24 enero, 2010

Gualicho

Me molestaba esperar entre la gente con sus bolsas y las frutas y verduras y los gatos y todo eso. Pero cerré los ojos -era la hora de la siesta- y esperé a que me atiendan.
- Y recién me vengo desde su casa. Estaba mal, la pobre, muy mal, muy mal, yo no sé por qué le tiene que pasar esto a uno pero hay que aceptarlo.
- ¿Y tiene idea de donde salió todo?
- ... Mirá, no sé, yo le dije y no me quiso escuchar: yo le dije que esto era un trabajo de alguien.
- Me hace acordar al hijo de mi prima. Mi prima, ¿vió? El hijo andaba loco, enamorado de una chica. Yo la conocí a la chica, simpática pero ¿viste cuando algo no te cierra? Yo la saludé y charlé con ella. Pero la chica se iba a Mendoza y se lo quería llevar con ella. Y el otro, pobre, estaba enamoradísimo, estaba como loco por ella. Y se fue, y no quería volver, no quería saber nada. La mamá le dijo, le pidió por favor, que vuelva, que vuelva por ella. Pero el chico no quería saber nada. Y si vieras allá, cómo vivían. La mamá siempre decía algo de un cinturón que ella le había regalado, y el nene lo usaba siempre. Yo no sé mucho sobre eso, pero quisieron sacarle el cinturón, llevárselo, tirarlo, le dijeron y todo pero el chico no quería saber nada de nada. Mirá, la mamá fue, y le pidió, por ella, que vuelva y el chico nada. Es serio el asunto, estas cosas... son fuertes ¿no?
- ¿Y entonces? ¿Qué pasó, se quedó a vivir allá?
- No no, lo convencieron al final. El papá le compró un auto y se volvió a Buenos Aires nomás. Está viviendo acá con los padres, otra vez.
- Ay, bueno, qué suerte que al final salió todo bien...

Abrí los ojos y no pude evitar sonreírme. La ciudad demanda nuevas reglas, acá no hay gualicho que valga. Las moscas deambulaban por la piel de las frutas, quedaban dos personas adelante mío.

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