¿Por qué no escribí esto antes? Mi único rol era el de la tercera persona, esta ciudad no me importaba, la ciudad vacía, que demanda nuevas reglas, que se va borroneando gradualmente. Los nombres y los apellidos eran muy comunes, como vuelos de pájaros. ¿Qué buscaba? Una y otra y otra vez... un bosque, una calle más desierta, un barco a la deriva... La calle no tenía salida pero estaba bien, es justamente la escritura la expresión de este movimiento, es hora de dar la vuelta y volver a casa. Me fui caminando, empiezo a sentir que estoy volviendo. Cada cinco minutos miraba para atrás y el panorama era completamente diferente, un trabajo de movimiento circular, seguramente, y todo se fue para otro lado. Buscaban un acorde en la ciudad, con intenciones de comprar un libro y cuerdas de guitarra. ¿En busca de qué? Dejar atrás el gusto amargo. El mes que viene, seguramente, todo quede atrás, todo va disolviéndose, pero siempre está el margen. Es un callejón sin salida. Es el que te representa mejor. Es siempre más fluido. Es lo que te está haciendo mierda. No sé quién lo escribió, hay una larga parte de esta historia que no podría contar. No lo consigo, no tengo ganas. Entonces me dediqué a leer y todo eso, porque la realidad era que no había nadie más. Y luego otra vez silencio, resuena la caducidad de todas las cosas, la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Seguiría hasta el fin del mundo, hasta el otro océano. Es un camino de ida. Empezó...
Todo aparece otra vez, nada empieza realmente. Nada termina. Parecería que sí, que sigue un esquema pensado de antemano.
Pero por suerte las cosas ya no necesitan ser tan redondas ni perfectas. Sí, es verdad que pasó un año, pero no un año entero; y sí, es verdad que justo, justo ahora está a punto de largarse a llover, se escuchan truenos que hacen temblar las puertas y todo eso, pero no es tan raro que llueva, tampoco.
No.
Afortunadamente está "Her Majesty", que viene a romper un poco con esa cosa tan seria y solemne y sagrada que supone un final, y parece que nos está diciendo Bueno, está bien. No es para tanto. Sí, las cosas se fueron un poco a la mierda y, sí, esto es el fin, pero no nos tomen tan en serio, no sean tan trágicos. Afortunadamente Ulises es muchas cosas, pero es ante todo una historia incompleta. Y si Dante viene a contarnos su muerte, bueno, eso más que cerrar su historia la abre al dominio de todos nosotros, que si Dante puede entonces nosotros también podemos -y pudimos- continuar el relato a nuestra manera. Afortunadamente, al estrepitoso regreso a casa, marchando por el mismo medio de la calle, con bombos y platillos, luego de un viaje en el que parece no haber pasado nada... a ese regreso le sigue el recuerdo de una mujer, de una chica, de su voz, de sus ojos, de su rostro, de su todo. Excepto el nombre. Pero eso es un engaño, porque el nombre en el diario está, sólo que ha sido borrado, intencionalmente.
Afortunadamente, cada una de estas historias es muchas cosas, pero es ante todo una historia incompleta, tan sólo un esqueleto o un tronco que seguirá creciendo, si no para arriba, para los costados, para adentro. El tatuaje del ouroboros es infértil: no hay una serpiente mordiéndose la cola, formando un círculo, porque la serpiente tiene tres colas o tres cabezas, y es como la Hydra, porque si se llegara a morder una cola o una cabeza, crecerían dos o tres más en su lugar.
30 diciembre, 2010
Comienzo
Y de eso que era el desierto empezaron a salir cosas. Ignorando el eje, haciendo caso omiso de las dimensiones establecidas, todo empezó a funcionar. ¿Quedó o no quedó atrás? Esa zona que no tenía apuro en quedar atrás. No hace falta abandonar algo para ir a otra cosa, ambos están adentro. Empezó lo que venía postergando, la hilvanación, la costura de las partes, exponiendo también las partes internas, la contraparte, los lados B.
