Doblé por una calle más desierta, volvía de comprarme un libro y todavía lo tenía en las manos. Entonces, cuando me di cuenta, el encuentro fue inevitable: hola, qué andás haciendo, ah, pasá, me mudé acá, te quiero mostrar mi nueva casa, todavía está medio desordenado, pasá pasá, yo cierro y antes de darme cuenta estaba conociendo su nueva casa. Cerró la puerta y me encontré en uno de esos típicos pasillos al aire libre que tanto me gustan y que conducen al centro de la manzana. A los costados había helechos y otras de esas plantas del estilo patio, no sé el nombre pero una amiga me dijo su nombre ruso, así las llama ella y yo también, no sé si tendrán un nombre diferente acá, en fin, tampoco es que valga mucho la pena ponerse a pensar y aprenderse su nombre. Como el potus.
Basta. Seguí por el pasillo mientras él me pisaba los talones. Me mostró la casa, estaba bien, ya era hora de abandonar aquel lugar que se venía abajo. Parecía un poco triste pero también pensé que era cálido, y que era un buen lugar para estar solo. Porque sobre todo, él parecía solo... y en ese caso, esta casa era una de las mejores cosas que le podían pasar. Con los potus y los pasillos, las ventanas de vidrios coloreados, el patio de cemento; eran incapaces de dar alegría pero su monotonía era como una presencia que acostumbraba a uno a todo y lo llevaba para un adelante (al menos a uno de tantos adelantes).
Empecé a anunciar que me iba, luego de unos minutos. Pero me detuvo todavía un rato más, y empezó a revolver entre sus cosas. Quería darme algo. Pensé que era algo concreto pero después de un rato me di cuenta que no. Buscaba cualquier cosa, entre los rincones, entre cajas y bolsas en las que juntaba basura, mugre, estupideces que a nadie se le ocurriría guardar y mucho menos para regalárselas a alguien. Y en realidad, ¿por qué?. Me puse a pensar pero mi cumpleaños había sido hace mucho y no faltaba poco, estábamos lejos de las fiestas y que yo sepa no había motivos para hacerme un presente. Pero ahí estuve, unos quince minutos más, hasta que me fui con una bolsa de revistas viejas que no pude rechazar. ¿Qué oscuro motivo lo incitaba a guardar, coleccionar objetos para luego regalárselos al que primero pase por su casa?
Salí y me fui acercando a la estación. Había una manifestación por algo que escapaba a mi vista. Hubiera querido pasar por el costado pero era imposible, así que la atravesé por el centro. Entonces pensé, si lo que produce la multitud, en la calle, en la ciudad, los hombros golpeándose unos con otros, continua violación indiferente que en cualquier otro escenario sería totalmente censurada, si lo que eso produce es sólo un incremento de la soledad, entonces ¿qué ocurría en esa manifestación?¿Había cambiado algo?
26 marzo, 2010
20 marzo, 2010
El bosque
Un día me cerraste los ojos, agarraste mi mano y tiraste y te seguí sin ver, me llevaste a un bosque que yo no conocía. Me paré un momento antes de entrar y en ese momento se me ocurrió que a ese bosque iban mujeres que querían terminar con su vida. Fue sólo una impresión. Te seguí y me adentré en las sombras. Podía verte adelante, dándote vuelta cada tanto, apurándome, pero yo no podía dejar de observar cómo había cambiado mi alrededor. Todo estaba des-iluminado por penumbras verdes y grises, cercanas al azul, y las hojas estáticas en las ramas, ni una caía ni había caído en mucho tiempo. Los árboles se acomodaban para mostrar tu espalda de vez en cuando.
No sabía qué pensar de vos y sin embargo no hacía más que pensarte todo el tiempo, y cuando me daba cuenta, el efecto terminaba. Pero cuando me pedías que te siga no lo dudaba: ir atrás tuyo, siguiendo las migas del pan, era parte de armar un pequeño sustituto de todo eso que se me escapaba de vos, no podía desaprovecharlo así como así.
Te seguí esta y tantas veces pero esta vez todo llegó a su fin.
Noté que te alejabas así que dejé de mirar el bosque y apuré el paso, aunque en el fondo ya sabía que era tarde. No volviste más la cabeza hacia atrás y la desaparición de tu espalda fue inmediatamente seguida por el silencio absoluto que dejaron tus pasos.
Me quedé quieto. Comprendí que estaba bien así, ir atrás tuyo no serviría para nada, tarde o temprano iba a ser incapaz de seguirte. Lo único que me quedaba de vos era esto: el bosque. Sus senderos y sus sombras y silencios me hablarían más de vos que cualquier otra cosa que yo intentara, y vos podías volver alguna vez pero mientras tanto este bosque era mi única posibilidad de vos, y comprendí que estaba bien así, que a menudo el bosque dejado atrás es lo único que nos queda.
