22 junio, 2010

El inventor

Estuvo un año nada más, mientras cursábamos la secundaria, y sólo nos dio clases a nosotros, por eso seguramente poca gente lo recuerda. Había sucedido a un profesor que aún no entiendo cómo terminó en nuestro colegio. Esto fue hace mucho pero entonces ya pensaba que en la cara de este tipo se notaba la ineptitud, la ignorancia y todo esto acompañado con un toque de perversión. No entiendo cómo lo dejaron pasar, tal vez eso demuestre a fin de cuentas lo poco que importábamos nosotros en esa escuela.
Pero finalmente se fue -no recuerdo por qué- y al año siguiente llegó este profesor nuevo. Acerca de lo que pudo enseñar, no era tan diferente al anterior: tenía una incapacidad absoluta para llevar adelante una clase. Difícilmente conseguía hacer callar a todos; yo a veces lo hacía pero más por lástima que por respeto. La pedagogía de este sujeto se canalizaba por otro lado: era un inventor grotesco. Lo que hacía era imaginar y armar aparatos que demuestren cosas que ya habían sido demostradas antes pero haciendo un gran rodeo por lo rebuscado y sobrecargado que resultaba en un nuevo experimento para demostrar lo mismo. Algo así como una ciencia barroca.
Cada semana, sacaba de una bolsa un nuevo asunto complicado. Con una aspiradora en reversa y un tubo y una pelota trató de comprobar la eficiencia de las fórmulas de tiro oblicuo. Fue uno de los experimentos normales y más o menos tuvo el efecto deseado. Otra vez sacó una estructura que permitìa demostrar que dos objetos caen al mismo tiempo al suelo, independientemente de la velocidad que tengan horizontalmente. De alguna manera, al golpearse una bola que salía disparada hacia un costado, al mismo tiempo se soltaba una en caída libre. No pudo hacer que funcione. Cuando preparaba un experimento, no decía mucho qué era lo que tenía planeado hacer, ni pedía ayuda alguna. Entonces nos quedábamos sentados, en silencio, mirándolo. Para otro trabajo, llegó incluso a sacrificar la rueda de la bicicleta de su hijo. Era un trabajo de movimiento circular, seguramente. Algo de la aceleración centrípeta, la velocidad tangencial, los radianes...
Este sistema, que pretendía entusiasmarnos con la Física, no lo logró demasiado. Aunque sí tuvo éxito el proyecto del Péndulo de Foucault que armamos con una altura de veinte o treinta metros. Empezó a oscilar en un plano y con el tiempo fue adoptando un movimiento elíptico cuyo eje iba rotando, porque el péndulo no está sometido como nosotros al movimiento de rotación de la Tierra, oscila eternamente en el mismo plano pero nosotros sí giramos. También depende de la latitud en la que nos encontremos pero eso era la parte aburrida, cuestión de ajustar algunos números.
El resto del colegio no se mostró muy entusiasmado con el asunto y al año siguiente, el profesor había sido reemplazado. Muchos se habían quejado de que intentaba explicar pero terminaba no explicando nada, sino retorciendo y enredando la explicación. Casi todos necesitaron un profesor particular. Fueron al mismo. Decían que les había salvado la vida. Para mi ese tipo era un infeliz: una vez los acompañé y no entendía a qué se debía tanta admiración.

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