Encontraremos un punto de fuga. Y de lo que parece infranqueable, cerrado, huiremos. Nos buscarán por todos lados pero nunca seremos encontrados. Escaparemos. Al mar, al desierto. ¿Cómo superar un final, cualquier final?
Encontraremos un punto de fuga. Y de lo que parece infranqueable, cerrado, huiremos. Nos buscarán por todos lados pero nunca seremos encontrados. Escaparemos. Al mar, al desierto. ¿Cómo superar un final, cualquier final?
27 diciembre, 2010
El desierto
De vez en cuando todas las cosas cambian a mi alrededor, corro los muebles, los espacios adquieren una nueva función y dejo de ser alguien que lee y mira y me convierto en algo que más bien rompe y cree estar haciendo algo, quiere creer. No sé si hay un motivo. ¡Que el que pueda entender que entienda!
Va todo sobre el suelo, tierra o madera, da igual. Es plano. Hay como una especie de estancamiento. No sé qué pasó, al menos eso parece desde esta perspectiva. Pero sin problemas podría ser un falso estancamiento. Por ahí la zona es así. Todo venía demasiado rápido y los detalles fueron surgiendo a medida que ganaba lentitud. No aguanté más estar quieto, así que empezó el viaje. Me rapé la cabeza pero me dejé crecer la barba. A veces algunos me acompañan, otras veces estoy solo. Si me acompañan, estamos los dos solos, no es momento de estar acompañado. Pero capaz que los otros ni siquiera se dieron cuenta de dónde se metieron, y tal vez no lo hagan nunca.
En el desierto hay dos animales que pelean. Uno es un gallo, dorado, no sé cómo llegó ahí. En algunas culturas el gallo o los pájaros en general son enviados de los dioses, mensajeros, cadetes. El otro es una serpiente. Conté cada una de sus escamas: son mil quinientos ochenta y cuatro. Las conozco como si las hubiera dibujado. En algunas culturas, las serpientes son símbolo de muerte pero también de inmortalidad. La serpiente y el gallo se están peleando, tienen para rato. No sé qué se debaten pero debe tener algo que ver con lo anterior, los dioses, la inmortalidad. Están en el medio del círculo y todo parece ser circular acá.
La música del desierto requiere de un humor especial: éste. Es un camino de ida aunque se corre el riesgo también de no llegar a ningún lado. Es circular, en tanto que da círculos sobre sí misma, y se pierde, y se marea. A veces pareciera encontrar un camino que la lleve lejos del desierto, pero vuelve a girar. La luz es tan fuerte que da calor. Se acercan las tres de la mañana. El ambiente está cargado de humo, humedad o algo que sofoca, algo que rodea y es asfixiante, es claustrofóbico al tacto, al oído y al olfato. Por mi nariz pasaron alcohol, lavandina, tinta, pintura, acetona y cigarrillo. Es un mundo que creé yo, moviendo los muebles, recortando cosas, tocando la música del desierto. Ya me duelen los dedos, aún no se llenaron de callos y ampollas pero no creo que tarde. Los pedazos se hacen más chicos y al final se vuelven polvo y se meten en todos lados, en los libros, en el espacio que hay entre los dedos, en la planta de los pies, a partir de donde son llevados a otra parte de la casa. Y la noche avanza pero es siempre de día. Afuera pareció que llovía pero no es tan importante porque en realidad estamos en un desierto. Ahí en el medio hay algo. ¡Es una trampa! Lo sé. Me río. Todo es una trampa. Parece que de ahí viene la música. Un tipo sale, primero es un borrón negro y luego se acerca y me habla, no entiendo lo que dice. Las colas de zorro sirven para prender fuego, pero ¡cuidado! que prenden muy rápido, podés prenderte vos fuego, porque no se prenden es como que explotan en realidad. Vení, vení.
- Mentira, una vez lo hice, de chico. No explotan, se prenden fuego rápido pero no dura nada, porque es muy inflamable pero no es mucho y todo lo que en él hay de combustible combustiona demasiado rápido.
Vení, vamos. Están adentro, todos listos. Van a empezar.
- ¿Recién ahora?
Ya es la segunda vuelta. Empezaron sin vos, pero estás a tiempo todavía.
