29 mayo, 2010

Regreso

Estaba cerca y ya estaba oscuro. El colectivo ya se había alejado. Caminé, por alguna razón dejé de hacer siempre el mismo camino: dicen que es bueno para la memoria y es menos aburrido. Claro que con abrir otro camino se abrían otros riegos pero también otras ventajas. Lo nuevo, una vez más. Esta vez decidí ir por una calle con poca iluminación.
Una vez pasadas las vías, tal vez, empiezo a sentir que estoy volviendo, o que estoy cerca. O que casi estoy en casa, cuestión de dar unos dos o tres pasos. Si vengo en tren, el problema es cruzar el río: una vez que lo cruzo ya está todo bien. Pueden pasar muchas cosas pero estoy cerca.
Lo céntrico y lo público y lo masivo empieza a desfigurarse, después de las vías, y queda esa seguridad que algunos llaman barrio, que no es ninguna seguridad. Al menos no en el mío, todo lo contrario. A veces quiero engañarme diciendo que conozco mejor el terreno y tengo más posibilidades de supervivencia, pero vamos, que se sabe que la ciudad borró todos esos rasgos de la geografía. A veces, desde lejos, pueden adivinarse, allá había una subida, acá una bajada. Pero no sirve para nada. En la ciudad no hay direcciones. Y la geografía no se ve, sino que apenas se siente. Como siento la subida antes de llegar.
Hace mucho tiempo no podía conciliar el sueño y ahí fue cuando empecé a dormir al revés: con los pies para el lado de la cabecera. Y así dormí bien por mucho tiempo, me sentía cómodo. Pero últimamente, estaba leyendo apoyado contra la cabecera y no tenía ganas de darme la vuelta a la hora de dormir entonces poco a poco volví a la posición normal. Y así como volvió lo normal seguro que vuelve lo anormal.
Hay veces que me paro a pensar.¿Se dan cuenta?¿Te das cuenta?¿Me leés?¿Te das cuenta de que me doy cuenta?
La verdulería ya está cerrada, los perros siguen ahí. Por todos lados, siempre. Hoy corté verduras. Es algo que me gusta hacer, escuchando música. El ají verde, luego el rojo, luego el amarillo -mi favorito-, después zanahoria, después cebolla. Probé lo del agua en las muñecas, no funciona. El cuchillo sigue yendo y volviendo. Va, rojo, vuelve, amarillo, va, amarillo, vuelve. Siento a Macca en los pies. Estuvo lloviendo todo el día y ahora no tanto.

