El Encuentro Internacional de Ciencia se había celebrado hace unos veinte años y habían asistido científicos de todo el país porque venía un tipo muy conocido. No recuerdo quién era ni qué estudiaba pero en esa época me lo imaginé como un viejito simpático, medio loco y hippie que saltaba a frenar una pelea entre mi profesora y otra tipa que le había robado una idea. El viejito les decía que lo importante era la investigación y el conocimiento y lograba calmarlas a las dos. Por un bien mayor. Bah, no sé por qué pensé eso. Tal vez eso es lo que hacían los científicos cuando se reunían.
Si tenían objetivos específicos, mi profesora nunca me lo dijo. La clase siguió y todo se fue para otro lado.
¿Viste esos peces?¿Los que están bien abajo y llevan una luz? Parecen cosas que ya no deberían estar acá. El océano está lleno de preguntas que jamás podrán ser resueltas, por eso el hombre tal vez prefiere irse para arriba que para abajo. A veces abajo, a veces arriba. Estos peces parecen dibujos del pasado. Eso no es ciencia. Pero estos peces son los que tienen dientes largos y una antena luminosa, un anzuelo. Sólo las hembras son así. Los machos son mucho más chicos. Se llama dimorfismo sexual, si nos ponemos serios, y pasa en todos lados. Cuando los machos maduran sexualmente se alojan en la hembra. Con el tiempo, su sistema circulatorio se une al de su pareja, sus testículos se agrandan pero el resto del cuerpo se achica y se atrofia y, en definitiva, se convierte en un parásito de la hembra. Y la luz, bueno, la luz no es para otra cosa que cazar a la presa.
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