- La segunda...
Vamos, no hagas tanto drama, la primera es siempre de ensayo, ahora viene lo bueno. Vamos, que todos tienen ganas de verte. Qué bueno que pudiste encontrar el camino, pensábamos que te ibas a perder y tardabas tanto que nos íbamos a quedar dormidos, pero en vez de eso empezamos y justo llegaste, te vimos de lejos.
Vení...
Lo sigo adentro. El ruido me golpea en la cara y sigue de largo hacia el exterior, libre y listo para correr kilómetros antes de debilitarse definitivamente. Cuando estoy cerrando la puerta veo la luna, que es lo único que se puede ver. No sabría decir qué color tiene, pero no alcanza a iluminar nada. Y sigue pareciendo de día.
Va todo sobre el suelo, tierra o madera, da igual. Es plano. Hay como una especie de estancamiento. No sé qué pasó, al menos eso parece desde esta perspectiva. Pero sin problemas podría ser un falso estancamiento. Por ahí la zona es así. Todo venía demasiado rápido y los detalles fueron surgiendo a medida que ganaba lentitud. No aguanté más estar quieto, así que empezó el viaje. Me rapé la cabeza pero me dejé crecer la barba. A veces algunos me acompañan, otras veces estoy solo. Si me acompañan, estamos los dos solos, no es momento de estar acompañado. Pero capaz que los otros ni siquiera se dieron cuenta de dónde se metieron, y tal vez no lo hagan nunca.
En el desierto hay dos animales que pelean. Uno es un gallo, dorado, no sé cómo llegó ahí. En algunas culturas el gallo o los pájaros en general son enviados de los dioses, mensajeros, cadetes. El otro es una serpiente. Conté cada una de sus escamas: son mil quinientos ochenta y cuatro. Las conozco como si las hubiera dibujado. En algunas culturas, las serpientes son símbolo de muerte pero también de inmortalidad. La serpiente y el gallo se están peleando, tienen para rato. No sé qué se debaten pero debe tener algo que ver con lo anterior, los dioses, la inmortalidad. Están en el medio del círculo y todo parece ser circular acá.
La música del desierto requiere de un humor especial: éste. Es un camino de ida aunque se corre el riesgo también de no llegar a ningún lado. Es circular, en tanto que da círculos sobre sí misma, y se pierde, y se marea. A veces pareciera encontrar un camino que la lleve lejos del desierto, pero vuelve a girar. La luz es tan fuerte que da calor. Se acercan las tres de la mañana. El ambiente está cargado de humo, humedad o algo que sofoca, algo que rodea y es asfixiante, es claustrofóbico al tacto, al oído y al olfato. Por mi nariz pasaron alcohol, lavandina, tinta, pintura, acetona y cigarrillo. Es un mundo que creé yo, moviendo los muebles, recortando cosas, tocando la música del desierto. Ya me duelen los dedos, aún no se llenaron de callos y ampollas pero no creo que tarde. Los pedazos se hacen más chicos y al final se vuelven polvo y se meten en todos lados, en los libros, en el espacio que hay entre los dedos, en la planta de los pies, a partir de donde son llevados a otra parte de la casa. Y la noche avanza pero es siempre de día. Afuera pareció que llovía pero no es tan importante porque en realidad estamos en un desierto. Ahí en el medio hay algo. ¡Es una trampa! Lo sé. Me río. Todo es una trampa. Parece que de ahí viene la música. Un tipo sale, primero es un borrón negro y luego se acerca y me habla, no entiendo lo que dice. Las colas de zorro sirven para prender fuego, pero ¡cuidado! que prenden muy rápido, podés prenderte vos fuego, porque no se prenden es como que explotan en realidad. Vení, vení.
- Mentira, una vez lo hice, de chico. No explotan, se prenden fuego rápido pero no dura nada, porque es muy inflamable pero no es mucho y todo lo que en él hay de combustible combustiona demasiado rápido.
Vení, vamos. Están adentro, todos listos. Van a empezar.
- ¿Recién ahora?
Ya es la segunda vuelta. Empezaron sin vos, pero estás a tiempo todavía.