24 mayo, 2010

Reencuentro

Habíamos coincidido en una fiesta y estábamos casi rodeados de extraños, así que arreglamos para irnos juntos los antes posible. Lo logramos una hora después de vislumbrarnos entre el resto de la gente y saludarnos con entusiasmo. Salimos a la calle y empezamos a caminar hacia la avenida principal, conversando. Estábamos cerca, así que antes de lo esperado, yo me dispuse a saludarlo y seguir para mi lado.
- ¿Te molestaría ir a tomar algo?¿Estás ocupado?
La invitación me sorprendió. Pensaba que más allá de alguna ligera preocupación, a él no le importaba demasiado hablar conmigo. Supongo que el tiempo que pasamos juntos se debió más a la coincidencia de amigos que a otra cosa. Lo pensé un momento y me pareció agradable así que decidí aceptar.
- Sí, está bien.¿Vamos allá?
Entramos en un café que estaba en frente. Había pocas personas, unas de a dos y otras solas, leyendo o con su PC portátil. Nos sentamos en un rincón y pedimos algo que nos permita quedarnos ahí. La chica se fue, con dos cafés anotados.
- Es raro pero antes me incomodaba quedarme a solas con vos, no sabía de qué hablar.
- Y yo seguramente no ayudaba. Perdón, prefiero el silencio a conversaciones sin sentido.
- Sí... y ahora en cambio me siento muy bien, como si tuviera razones para hablarte y cosas que contarte pero creo que en el fondo no las tengo.
Nos colocaron dos tazas de café adelante, la mía era doble.
- En estos últimos meses estuve muy lejos de todo, más de lo normal, y siento que perdí todo tipo de relación con mi mundo de antes. Vos no sos la excepción, en realidad. No sé bien si incluirte en ese pasado o no, porque nunca estabas. Como si estuvieras fuera del marco de la foto. Y al mismo tiempo sos ya lo único que me une a ese pasado.
- ¿Para tanto?
- Sí, creo que no exagero. Es imposible un reencuentro a estas alturas. Porque no hay razones. Simplemente se van alejando y no se puede evitar, y al final me voy olvidando de todos. Extraño esos momentos pero... no hay nada que hacer.
No, claro que no. Esto pasa siempre. Es lo que me pasó con él. Todo esto no era un regreso a los viejos tiempos, no era un reencuentro en ese sentido. Era sólo un posiblemente último cruce significativo de nuestras vidas antes de la gran distancia, un bucle caprichoso del destino antes del paralelismo absoluto.
- ¿Te acordás...-le digo- de ese verano? Lo que siguió después fue algo muy borroso y quizás fue ahí cuando pasó todo. Pero ese verano todo estaba bien. El cielo brillaba más que nunca y teníamos energía para todo; incluso yo, que ya me molesta ir a atender el teléfono. Nos juntábamos casi todos los días, tratando de no mirar para adelante. Yo tenía un disco nuevo y a todos les gustó, pero en una de esas tardes, no sé cómo, mi reproductor de CD dejó de funcionar. También tiramos sillas a la pileta, caminamos por la ciudad como si fueran las tres de la mañana pero en realidad eran las siete de la tarde. Entonces encontré la pieza de un puzzle que estaban armando, me bastó una mirada a la mesa donde estaban expuestas las no sé cuántas piezas posibles...
Me mira divertido: no debe recordar eso porque no son cosas importantes. Pero para mi esos recuerdos son el aura de esa época.
- ¿Sabés que siempre pensé que el que iba a alejarse de todos era yo? Lo sentía venir y había razones para que eso pase. De cualquier manera, no esperaba que te pase a vos...
- Ni yo.-me responde- De hecho yo también estaba seguro de que ibas a ser vos quien se vaya.
¿El porqué?¿Por qué esa seguridad de que alguien iba a irse? Por ahí es cosa mía, pero no pude dejar de pensarlo jamás. En grupos siempre sentía que de repente alguien iba a empezar a ser visto como si se hubiera convertido de un día para el otro en un insecto gigante, leía en las pequeñas oscilaciones de las relaciones entre nosotros, me parecía inevitable que de la conjunción y colisión de nuestras identidades surja, a la larga, una síntesis y versión mejorada y simplificada de grupo, más perfecta y libre del miembro redundante. Y tampoco me molestaba tanto aceptar ese rol. Hasta entonces no me había importado. Tal vez, sin darme cuenta, luché para quedarme y me sorprendí cuando la simplificación vino por otro lado: yo seguía estando adentro. Después de eso, siempre procuré evitar los grupos pequeños y me fue bastante bien.
Un rato más tarde salimos y nos despedimos. No sentía tristeza y creo que él tampoco: parecía haberse quedado pensando en sus propios recuerdos de ese verano. Esperé a que suba al colectivo y lo saludé. Me hubiera gustado acompañarlo, pero eso no habría tenido sentido. Me fui caminando, se había hecho tarde.
No tanto.

