoy pensando ahora, que por ahí no tiene nada que ver pero que me parece una verdad universal hoy y ahora. Todos huyen. De una forma u otra, todos huyen todo el tiempo. Ya no sé de qué, me lo pregunté muchas veces y ya no puedo decirlo. Trabajar y ganar dinero, dedicar tu vida a viajar, o al cine, o a la literatura, todas son solamente diferentes formas de huir. Pero escuchame bien. Nunca van a tener éxito. Nunca.
¿Qué clase de explicación era esa? Bueno, la única que llegó a dar. No dijo nada más demasiado importante. Su situación se fue complicando más y más y no tardó mucho en morir. Mi papá se encargó un poco del entierro y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. No aparecieron sus hijos, ni amigos, ni socios, ni conocidos, nadie. En fin, tampoco le hubiera importado demasiado, probablemente se habría reído de ese enojo infantil que todos sentían hacia él.
Después de eso, las menciones al tercero se fueron haciendo más escasas hasta que, hoy en día, es muy raro que hablemos de él.
02 noviembre, 2010
Un año junto al viejo
Empieza a hablarme inesperadamente, sin que yo lo pida. Ah... ¿qué extraño paraíso sueña el viejo, ahora? Camina por calles de una ciudad, dice, y no sabe si estos recuerdos vienen de impresiones subliminales de vidas pasadas o de tanto darle vueltas a la idea durante años y años. Pero lo cierto es que camina por calles de una ciudad y todo se me aparece a mí como a través de un velo o borroneado por una niebla vacía. Es un extraño cruce entre una ciudad antigua de oriente y un centro turístico de más acá, quizás ambas cosas a la vez. Su relato me hace pensar en una ocupación, un período posterior a la guerra en el que los ocupantes disponen del terreno ganado a su antojo, marcando profundamente la geografía del lugar. Las casas de estilo europeo se mezclan entre las de estilo oriental, me dice, y lo mismo con la gente: vestidos y levitas y túnicas de colores claros. Camina por las calles llevándose por delante a estas personas, vislumbrándolas por sobre el hombro, avanzando y buscando algo que cree que está al final de la calle. Tropieza con algo y se percata de la cantidad de gente sentada en el suelo, apoyadas contra la pared y con las piernas y manos estiradas, con éstas ha tropezado. La visión de los mendigos impresiona su frágil corazón: le muestran sus heridas y deformidades y él prefiere no mirar y seguir adelante. No dista mucho más. Allá lo ve, al templo. Tarda un tiempo en subir las escaleras y es un gran esfuerzo para él, pero lo consigue. Es muy importante entrar, ha esperado esto toda su vida. Atraviesa el umbral y la claridad queda afuera. Lo divino y lo pagano ha caído allí y se ha hecho uno. Las figuras de los dioses son sublimes y, a veces, eróticas, dice, alejadas del buen gusto, dice que dicen, y se acomodan en los rincones mientras el viejo avanza por el pasillo central del templo, hacia la imagen final, el o la o lo ídolo que está esperando sentado sobre el suelo del templo, que se empieza a nublar más y se lleva al templo mismo consigo, a las imágenes y a todas las gentes y las casas y lo deja solo en la nada por un instante de terrible desesperación.
La toma fue para mí un tiempo indefinible, como asistemático. Entonces me dediqué a leer, revisar papeles y ver cómo el mundo progresaba mientras yo me había salido (mucho más de lo normal) de esa rueda sin fin. Al volver, realmente esperaba no encontrarlo ahí, que se pierda, que se pierda entre el desorden y el caos de la toma y que opte por abandonar. Pero no, ahí estaba hablándome, como la primera vez, sin que yo se lo pida. Traté de impedirlo, entonces, pero no funcionó. Siempre me siento al fondo, pero como era un aula chica, el fondo era la segunda fila. Él entró con pinta de profesor, pero se sentó adelante mío. Y empezó a hablar con todos, con todos y cada uno, hasta que se dio vuelta para mirarme. Aquí, el no hacer contacto visual es esencial. Bajé la vista, saqué un libro, hice que buscaba algo, miré los carteles de las paredes, miré las paredes, revisé la hora, miré al pizarrón, me di cuenta de que no me fijé realmente qué hora era, miré otra vez, no podía creerlo, ¿cuánto pasó ya?¿un minuto entero?, en algún momento tiene que dejar de mirarme, se tiene que dar vuelta, pero ese momento podría no llegar más, ¿voy a estar acá con la cabeza baja los próximos veinte minutos, todas las clases del año que sigue y que recién empieza? Cuando ya me agarra una claustrofobia situacional, el viejo desiste y se da la vuelta, pero esta primera batalla ganada no significó nada, porque la clase siguiente me hizo una pregunta directa, un ataque ineludible. Después de eso, es fácil continuar el camino del diálogo unilateral.