- La segunda...
Vamos, no hagas tanto drama, la primera es siempre de ensayo, ahora viene lo bueno. Vamos, que todos tienen ganas de verte. Qué bueno que pudiste encontrar el camino, pensábamos que te ibas a perder y tardabas tanto que nos íbamos a quedar dormidos, pero en vez de eso empezamos y justo llegaste, te vimos de lejos.
Vení...
Lo sigo adentro. El ruido me golpea en la cara y sigue de largo hacia el exterior, libre y listo para correr kilómetros antes de debilitarse definitivamente. Cuando estoy cerrando la puerta veo la luna, que es lo único que se puede ver. No sabría decir qué color tiene, pero no alcanza a iluminar nada. Y sigue pareciendo de día.
19 diciembre, 2010
El mar
A veces lo veía pasar y lo seguía con la vista. Si lo cruzaba, nos saludábamos. Si el cruce era más indirecto, probablemente no. Casi siempre era de noche. Los árboles tapaban la luz naranja desde el foco y la calle se oscurecía como si estuvieran pasando ballenas un poco por encima de los cables. Ballenas como nubes, ballenas cruzando el aire húmedo y fosforescente del barrio. Su chorro podría ser de niebla, pero no es época de niebla. Su chorro podría ser lluvia pero entonces no estaba lloviendo. Era como una condensación de la oscuridad que iba pasando, y dejaba una sensación de sonido que no existía, porque era todo silencio, un sonido como de canto demasiado prolongado, o de las hojas sacudidas por el viento creado por el aleteo de la cola. Una ballena azul, en cuya sombra se amuchaban ojos de gato, bolsas de plástico, repartidores de pizza y otros caminantes, que luego del paso de la ballena parecía que salían de la nada. No la seguían barcos balleneros, solamente a su pasaje por el túnel de la calle podía seguirle el de otras, a velocidades diferentes. Tal vez los cazadores eran el conjunto de sujetos que se ocultaban bajo su vientre, pero no lo creo; ahí encontraban el refugio de la sombra y si lloviera no se iban a mojar.
De una de esas olas oscuras salió él, nadando despreocupadamente, con las manos en el bolsillo, fumando. No había muchas personas más que podía cruzarme tan tarde. Mientras nos acercábamos, miré para otro lado, con el propósito de volver a mirarlo cuando estemos a unos, no sé, diez o quince pasos. Hizo lo mismo. El saludo pasó como pasaron todas las otras casas y esquinas, un rato después me volví a mirar para dónde doblaba. A la derecha, eso no me dijo nada. Como no me decía nada lo poco que sabía de él. Y me costaba creer incluso eso. ¿Que no trabajó nunca, que estuvo fuera de esa línea de montaje toda su vida?¿Que no hacía nada de su tiempo? Más que sumar, esas pocas cosas abrían el agujero de la desinformación hasta que se estaba peor que en la posición inicial. ¿Cómo mantenerse afuera de todo y continuar con vida? Cagando a los demás, sin duda. Pero aún así no me entraba en la cabeza.
No siento nada, aprendí a filtrar todo, a amortiguar mi percepción y mi relación con el mundo, como si todo fuera un juego que no es tan importante ganar. Por eso no me importa usar el dinero que no gané, no me importa lo que piensen, no me importa lo que me pueda pasar si sigo caminando solo por acá, no pienso darme vuelta para ver si alguien se acerca. El tiempo se me pasa yendo de un lado a otro y sin motivo. Conozco algunas personas, pero no me interesan demasiado. Me siento solo, creo que no debería estar solo pero no hay nadie. En algún momento todo se va a la mierda, sé que esto está estirado a más no poder, pero aguanta todavía. Lo más sabio sería huir antes de que explote pero sé que no lo voy a hacer.
Por ahí no las siguen los barcos, pero él perfectamente podría estar acechándolas todo el tiempo en su carrera por el asfalto, las seguiría hasta el fin del mundo, hasta el otro océano, al este del este, y ahí todo tendría un final turbio y súbito. Luego sólo el naufragio de un hombre. Se irían esparciendo y alejando entre sí, y el mar volvería a ser otra vez lo que siempre fue: una tierra sin referencias, límites ni direcciones, tierra yerma.
