22 enero, 2010

El primero

El mayor abandonó Europa a mediados de siglo, casado, con promesas bajo el brazo y ningún plan en mente. Buenos Aires atravesaba una metamorfosis lingüística: el italiano se iba impregnando imperceptiblemente a la lengua castellana en el habla doméstica, y el inglés llegaba etiquetado a diferentes cosas que se importaban desde el centro del mundo. A duras penas podía lidiar la pronunciación española con estos dos idiomas, pero al final siempre encontraba el modo de articularlos.
El mayor huía de la guerra y de la matanza, la columna hueca de ladrillos, alzada contra el cielo y vomitando sobre él.
Caminó por Buenos Aires, por las calles angostas y muros altos que exhalaban la opresora e inédita experiencia de la ciudad. Para él era éste el lugar donde todo podía pasar, el otro lado: todo era grande pero además, estaba vacío. Vacíos los espacios, vacíos los puestos, vacías las casas, vacíos los ojos. Como la columna hueca de su tierra, como la distancia que lo separaba ahora de allí. La ciudad vacía, la ciudad azul que se había ido desgastando y ahora era sólo gris.
Siguió caminando y cruzó el río.

No hay comentarios:

Publicar un comentario