15 febrero, 2010

La puerta secreta

Llovía, casi siempre en Buenos Aires, y era el gemelo malvado de su ciudad abandonada. Aprendió a escribir y le gustaba escribir el nombre de la ciudad con y griega: Buenos Ayres. No sabía de dónde había salido eso, si era un error o la gente tenía sus motivos para escribirlo así. Vivía, en realidad, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad, en la provincia, que de todos modos seguía siendo una ciudad, no tan grande.
Aún así, el mayor trabajaba en el centro y terminaba por las noches caminando, perdido y encontrado por las calles y vías del tren. Y ese tren era también una pequeña ciudad oculta, con sus calles y gentes. Caminaba mucho, el mayor. Nadie sabe lo que hacía pero tampoco preguntaban, supongo que de hacerlo, él no habría respondido. Se pretende saberlo todo de una persona, pero jamás se llegará a saber la más mínima parte. ¿Cómo hacerlo si a uno mismo le es difícil conocerse? Algunos gozan del no tener que dar explicaciones, otros no. Él era uno de los primeros.
¿Qué hacía? ¿Por qué se perdía por los barrios sin rumbo fijo?
Siempre pensé que estaba buscando algo. No me lo dijo, pero lo veía en sus ojos y en los míos. Teníamos los mismos ojos, y los dos buscábamos algo, tal vez lo mismo. Tampoco se lo pregunté, él no habría respondido.
Tenía un piloto que le habían traído de Europa: el mundo siguió girando y pasó mucha agua bajo el puente, la situación era ya menos tensa. Con ese piloto gris caminaba por las veredas vírgenes, viejas y rotas, por la tierra y por los charcos de agua llenos de burbujas que anunciaban que la lluvia llegaba para quedarse.
No sabía bien qué pensar de él, y casi nadie tampoco. No termino de entenderlo. ¿Qué buscaba? No sé si miraba al mundo y a todos con tristeza, con amor, rabia, desprecio, asco o desinterés. Y es curioso. Muchos de nosotros no sabíamos qué pensaba y qué buscaba y es curioso. Se perdía, se perdía para encontrar algo. Es curioso, porque a nosotros también nos pasaba. Yo me perdía y me perdía para encontrar algo.
¿La habrá visto? La puerta secreta, la fuga. La habitación oculta y descubierta de la casa, un pasillo y un jardín. El recorrido laberíntico de la ciudad parecía anunciar un último misterio, reservado para los que pudieran leer el sentido de los caminos anudados. La puerta se abría y lo revelaba todo, pero no importaba, porque lo que importaba era entrar, nada más. Pasar por el pasillo y salir al jardín secreto con árboles de ramas que se doblaban como las calles y las vías, las hojas que nunca caían, las flores que nunca florecían ni morían, los túneles abiertos de los arbustos, las fuentes y los jóvenes bañándose en ellas, bajo el sol, como en un sueño, como el principio de un sueño y el fin de la vigilia gris cuando caía por el cielo abierto al océano, las risas y los golpes en el suelo, el agua después del estruendo, sucia y sin tierra a la vista, de donde salía la gente de piel desgastada y ojos extraños, vacíos, que en realidad era sólo un espejismo de muerte que al ser superado reveló el agua clara, el mar cercano a la orilla y la tela del paracaídas enredándose en sus piernas y brazos, soltándolo, dejándolo ir a esa orilla blanca...
Ahora sostengo su mirada y no puedo saber si me reconoce o no. Abre la boca, pero titubea y se sonríe y no dice mucho más. La habrá estado buscando, en aquel entonces, sí, como todos nosotros. Y tal vez la haya encontrado pero él nunca me lo dijo ni yo se lo pregunté.