De una de esas olas oscuras salió él, nadando despreocupadamente, con las manos en el bolsillo, fumando. No había muchas personas más que podía cruzarme tan tarde. Mientras nos acercábamos, miré para otro lado, con el propósito de volver a mirarlo cuando estemos a unos, no sé, diez o quince pasos. Hizo lo mismo. El saludo pasó como pasaron todas las otras casas y esquinas, un rato después me volví a mirar para dónde doblaba. A la derecha, eso no me dijo nada. Como no me decía nada lo poco que sabía de él. Y me costaba creer incluso eso. ¿Que no trabajó nunca, que estuvo fuera de esa línea de montaje toda su vida?¿Que no hacía nada de su tiempo? Más que sumar, esas pocas cosas abrían el agujero de la desinformación hasta que se estaba peor que en la posición inicial. ¿Cómo mantenerse afuera de todo y continuar con vida? Cagando a los demás, sin duda. Pero aún así no me entraba en la cabeza.
No siento nada, aprendí a filtrar todo, a amortiguar mi percepción y mi relación con el mundo, como si todo fuera un juego que no es tan importante ganar. Por eso no me importa usar el dinero que no gané, no me importa lo que piensen, no me importa lo que me pueda pasar si sigo caminando solo por acá, no pienso darme vuelta para ver si alguien se acerca. El tiempo se me pasa yendo de un lado a otro y sin motivo. Conozco algunas personas, pero no me interesan demasiado. Me siento solo, creo que no debería estar solo pero no hay nadie. En algún momento todo se va a la mierda, sé que esto está estirado a más no poder, pero aguanta todavía. Lo más sabio sería huir antes de que explote pero sé que no lo voy a hacer.
Por ahí no las siguen los barcos, pero él perfectamente podría estar acechándolas todo el tiempo en su carrera por el asfalto, las seguiría hasta el fin del mundo, hasta el otro océano, al este del este, y ahí todo tendría un final turbio y súbito. Luego sólo el naufragio de un hombre. Se irían esparciendo y alejando entre sí, y el mar volvería a ser otra vez lo que siempre fue: una tierra sin referencias, límites ni direcciones, tierra yerma.
15 diciembre, 2010
Elegía
El primer sueño del año, del año pasado, lo sentí importante. Es decir, no en ese momento, pero fue un sueño que volvió muchas veces a mi memoria en momentos totalmente inesperados. Como ocurrió hace dos semanas. Quise recordar cuándo lo había soñado y lo busqué en el diario de sueños pero no estaba, traté de hacer memoria pero tampoco. Si recordaba tanto un sueño, tenía que ser porque lo había anotado en algún lado. Y hoy, revisando entre las cosas que había escrito a principios del año pasado, para ver qué había hecho entonces, lo encontré. Es la primera cosa que escribo en el año. Hay un 2010 un poco más grande que mi letra normal, la fecha y abajo empieza.
Hoy soñé que estaba -o tal vez formaba parte- con un ejército de... ¿soldados? Era como una legión, o una secta, con una historia muy larga. Usaban armaduras y trajes color violeta, y tenía la sensación de que eran rusos, o de algún lugar del norte de Europa. La orden había tenido un gran esplendor en el pasado y actualmente seguían siendo muchísimos. La cuestión es que hace ya bastante tiempo que habían derrumbado una estatua que los homenajeaba a ellos y tenían la idea de que era hora de reemplazarla. El pedestal continuaba ahí, aunque vacío. Querían llenarlo con una imagen más moderna y magnífica que la anterior, imponente. Pero yo pensaba que los tiempos habían cambiado, que la estatua estaba ubicada en una zona límite con otro país, un tanto confusa, y que colocar nuevamente la estatua llevaría a un conflicto.
