El viaje era un juego de mitades: la constante búsqueda de la mitad del camino y la organización del viaje en torno a ello, la ruta dividiendo la eternidad en dos, partiéndola al medio, el descubrimiento de un horizonte que antes no era visible y que ahora expresa como nunca antes la no-unión entre el cielo y la tierra, ese paso gigante e infranqueable, esos polos irreconciliables, amantes que fueron separados de su lecho por el Tiempo.
El viaje, el camino, es una línea que marca la interfase, el choque; y a partir de ahí, los lados se van borroneando hacia el infinito, la nada, no hay manera de evitarlo. Bordeo un pueblo, empieza donde empieza el camino, al costado. Y luego... a uno le gustaría pensar que después de ese pueblo viene una montaña o un río, alguna especie de límite, de frontera, de final. Pero no. La realidad es que no hay un límite. El pueblo se va borroneando gradualmente y al final sólo queda el campo. Nada.
Los caminos están hechos así y el mundo está organizado en base a ellos, empieza donde ellos terminan. No son simples líneas, trazos con una sola dimensión. Son espacios y son tiempos, son lugares de eterna lucha y conflicto.
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