29 junio, 2010

Ceratiidae

El Encuentro Internacional de Ciencia se había celebrado hace unos veinte años y habían asistido científicos de todo el país porque venía un tipo muy conocido. No recuerdo quién era ni qué estudiaba pero en esa época me lo imaginé como un viejito simpático, medio loco y hippie que saltaba a frenar una pelea entre mi profesora y otra tipa que le había robado una idea. El viejito les decía que lo importante era la investigación y el conocimiento y lograba calmarlas a las dos. Por un bien mayor. Bah, no sé por qué pensé eso. Tal vez eso es lo que hacían los científicos cuando se reunían.
Si tenían objetivos específicos, mi profesora nunca me lo dijo. La clase siguió y todo se fue para otro lado.
¿Viste esos peces?¿Los que están bien abajo y llevan una luz? Parecen cosas que ya no deberían estar acá. El océano está lleno de preguntas que jamás podrán ser resueltas, por eso el hombre tal vez prefiere irse para arriba que para abajo. A veces abajo, a veces arriba. Estos peces parecen dibujos del pasado. Eso no es ciencia. Pero estos peces son los que tienen dientes largos y una antena luminosa, un anzuelo. Sólo las hembras son así. Los machos son mucho más chicos. Se llama dimorfismo sexual, si nos ponemos serios, y pasa en todos lados. Cuando los machos maduran sexualmente se alojan en la hembra. Con el tiempo, su sistema circulatorio se une al de su pareja, sus testículos se agrandan pero el resto del cuerpo se achica y se atrofia y, en definitiva, se convierte en un parásito de la hembra. Y la luz, bueno, la luz no es para otra cosa que cazar a la presa.

22 junio, 2010

El inventor

Estuvo un año nada más, mientras cursábamos la secundaria, y sólo nos dio clases a nosotros, por eso seguramente poca gente lo recuerda. Había sucedido a un profesor que aún no entiendo cómo terminó en nuestro colegio. Esto fue hace mucho pero entonces ya pensaba que en la cara de este tipo se notaba la ineptitud, la ignorancia y todo esto acompañado con un toque de perversión. No entiendo cómo lo dejaron pasar, tal vez eso demuestre a fin de cuentas lo poco que importábamos nosotros en esa escuela.
Pero finalmente se fue -no recuerdo por qué- y al año siguiente llegó este profesor nuevo. Acerca de lo que pudo enseñar, no era tan diferente al anterior: tenía una incapacidad absoluta para llevar adelante una clase. Difícilmente conseguía hacer callar a todos; yo a veces lo hacía pero más por lástima que por respeto. La pedagogía de este sujeto se canalizaba por otro lado: era un inventor grotesco. Lo que hacía era imaginar y armar aparatos que demuestren cosas que ya habían sido demostradas antes pero haciendo un gran rodeo por lo rebuscado y sobrecargado que resultaba en un nuevo experimento para demostrar lo mismo. Algo así como una ciencia barroca.
Cada semana, sacaba de una bolsa un nuevo asunto complicado. Con una aspiradora en reversa y un tubo y una pelota trató de comprobar la eficiencia de las fórmulas de tiro oblicuo. Fue uno de los experimentos normales y más o menos tuvo el efecto deseado. Otra vez sacó una estructura que permitìa demostrar que dos objetos caen al mismo tiempo al suelo, independientemente de la velocidad que tengan horizontalmente. De alguna manera, al golpearse una bola que salía disparada hacia un costado, al mismo tiempo se soltaba una en caída libre. No pudo hacer que funcione. Cuando preparaba un experimento, no decía mucho qué era lo que tenía planeado hacer, ni pedía ayuda alguna. Entonces nos quedábamos sentados, en silencio, mirándolo. Para otro trabajo, llegó incluso a sacrificar la rueda de la bicicleta de su hijo. Era un trabajo de movimiento circular, seguramente. Algo de la aceleración centrípeta, la velocidad tangencial, los radianes...
Este sistema, que pretendía entusiasmarnos con la Física, no lo logró demasiado. Aunque sí tuvo éxito el proyecto del Péndulo de Foucault que armamos con una altura de veinte o treinta metros. Empezó a oscilar en un plano y con el tiempo fue adoptando un movimiento elíptico cuyo eje iba rotando, porque el péndulo no está sometido como nosotros al movimiento de rotación de la Tierra, oscila eternamente en el mismo plano pero nosotros sí giramos. También depende de la latitud en la que nos encontremos pero eso era la parte aburrida, cuestión de ajustar algunos números.
El resto del colegio no se mostró muy entusiasmado con el asunto y al año siguiente, el profesor había sido reemplazado. Muchos se habían quejado de que intentaba explicar pero terminaba no explicando nada, sino retorciendo y enredando la explicación. Casi todos necesitaron un profesor particular. Fueron al mismo. Decían que les había salvado la vida. Para mi ese tipo era un infeliz: una vez los acompañé y no entendía a qué se debía tanta admiración.

14 junio, 2010

Andando

En estos días la gente hablaba poco, pedía el boleto y se iba para atrás, goteando. Mojando, mojando todo de una manera increíble. Cada uno en su mundo, sólo que esta vez se notaba, por ahí así era mejor. Las horas pasaban rápido y la lluvia había afectado ese camino usual, descubriendo ángulos ocultos hasta el momento, ángulos que el sol no podía hacer brillar. Encontrar lo nuevo y diferente en lo pequeño me divertía, como si fuera un relojero. Pero no lo era, claro.
La gente fluía con rapidez. Se subía por pocas cuadras, para no mojarse. Cada cinco minutos miraba para atrás y el panorama era completamente diferente. Me gusta el asiento de atrás y al medio, y las personas que viajan ahí. Siento que se siente más el colectivo. Había asientos vacíos, a pesar de la gente que había. Cuestión de ahorrar tiempo o esfuerzo. No sé para qué. Después de todo estaban viajando a unos, no sé, treinta o cincuenta kilómetros por hora, a casi un metro del piso, estáticos, parados.
- ¡Qué lluvia!
- Sí...
Cada lluvia parece la última.
Lo vi venir y vi que lo seguían. Me pasaron, por la vereda, un semáforo y todo lo demás. Se me adelantaron hasta la siguiente parada, donde él subió. Me pidió el boleto y se quedó ahí cerca, revisando sus cosas. No se dio cuenta de que lo seguía desde muchas cuadras, de que incluso había corrido y maquillado la situación para que todo pareciese accidental. Pero no lo era. Iba adelante, pero paró en una librería para asegurarse de que era él. Esperó un poco y se dio cuenta de que demasiado. Salió corriendo. Pidió perdón. Llegó. No contaba con que iba a subir al colectivo. Se fue. La desilusión era evidente en su cara pero él nunca se dio cuenta. Cada uno en su puto mundo.