Siempre traté de encontrarle un significado, para divertirme. Se me ocurrió que podría ser una vida anterior. Pero más tarde, hace unas semanas, estaba estudiando sobre indoeuropeo y ahí me di cuenta de que encajaba perfectamente ese sueño con mi ideal de esa supuesta civilización. Claro que entonces yo sabía muy poco sobre indoeuropeo pero perfectamente pudo estar basado en mi proyección íntima del asunto. En ese instante de feliz reconocimiento, me di cuenta de otra cosa, me di cuenta de que no había terminado de entender el sueño del viejo, porque ahora sí lo entendía, lo entendía completamente porque era igual que el mío: era el intento desesperado e inútil de bucear, de sujetar algo que jamás habría de ser sujetado de ninguna manera.
¿Qué es todo esto? Primero sentía silencio. Después empezaron a aparecer otras cosas, ¿pero por qué?¿Porque de repente habían empezado?¿O porque de repente fui capaz de percibirlas? Al silencio siguieron los pájaros, y los graznidos me molestaron, pensé que alguna bandada habría estacionado brevemente encima mío. Más tarde, otro día, cayó una piña desde lo alto. Los pinos estaban repletos de ellas pero hasta el momento no había pasado nada. Entonces todas las ramas empezaron a crujir, como si estuvieran a punto de dejar caer a sus frutos infértiles, todos al mismo tiempo, como si personas escondidas en las alturas chasquearan los dedos, y en realidad fuera todo alguna especie de broma. Pero pasó. Y luego empezó el zumbido de los insectos. No sé qué insectos, pero se me hizo insoportable y la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Pero las piñas siguen cayendo. En las cosas que menos espero y menos me agradan siento que mi vida se resbala como un líquido y toma su forma. Son fantasmas o cadáveres animados por mi cabeza, sus venas y arterias secas se llenan otra vez con mi humorismo. Las piñas, el viejo, el bosque de mierda ese, que es más bien una esperanza, alguna especie de motor pero que no puedo arrancar. Que es la perfecta solución al problema, que lo pego en la heladera con un imán comprado en el Puerto de Frutos pero que... no es que no funcione, sino otra cosa. Al final hay siempre un descenso y ascenso, una ida y una vuelta, y a estas alturas ya no sé si hay cambio o no.
Y los bichos se pegan a la pantalla como si fueran otras letras nuevas. El fondo negro con escritura blanca me relaja. El escritorio donde todo se arma me pone tenso. Voy a parar un poco antes de acostarme.
Hoy soñé que estaba -o tal vez formaba parte- con un ejército de... ¿soldados? Era como una legión, o una secta, con una historia muy larga. Usaban armaduras y trajes color violeta, y tenía la sensación de que eran rusos, o de algún lugar del norte de Europa. La orden había tenido un gran esplendor en el pasado y actualmente seguían siendo muchísimos. La cuestión es que hace ya bastante tiempo que habían derrumbado una estatua que los homenajeaba a ellos y tenían la idea de que era hora de reemplazarla. El pedestal continuaba ahí, aunque vacío. Querían llenarlo con una imagen más moderna y magnífica que la anterior, imponente. Pero yo pensaba que los tiempos habían cambiado, que la estatua estaba ubicada en una zona límite con otro país, un tanto confusa, y que colocar nuevamente la estatua llevaría a un conflicto.
Siempre traté de encontrarle un significado, para divertirme. Se me ocurrió que podría ser una vida anterior. Pero más tarde, hace unas semanas, estaba estudiando sobre indoeuropeo y ahí me di cuenta de que encajaba perfectamente ese sueño con mi ideal de esa supuesta civilización. Claro que entonces yo sabía muy poco sobre indoeuropeo pero perfectamente pudo estar basado en mi proyección íntima del asunto. En ese instante de feliz reconocimiento, me di cuenta de otra cosa, me di cuenta de que no había terminado de entender el sueño del viejo, porque ahora sí lo entendía, lo entendía completamente porque era igual que el mío: era el intento desesperado e inútil de bucear, de sujetar algo que jamás habría de ser sujetado de ninguna manera.
