20 enero, 2010

El pueblo

Siringe estaba metido entre las montañas y muy lejos, no era fácil llegar ahí para nadie ni para nada. Por eso parecía perdido en el tiempo: la guerra y la tecnología del siglo XX habían pasado por allí tan levemente como un rumor, y Siringe había permanecido indiferente, como si no le afectara demasiado. Ya le afectaría, era inevitable. Pero en ese entonces parecía más cercana al siglo diecinueve que al veinte. La ley y el estado no estaban o no importaban demasiado. Había cosas sin duda más importantes.
Cuando visité Siringe hace unos años, era muy diferente de como me lo habían pintado. Ahora, lejos de ser un pueblo, era una pequeña ciudad. Parecía más gris y los autos giraban a su alrededor. Pero no esperaba mucho más. El daño llegaría tarde o temprano, y acá ya se había retrasado bastante. Esta ciudad no me importaba.
Me importaba un pueblo que nunca podría conocer personalmente. Un pueblo soleado y con sus propias reglas, por donde correteaba y bailaba la gente que yo conocía desde siempre y ellos me conocían a mí.

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