Y en todo este tiempo aprendimos muchas cosas: sus múltiples profesiones, sus estudios y metas, sus intenciones. Y otras cosas más del carácter personal como la composición de su familia, sus opiniones políticas y sociales, el profundo amor que siente por el conocimiento, aquella, oh, fuente inagotable de satisfacciones, y por supuesto su profundo desprecio por la ignorancia y la idiotez de la gente. El acopio de saberes, hasta el hartazgo, hasta el dolor de cabeza, hasta el no saber ya más nada. El resto son delirios, sospechas y esoterismo. No decentes ni siquiera para ser vistos.
Pero finalmente termina uno por acostumbrarse, tanto que su ausencia en la clase tiene algo de vaciedad. Ahora despierta de su profundo sueño y me lo cuenta. Creo que busca la manera de volver ahí, creo que quiere vivir en los sueños y soñar la realidad, subir a la montaña mágica para no bajar más. Y yo... no sé qué hacer. Hasta cierto punto lo entiendo y no sé si siento lástima por él o por mí. ¿A dónde conduce el camino que toma?
Tal vez a la nada.
¿A dónde lleva el otro camino?
Tal vez al mismo lugar.
La toma fue para mí un tiempo indefinible, como asistemático. Entonces me dediqué a leer, revisar papeles y ver cómo el mundo progresaba mientras yo me había salido (mucho más de lo normal) de esa rueda sin fin. Al volver, realmente esperaba no encontrarlo ahí, que se pierda, que se pierda entre el desorden y el caos de la toma y que opte por abandonar. Pero no, ahí estaba hablándome, como la primera vez, sin que yo se lo pida. Traté de impedirlo, entonces, pero no funcionó. Siempre me siento al fondo, pero como era un aula chica, el fondo era la segunda fila. Él entró con pinta de profesor, pero se sentó adelante mío. Y empezó a hablar con todos, con todos y cada uno, hasta que se dio vuelta para mirarme. Aquí, el no hacer contacto visual es esencial. Bajé la vista, saqué un libro, hice que buscaba algo, miré los carteles de las paredes, miré las paredes, revisé la hora, miré al pizarrón, me di cuenta de que no me fijé realmente qué hora era, miré otra vez, no podía creerlo, ¿cuánto pasó ya?¿un minuto entero?, en algún momento tiene que dejar de mirarme, se tiene que dar vuelta, pero ese momento podría no llegar más, ¿voy a estar acá con la cabeza baja los próximos veinte minutos, todas las clases del año que sigue y que recién empieza? Cuando ya me agarra una claustrofobia situacional, el viejo desiste y se da la vuelta, pero esta primera batalla ganada no significó nada, porque la clase siguiente me hizo una pregunta directa, un ataque ineludible. Después de eso, es fácil continuar el camino del diálogo unilateral.
Y en todo este tiempo aprendimos muchas cosas: sus múltiples profesiones, sus estudios y metas, sus intenciones. Y otras cosas más del carácter personal como la composición de su familia, sus opiniones políticas y sociales, el profundo amor que siente por el conocimiento, aquella, oh, fuente inagotable de satisfacciones, y por supuesto su profundo desprecio por la ignorancia y la idiotez de la gente. El acopio de saberes, hasta el hartazgo, hasta el dolor de cabeza, hasta el no saber ya más nada. El resto son delirios, sospechas y esoterismo. No decentes ni siquiera para ser vistos.
Pero finalmente termina uno por acostumbrarse, tanto que su ausencia en la clase tiene algo de vaciedad. Ahora despierta de su profundo sueño y me lo cuenta. Creo que busca la manera de volver ahí, creo que quiere vivir en los sueños y soñar la realidad, subir a la montaña mágica para no bajar más. Y yo... no sé qué hacer. Hasta cierto punto lo entiendo y no sé si siento lástima por él o por mí. ¿A dónde conduce el camino que toma?
Tal vez a la nada.
¿A dónde lleva el otro camino?
Tal vez al mismo lugar.
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