¿Qué es todo esto? Primero sentía silencio. Después empezaron a aparecer otras cosas, ¿pero por qué?¿Porque de repente habían empezado?¿O porque de repente fui capaz de percibirlas? Al silencio siguieron los pájaros, y los graznidos me molestaron, pensé que alguna bandada habría estacionado brevemente encima mío. Más tarde, otro día, cayó una piña desde lo alto. Los pinos estaban repletos de ellas pero hasta el momento no había pasado nada. Entonces todas las ramas empezaron a crujir, como si estuvieran a punto de dejar caer a sus frutos infértiles, todos al mismo tiempo, como si personas escondidas en las alturas chasquearan los dedos, y en realidad fuera todo alguna especie de broma. Pero pasó. Y luego empezó el zumbido de los insectos. No sé qué insectos, pero se me hizo insoportable y la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Pero las piñas siguen cayendo. En las cosas que menos espero y menos me agradan siento que mi vida se resbala como un líquido y toma su forma. Son fantasmas o cadáveres animados por mi cabeza, sus venas y arterias secas se llenan otra vez con mi humorismo. Las piñas, el viejo, el bosque de mierda ese, que es más bien una esperanza, alguna especie de motor pero que no puedo arrancar. Que es la perfecta solución al problema, que lo pego en la heladera con un imán comprado en el Puerto de Frutos pero que... no es que no funcione, sino otra cosa. Al final hay siempre un descenso y ascenso, una ida y una vuelta, y a estas alturas ya no sé si hay cambio o no.
Y los bichos se pegan a la pantalla como si fueran otras letras nuevas. El fondo negro con escritura blanca me relaja. El escritorio donde todo se arma me pone tenso. Voy a parar un poco antes de acostarme.
13 diciembre, 2010
El monasterio de Gion
Supongo que hay un momento que no es exactamente uno, sino algo más largo e inexacto, algo así como si agregáramos muchas úes al un para hablar de algo que es concreto pero que no es tan uno. En realidad hay muchos momentos así, pero siempre hay uno referido a una cosa particular. Y la mayoría de esos momentos, sucedieron en un tiempo determinado, que ya no recuerdo cuál es. Una edad determinada... no sé cuál. Pero estoy seguro de que está entre los nueve y doce años. Todas las cosas que no recuerdo, todas las preguntas que me hago, creo que están atadas -la mayor parte- a esos pocos años. De vez en cuando llega algo, como de la nada, que lo sabía y lo tenía asumido pero me daba cuenta de que nunca había meditado sobre eso. Cabos sueltos. Pero si uno debiera interrogar y ordenar todos los años de su vida, no habría tiempo para otra cosa.
Tuve amigos como por oleadas. Reconozco al menos cuatro. Al principio me consideraba una persona sociable y me gustaba hacerme amigos. De esa primera época siento que fue arrebatada, que fue algo que quedó en el aire. La segunda ya fue un poco más adulta, por lo que también más sometida a las cosas adultas, todos los vicios, la desconfianza, todo eso que es tratar de aparentar. Y esa oleada se fue diluyendo con el tiempo. De la tercera y cuarta no hay mucho que decir porque son las actuales y las que más entiendo, pero tampoco es que lo entienda del todo.
Nos llevábamos muy bien, o más bien, nos llevábamos mucho. No había más gente y yo no estaba en condiciones de relacionarme con otras personas, más grandes que yo, no todavía. Y en el momento de mayor vértigo, nos separamos. Pensaba que la cosa iba a terminar ahí, como pasa siempre. Pero siguió comunicado, hablábamos siempre y yo me había convertido en su mayor confidente.
