11 mayo, 2010

Recorrido

Todo recorrido por el pueblo tendría que empezar por el centro, y tendría que haber una buena razón para que ese lugar sea el centro. Pero acá no había centro. Así que uno podía agarrar o inventar cualquier extremo del camino, que sólo existía en pocos lugares.
Al principio había una bajada y a la izquierda aparecía una pequeña construcción que hacía de colegio. Su definición era visible hasta las rejas y después no quedaba más, se lo había llevado el caminar hacia adelante, el bajar de los pasos. Las sombras se acumulaban hacia una acequia y con un salto se llegaba al otro lado. El lugar de las casas.
Saliendo del camino y subiendo otra vez, se podía dejar Siringe abajo y entrar en el Morso, donde la selva hincaba sus fauces desde los montes y donde el frío antes del bosque hacía invaluable el pan plano y duro y casi gris del pueblo, un pan que quizás ni la selva podría morder. Tal vez no estaban destinados a hacer pan, por ahí ese pan era un simulacro de panes que apenas se habían rozado con la vista. Uno trata de verle el lado bueno, es difícil. Creo que no me gusta ese pan, y aún así, estoy seguro de que en algún momento lo voy a extrañar.
Las casas, algunas casas, estaban más cercanas: generalmente emparentadas. Seguramente adentro y a esta hora donde el frío casi no se siente, se podía ver a una mujer encargándose de la comida, incluso si tenía menos de diez años y necesitaba por momentos la ayuda de un cajón. Luego de comer, se contarían historias. De gente loca, enamorada o ambas, de alguna pelea, de alguna despedida, de cómo siguiendo por el camino se podía ver entre las subidas y bajadas de la tierra una gran pared que se decía que había sido construida por gigantes. Pero casi todas las murallas fueron construidas por dioses o gigantes. Más arriba de las paredes, había una fuente, y el agua era helada, caída de las montañas. Imposible de calentar.
Volviendo la vista al frente y siguiendo adelante, se cruzaba un puente donde una vez se apareció un santo...
- ¿Es el mismo puente donde se tiró la cabra?
No.
En realidad creo que sí. Sí, es el mismo puente. Ahí, la aparición de un monje salvó de la caída a un par de jóvenes, eso es lo que dicen. Seguramente se estarían peleando pero nada quedó claro al final. Del monje tampoco. Unos le rezaban pero a otros la sola mención de su nombre les daba escalofríos. Y aún más la idea de cruzárselo de regreso a casa, porque eso era perfectamente posible. ¿Qué lo diferenciaba de las otras apariciones? De la anciana que avanzaba a los saltos, de las almas en pena de los hombres que trabajaban debajo del suelo, de las stregas que volaban y se reunían alrededor de higueras o tejos, de cabras enloquecidas que, súbitamente, decidían arrojarse al vacío. ¿Un hábito marrón?
Si seguimos después del puente nos vamos a otro pueblo. Es hora de dar la vuelta y volver a casa. Ya hay menos luz y el frío volvió a notarse. Y el miedo también. Pero no tan lejos, las casas titilan, llamando, y se están acercando cada vez más.

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