07 febrero, 2010

Visitas

Ah... Sabía que ibas a volver, es cuestión de tiempo o de no tiempo. Das pocos indicios pero en determinado momento puedo adivinar en el aire que vas a caer por acá y ya me empiezo a poner de mal humor. Cualquier ruido en la calle, cualquier timbrazo, cualquier iluminación del celular me aumentan el ritmo cardíaco, me fruncen el ceño y me arrancan una puteada, deseando que no sean noticias tuyas. Y casi nunca las son.
Puedo leer las señales, como vuelos de pájaros y el interior de las bestias, aprendí. Me doy cuenta porque les vas cayendo uno por uno, como un thriller, el último que queda siempre soy yo, el único que ve acercarse el desastre inminente. Porque de alguna manera, tu venida es como la venida de un anti-Cristo, viene arrastrando catástrofes humanas, no sé, tal vez naciste bajo malos astros, qué se yo.
Lo cierto es que al final sólo queda rendirse y abrirte la puerta, abrirme las venas. Supongo que exagero un poco, es probable. En realidad, el problema debe ser mío: podría decirte simplemente "NO VENGAS MÁS" dar mis motivos o no, despedirnos y listo, chau. No. Sé que no aceptarías eso y sería inútil, totalmente inútil, al final me cansaría y tendría que volver sobre mis palabras y eso es mucho trabajo para mi. Después de todo, pasás, te ofrezco algo, no querés, me doy cuenta de que en el medio pasaron muchas cosas pero una hora alcanza para oírlas todas, te cuento un poco qué ando haciendo y no mucho más. Te demoras al filo del umbral, titubeás y optás por irte, está bien. Yo estaba descalzo, y descalzo fui hasta la vereda a verte alejándote, sin preocuparme por la mugre en la planta de mis pies. Me quedo un rato todavía, mirando como te vas. ¿Sos un aparecido?¿Anti-Cristo?¿De dónde saliste y a dónde vas?
Bueno, en realidad no me importa, me doy cuenta un rato después. Lo que en verdad me importa y me preocupa es cuándo te voy a ver la cara nuevamente, qué desastres traerás con vos. Pero otro rato después, me doy cuenta de que falta mucho, así que ya fue, me meto en casa, total que si estoy seguro de algo es de que no vas a volver en mucho tiempo por acá.

01 febrero, 2010

Las Noches

De día atravesaban los campos separando cuidadosamente los grandes tallos que los superaban en altura, por abajo huían los ratones. Era época de cosecha. Las barbas del choclo se habían oscurecido y ya era hora de separarlo de la planta. Atravesaban los campos con canastas y bajo el sol. Eso no requería mucho tiempo. Pero luego había que sacar las hojas y limpiarlos. Eran muchas familias, así que cada noche se concentraban en preparar la cosecha de una familia determinada, y a la noche siguiente harían lo mismo con la de sus vecinos, y luego con los otros.
Los nombres y los apellidos eran muy comunes, de manera que familias no emparentadas los compartían y siempre era muy confuso el referirse a alguien en particular. Por eso, se llamaban con contra-nombres, cada familia tenía uno: era como un segundo apellido que, tal vez, los definía más exactamente. Así se entendía a dónde irían a ayudar esa noche y las siguientes.
Se sentaban en ronda, la montaña verde y dorada en el medio, y charlaban y tomaban vino mientras sus manos se ocupaban de cosas más simples. El verano le ganaba a la noche y la convertía en un terreno de juego, sin lugar para el miedo, era un mundo de libertad y un silencio siempre al borde de estallar en carcajadas, dormir era innecesario. Se contaban historias que en el fondo siempre se creían: gente y otras cosas que veían, experiencias, amores, filtros, venenos y muertes. Había algunos instrumentos y algunos instrumentistas lo suficientemente no experimentados como para no dejar de divertirse, distanciándose de la fiesta, y tanto la buena ejecución como el error evidente eran recibidos con risas o gritos o cosas en el medio. Tocaban todos, paraba uno, y no importaba, descansaba el otro y le alcanzaban un vaso de vino, y no importaba, y luego casi todos decidían que tenían más ganas de beber y charlar, quedando al final sólo una guitarra. Y sobre unos débiles arpegios, los demás se echaban encima de la cabeza unas máscaras que habían fabricado esa misma tarde...
-¿Para ocultarse de los diablos?
No, sólo se divertían. Se asustaban a ellos mismos y se escondían de ellos mismos. Saltaban de atrás de los árboles, se metían entre los pastos, entregaban flores a las mujeres y huían mientras ellas se reían, pensando que esas máscaras no engañaban a nadie.
A veces, otras personas de otros lugares cruzaban el río y entraban a Siringe sin buenas intenciones, a buscar peleas. Claro que a veces, también salían algunos de Siringe, cruzaban el río y los montes, y entraban a otros pueblos con no mejores propósitos. La noche era tanto aliado como enemigo, y en el cielo volaban piedras invisibles, oírlas era más fácil. Lo cierto es que las noches no eran tan divertidas si no tenían un poco de esto.
Cuando el final estaba cerca y se olía el regreso del sol, algunos habían perseguido a sus enemigos hasta el río pero era demasiado tarde para cruzarlo, tal vez la noche siguiente. Al final, no había tanto que perder y otros se sacaban las máscaras e iban a dar una vuelta al son de las cigarras y los grillos con la chica a la que antes habían entregado una flor. Y si aún no se animaban o ellas no aceptaban, bueno, tal vez lo lograran la noche siguiente. Otra canción con o sin errores -no importaba demasiado-, otra historia con robo de alientos y gritos ahogados, otra máscara más cuidada, más grotesca, más colorida, más secreta, tal vez, la noche siguiente.