De día atravesaban los campos separando cuidadosamente los grandes tallos que los superaban en altura, por abajo huían los ratones. Era época de cosecha. Las barbas del choclo se habían oscurecido y ya era hora de separarlo de la planta. Atravesaban los campos con canastas y bajo el sol. Eso no requería mucho tiempo. Pero luego había que sacar las hojas y limpiarlos. Eran muchas familias, así que cada noche se concentraban en preparar la cosecha de una familia determinada, y a la noche siguiente harían lo mismo con la de sus vecinos, y luego con los otros.
Los nombres y los apellidos eran muy comunes, de manera que familias no emparentadas los compartían y siempre era muy confuso el referirse a alguien en particular. Por eso, se llamaban con contra-nombres, cada familia tenía uno: era como un segundo apellido que, tal vez, los definía más exactamente. Así se entendía a dónde irían a ayudar esa noche y las siguientes.
Se sentaban en ronda, la montaña verde y dorada en el medio, y charlaban y tomaban vino mientras sus manos se ocupaban de cosas más simples. El verano le ganaba a la noche y la convertía en un terreno de juego, sin lugar para el miedo, era un mundo de libertad y un silencio siempre al borde de estallar en carcajadas, dormir era innecesario. Se contaban historias que en el fondo siempre se creían: gente y otras cosas que veían, experiencias, amores, filtros, venenos y muertes. Había algunos instrumentos y algunos instrumentistas lo suficientemente no experimentados como para no dejar de divertirse, distanciándose de la fiesta, y tanto la buena ejecución como el error evidente eran recibidos con risas o gritos o cosas en el medio. Tocaban todos, paraba uno, y no importaba, descansaba el otro y le alcanzaban un vaso de vino, y no importaba, y luego casi todos decidían que tenían más ganas de beber y charlar, quedando al final sólo una guitarra. Y sobre unos débiles arpegios, los demás se echaban encima de la cabeza unas máscaras que habían fabricado esa misma tarde...
-¿Para ocultarse de los diablos?
No, sólo se divertían. Se asustaban a ellos mismos y se escondían de ellos mismos. Saltaban de atrás de los árboles, se metían entre los pastos, entregaban flores a las mujeres y huían mientras ellas se reían, pensando que esas máscaras no engañaban a nadie.
A veces, otras personas de otros lugares cruzaban el río y entraban a Siringe sin buenas intenciones, a buscar peleas. Claro que a veces, también salían algunos de Siringe, cruzaban el río y los montes, y entraban a otros pueblos con no mejores propósitos. La noche era tanto aliado como enemigo, y en el cielo volaban piedras invisibles, oírlas era más fácil. Lo cierto es que las noches no eran tan divertidas si no tenían un poco de esto.
Cuando el final estaba cerca y se olía el regreso del sol, algunos habían perseguido a sus enemigos hasta el río pero era demasiado tarde para cruzarlo, tal vez la noche siguiente. Al final, no había tanto que perder y otros se sacaban las máscaras e iban a dar una vuelta al son de las cigarras y los grillos con la chica a la que antes habían entregado una flor. Y si aún no se animaban o ellas no aceptaban, bueno, tal vez lo lograran la noche siguiente. Otra canción con o sin errores -no importaba demasiado-, otra historia con robo de alientos y gritos ahogados, otra máscara más cuidada, más grotesca, más colorida, más secreta, tal vez, la noche siguiente.
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