26 marzo, 2010

El coleccionista

Doblé por una calle más desierta, volvía de comprarme un libro y todavía lo tenía en las manos. Entonces, cuando me di cuenta, el encuentro fue inevitable: hola, qué andás haciendo, ah, pasá, me mudé acá, te quiero mostrar mi nueva casa, todavía está medio desordenado, pasá pasá, yo cierro y antes de darme cuenta estaba conociendo su nueva casa. Cerró la puerta y me encontré en uno de esos típicos pasillos al aire libre que tanto me gustan y que conducen al centro de la manzana. A los costados había helechos y otras de esas plantas del estilo patio, no sé el nombre pero una amiga me dijo su nombre ruso, así las llama ella y yo también, no sé si tendrán un nombre diferente acá, en fin, tampoco es que valga mucho la pena ponerse a pensar y aprenderse su nombre. Como el potus.
Basta. Seguí por el pasillo mientras él me pisaba los talones. Me mostró la casa, estaba bien, ya era hora de abandonar aquel lugar que se venía abajo. Parecía un poco triste pero también pensé que era cálido, y que era un buen lugar para estar solo. Porque sobre todo, él parecía solo... y en ese caso, esta casa era una de las mejores cosas que le podían pasar. Con los potus y los pasillos, las ventanas de vidrios coloreados, el patio de cemento; eran incapaces de dar alegría pero su monotonía era como una presencia que acostumbraba a uno a todo y lo llevaba para un adelante (al menos a uno de tantos adelantes).
Empecé a anunciar que me iba, luego de unos minutos. Pero me detuvo todavía un rato más, y empezó a revolver entre sus cosas. Quería darme algo. Pensé que era algo concreto pero después de un rato me di cuenta que no. Buscaba cualquier cosa, entre los rincones, entre cajas y bolsas en las que juntaba basura, mugre, estupideces que a nadie se le ocurriría guardar y mucho menos para regalárselas a alguien. Y en realidad, ¿por qué?. Me puse a pensar pero mi cumpleaños había sido hace mucho y no faltaba poco, estábamos lejos de las fiestas y que yo sepa no había motivos para hacerme un presente. Pero ahí estuve, unos quince minutos más, hasta que me fui con una bolsa de revistas viejas que no pude rechazar. ¿Qué oscuro motivo lo incitaba a guardar, coleccionar objetos para luego regalárselos al que primero pase por su casa?
Salí y me fui acercando a la estación. Había una manifestación por algo que escapaba a mi vista. Hubiera querido pasar por el costado pero era imposible, así que la atravesé por el centro. Entonces pensé, si lo que produce la multitud, en la calle, en la ciudad, los hombros golpeándose unos con otros, continua violación indiferente que en cualquier otro escenario sería totalmente censurada, si lo que eso produce es sólo un incremento de la soledad, entonces ¿qué ocurría en esa manifestación?¿Había cambiado algo?

1 comentario:

  1. al principio imaginé Arévalo. pero sólo al principio...

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