No sabía qué pensar de vos y sin embargo no hacía más que pensarte todo el tiempo, y cuando me daba cuenta, el efecto terminaba. Pero cuando me pedías que te siga no lo dudaba: ir atrás tuyo, siguiendo las migas del pan, era parte de armar un pequeño sustituto de todo eso que se me escapaba de vos, no podía desaprovecharlo así como así.
Te seguí esta y tantas veces pero esta vez todo llegó a su fin.
Noté que te alejabas así que dejé de mirar el bosque y apuré el paso, aunque en el fondo ya sabía que era tarde. No volviste más la cabeza hacia atrás y la desaparición de tu espalda fue inmediatamente seguida por el silencio absoluto que dejaron tus pasos.
Me quedé quieto. Comprendí que estaba bien así, ir atrás tuyo no serviría para nada, tarde o temprano iba a ser incapaz de seguirte. Lo único que me quedaba de vos era esto: el bosque. Sus senderos y sus sombras y silencios me hablarían más de vos que cualquier otra cosa que yo intentara, y vos podías volver alguna vez pero mientras tanto este bosque era mi única posibilidad de vos, y comprendí que estaba bien así, que a menudo el bosque dejado atrás es lo único que nos queda.
18 marzo, 2010
Una cena
Era inesperado, en el sentido de que cayó sin que nadie lo espere y que realmente nadie -creo- lo esperaba, porque no es alguien que alguien -o yo- esperaría. De cualquier modo, cayó sin que nadie lo invite y el panorama de la cena de repente pasó a ser más una molestia que otra cosa, ahora quería que todo termine lo más rápido posible. Anunció su llegada y enseguida lo tuve frente a mis ojos. La atmósfera cambió, como si en una estantería de mi casa encontrara un objeto que no pertenecía pero que tampoco podía sacar de ahí, terminaba arruinando toda ese hábitat simbiótico que era la repisa. Opté por reducir mi intervención en la charla y en todo a lo más mínimo, y me quedé callado mirando y escuchando de qué hablaban los demás. Eso siguió siendo un error. Porque él empezó a hablar y a hablar de él y creo que es imposible que eso no pase. Cada algunas frases yo notaba alguna malapalabra y eso no podía dejar de irritarme. No por la malapalabra en sí, al contrario, sino que me pareció estúpido en él usarla, eran pequeños sonidos que escapaban a la naturalidad del relato, como si fueran artificiales, como si quisiera parecer copado hablando de esa manera. Qué le vamos a hacer, hay palabras que a determinada gente no le quedan, y si las usan es para mal. Por ejemplo, a mi no me quedan muy bien la mayoría de los argentinismos, y si los uso, tropiezo y titubeo antes de largarlos, y después me arrepiento, claro. Palabras como bondi, faso, cana, pibe entre otras. A veces las uso irónicamente, pero eso es otro tema. El che, en cambio, lo tengo muy pegado -pero ¿quién no?- y también hay otras palabras que sólo me funcionan por escrito.
En resumen, este tipo era una idiota, y esa era una de mis razones para pensar eso. Algo que me dejaba tranquilo porque siempre pensé que pensaba que era un idiota porque mi papá lo creía y lo decía una y otra y otra vez, hasta que yo había terminado por convencerme.
Siguieron hablando de él, mientras comíamos. En algunos momentos, trataba a la gente como si quisiera dejar claro lo que él podía hacer y hacía; hizo eso muchas veces y yo pensaba "Dios, que tipo más boludo". La pedantería, lejos de darme bronca, me despierta lástima, algo que es muy lógico. Me daba igual. Al final, dejé de prestarle atención y me fui antes y fue un alivio.
Mientras caminaba a mi casa me puse a pensar en cómo ciertas personas son capaces de mantener gente a su alrededor, dentro de su campo de gravedad. Es realmente un misterio que haya gente que se banque eso, supongo que hay gente para todo. Al final, yo tampoco entiendo como mantengo gente alrededor mío.
En resumen, este tipo era una idiota, y esa era una de mis razones para pensar eso. Algo que me dejaba tranquilo porque siempre pensé que pensaba que era un idiota porque mi papá lo creía y lo decía una y otra y otra vez, hasta que yo había terminado por convencerme.
Siguieron hablando de él, mientras comíamos. En algunos momentos, trataba a la gente como si quisiera dejar claro lo que él podía hacer y hacía; hizo eso muchas veces y yo pensaba "Dios, que tipo más boludo". La pedantería, lejos de darme bronca, me despierta lástima, algo que es muy lógico. Me daba igual. Al final, dejé de prestarle atención y me fui antes y fue un alivio.
Mientras caminaba a mi casa me puse a pensar en cómo ciertas personas son capaces de mantener gente a su alrededor, dentro de su campo de gravedad. Es realmente un misterio que haya gente que se banque eso, supongo que hay gente para todo. Al final, yo tampoco entiendo como mantengo gente alrededor mío.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)