11 mayo, 2010

Recorrido

Todo recorrido por el pueblo tendría que empezar por el centro, y tendría que haber una buena razón para que ese lugar sea el centro. Pero acá no había centro. Así que uno podía agarrar o inventar cualquier extremo del camino, que sólo existía en pocos lugares.
Al principio había una bajada y a la izquierda aparecía una pequeña construcción que hacía de colegio. Su definición era visible hasta las rejas y después no quedaba más, se lo había llevado el caminar hacia adelante, el bajar de los pasos. Las sombras se acumulaban hacia una acequia y con un salto se llegaba al otro lado. El lugar de las casas.
Saliendo del camino y subiendo otra vez, se podía dejar Siringe abajo y entrar en el Morso, donde la selva hincaba sus fauces desde los montes y donde el frío antes del bosque hacía invaluable el pan plano y duro y casi gris del pueblo, un pan que quizás ni la selva podría morder. Tal vez no estaban destinados a hacer pan, por ahí ese pan era un simulacro de panes que apenas se habían rozado con la vista. Uno trata de verle el lado bueno, es difícil. Creo que no me gusta ese pan, y aún así, estoy seguro de que en algún momento lo voy a extrañar.
Las casas, algunas casas, estaban más cercanas: generalmente emparentadas. Seguramente adentro y a esta hora donde el frío casi no se siente, se podía ver a una mujer encargándose de la comida, incluso si tenía menos de diez años y necesitaba por momentos la ayuda de un cajón. Luego de comer, se contarían historias. De gente loca, enamorada o ambas, de alguna pelea, de alguna despedida, de cómo siguiendo por el camino se podía ver entre las subidas y bajadas de la tierra una gran pared que se decía que había sido construida por gigantes. Pero casi todas las murallas fueron construidas por dioses o gigantes. Más arriba de las paredes, había una fuente, y el agua era helada, caída de las montañas. Imposible de calentar.
Volviendo la vista al frente y siguiendo adelante, se cruzaba un puente donde una vez se apareció un santo...
- ¿Es el mismo puente donde se tiró la cabra?
No.
En realidad creo que sí. Sí, es el mismo puente. Ahí, la aparición de un monje salvó de la caída a un par de jóvenes, eso es lo que dicen. Seguramente se estarían peleando pero nada quedó claro al final. Del monje tampoco. Unos le rezaban pero a otros la sola mención de su nombre les daba escalofríos. Y aún más la idea de cruzárselo de regreso a casa, porque eso era perfectamente posible. ¿Qué lo diferenciaba de las otras apariciones? De la anciana que avanzaba a los saltos, de las almas en pena de los hombres que trabajaban debajo del suelo, de las stregas que volaban y se reunían alrededor de higueras o tejos, de cabras enloquecidas que, súbitamente, decidían arrojarse al vacío. ¿Un hábito marrón?
Si seguimos después del puente nos vamos a otro pueblo. Es hora de dar la vuelta y volver a casa. Ya hay menos luz y el frío volvió a notarse. Y el miedo también. Pero no tan lejos, las casas titilan, llamando, y se están acercando cada vez más.

03 mayo, 2010

Revelado

Que haya un público termina siendo más bien un problema. O por ahí son dos cosas bien distintas que valdría la pena plantear. Una función es la del contar, el desparrame de la noticia, el movimiento exógeno del yo hacia el mundo, y algo que parece estar más relacionado con la oralidad. Lo otro es la introspección o una implosión de la conciencia, un instinto de muerte, todo eso que se escriba morirá con el sujeto, y es justamente la escritura la expresión de este movimiento. Claro que la función principal de la escritura es lo contrario y es más una expansión de los límites de la oralidad en cuanto a la circulación de información. Pero la escritura es también oculta y ocultante, puede ser un código común así como un código secreto.
Los otros son parte de lo primero. Y tal vez no exista lo segundo sin ellos.
Los otros, además, son el límite. La escritura tal vez pueda romper o jugar con ese límite. Frente a esa frontera del poder decir, poder escribir, se puede apelar a la frontera de la legibilidad, pudiendo decir todo de manera encriptada y sin necesidad de hacerse cargo de lo dicho.
La escritura totalmente libre y desnuda es seguramente la que no se muestra.