01 febrero, 2010

Las Noches

De día atravesaban los campos separando cuidadosamente los grandes tallos que los superaban en altura, por abajo huían los ratones. Era época de cosecha. Las barbas del choclo se habían oscurecido y ya era hora de separarlo de la planta. Atravesaban los campos con canastas y bajo el sol. Eso no requería mucho tiempo. Pero luego había que sacar las hojas y limpiarlos. Eran muchas familias, así que cada noche se concentraban en preparar la cosecha de una familia determinada, y a la noche siguiente harían lo mismo con la de sus vecinos, y luego con los otros.
Los nombres y los apellidos eran muy comunes, de manera que familias no emparentadas los compartían y siempre era muy confuso el referirse a alguien en particular. Por eso, se llamaban con contra-nombres, cada familia tenía uno: era como un segundo apellido que, tal vez, los definía más exactamente. Así se entendía a dónde irían a ayudar esa noche y las siguientes.
Se sentaban en ronda, la montaña verde y dorada en el medio, y charlaban y tomaban vino mientras sus manos se ocupaban de cosas más simples. El verano le ganaba a la noche y la convertía en un terreno de juego, sin lugar para el miedo, era un mundo de libertad y un silencio siempre al borde de estallar en carcajadas, dormir era innecesario. Se contaban historias que en el fondo siempre se creían: gente y otras cosas que veían, experiencias, amores, filtros, venenos y muertes. Había algunos instrumentos y algunos instrumentistas lo suficientemente no experimentados como para no dejar de divertirse, distanciándose de la fiesta, y tanto la buena ejecución como el error evidente eran recibidos con risas o gritos o cosas en el medio. Tocaban todos, paraba uno, y no importaba, descansaba el otro y le alcanzaban un vaso de vino, y no importaba, y luego casi todos decidían que tenían más ganas de beber y charlar, quedando al final sólo una guitarra. Y sobre unos débiles arpegios, los demás se echaban encima de la cabeza unas máscaras que habían fabricado esa misma tarde...
-¿Para ocultarse de los diablos?
No, sólo se divertían. Se asustaban a ellos mismos y se escondían de ellos mismos. Saltaban de atrás de los árboles, se metían entre los pastos, entregaban flores a las mujeres y huían mientras ellas se reían, pensando que esas máscaras no engañaban a nadie.
A veces, otras personas de otros lugares cruzaban el río y entraban a Siringe sin buenas intenciones, a buscar peleas. Claro que a veces, también salían algunos de Siringe, cruzaban el río y los montes, y entraban a otros pueblos con no mejores propósitos. La noche era tanto aliado como enemigo, y en el cielo volaban piedras invisibles, oírlas era más fácil. Lo cierto es que las noches no eran tan divertidas si no tenían un poco de esto.
Cuando el final estaba cerca y se olía el regreso del sol, algunos habían perseguido a sus enemigos hasta el río pero era demasiado tarde para cruzarlo, tal vez la noche siguiente. Al final, no había tanto que perder y otros se sacaban las máscaras e iban a dar una vuelta al son de las cigarras y los grillos con la chica a la que antes habían entregado una flor. Y si aún no se animaban o ellas no aceptaban, bueno, tal vez lo lograran la noche siguiente. Otra canción con o sin errores -no importaba demasiado-, otra historia con robo de alientos y gritos ahogados, otra máscara más cuidada, más grotesca, más colorida, más secreta, tal vez, la noche siguiente.

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