Todo tiene una fecha de vencimiento. Y sentía que ya venía. El tiempo, el no hablar, los cambios en cada uno. Y entonces volviste y se me vienen diez mil canciones al respecto, que podría ponerme a cantar y eso sólo me haría sentir peor, ¿por qué nunca habré aprendido a tocarlas? No creo que sea algo específico: esto. Sino lo que pasa siempre, seis meses esperando para una noche que duró tres horas, y que ni bien empezó no pude dejar de pensar que eso iba a terminar, y que no importa barrer las hojas y cortar el pasto porque en algún momento de todos modos van a dejar de hacerlo, que andar por una ciudad vacía y oscura acompañando a alguien entre extraños es sólo provisorio, que exactamente cuando estoy empezando a hablar con gente, ya pasó un año entero y es hora de seguir adelante, que el Heike arranca diciendo que en el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas y cuando lo repito todos piensan que es una boludez, que tal vez todo es culpa de aferrarse a todo pero ¿cómo parar?¿cómo arrancarse de alguien, cuando uno no es en otro algo que se ajusta o que se pega, sino algo más comprometido, algo que está clavado y cuya extirpación significa daño? Miedo. No sé si te quedás o te vas. Pero mientras tanto tengo miedo. De que así como ahora siento que entonces me faltaron muchas cosas por hacer, ahora no esté haciendo muchas cosas que más adelante sienta que debí haber hecho. Los tiempos verbales son impecables, no hace falta revisar. Ese mes no hubo tiempo para nada. Tres años antes, había recorrido unos dos meses el sur, con la cabeza en otro lado, a la espera de noticias del este. Las últimas me llegaron en Santa Rosa, en un hotel como de siesta y ocupantes invisibles o flotantes. Y nada más. El resto del viaje fue una continua indagación, en cada lugar que podía, de novedades, pero hasta que volví no supe nada nuevo.
Tuve amigos como por oleadas. Reconozco al menos cuatro. Al principio me consideraba una persona sociable y me gustaba hacerme amigos. De esa primera época siento que fue arrebatada, que fue algo que quedó en el aire. La segunda ya fue un poco más adulta, por lo que también más sometida a las cosas adultas, todos los vicios, la desconfianza, todo eso que es tratar de aparentar. Y esa oleada se fue diluyendo con el tiempo. De la tercera y cuarta no hay mucho que decir porque son las actuales y las que más entiendo, pero tampoco es que lo entienda del todo.
Nos llevábamos muy bien, o más bien, nos llevábamos mucho. No había más gente y yo no estaba en condiciones de relacionarme con otras personas, más grandes que yo, no todavía. Y en el momento de mayor vértigo, nos separamos. Pensaba que la cosa iba a terminar ahí, como pasa siempre. Pero siguió comunicado, hablábamos siempre y yo me había convertido en su mayor confidente.
Todo tiene una fecha de vencimiento. Y sentía que ya venía. El tiempo, el no hablar, los cambios en cada uno. Y entonces volviste y se me vienen diez mil canciones al respecto, que podría ponerme a cantar y eso sólo me haría sentir peor, ¿por qué nunca habré aprendido a tocarlas? No creo que sea algo específico: esto. Sino lo que pasa siempre, seis meses esperando para una noche que duró tres horas, y que ni bien empezó no pude dejar de pensar que eso iba a terminar, y que no importa barrer las hojas y cortar el pasto porque en algún momento de todos modos van a dejar de hacerlo, que andar por una ciudad vacía y oscura acompañando a alguien entre extraños es sólo provisorio, que exactamente cuando estoy empezando a hablar con gente, ya pasó un año entero y es hora de seguir adelante, que el Heike arranca diciendo que en el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas y cuando lo repito todos piensan que es una boludez, que tal vez todo es culpa de aferrarse a todo pero ¿cómo parar?¿cómo arrancarse de alguien, cuando uno no es en otro algo que se ajusta o que se pega, sino algo más comprometido, algo que está clavado y cuya extirpación significa daño? Miedo. No sé si te quedás o te vas. Pero mientras tanto tengo miedo. De que así como ahora siento que entonces me faltaron muchas cosas por hacer, ahora no esté haciendo muchas cosas que más adelante sienta que debí haber hecho. Los tiempos verbales son impecables, no hace falta revisar. Ese mes no hubo tiempo para nada. Tres años antes, había recorrido unos dos meses el sur, con la cabeza en otro lado, a la espera de noticias del este. Las últimas me llegaron en Santa Rosa, en un hotel como de siesta y ocupantes invisibles o flotantes. Y nada más. El resto del viaje fue una continua indagación, en cada lugar que podía, de novedades, pero hasta que volví no supe nada nuevo.
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