Supongo que hay un momento que no es exactamente uno, sino algo más largo e inexacto, algo así como si agregáramos muchas úes al un para hablar de algo que es concreto pero que no es tan uno. En realidad hay muchos momentos así, pero siempre hay uno referido a una cosa particular. Y la mayoría de esos momentos, sucedieron en un tiempo determinado, que ya no recuerdo cuál es. Una edad determinada... no sé cuál. Pero estoy seguro de que está entre los nueve y doce años. Todas las cosas que no recuerdo, todas las preguntas que me hago, creo que están atadas -la mayor parte- a esos pocos años. De vez en cuando llega algo, como de la nada, que lo sabía y lo tenía asumido pero me daba cuenta de que nunca había meditado sobre eso. Cabos sueltos. Pero si uno debiera interrogar y ordenar todos los años de su vida, no habría tiempo para otra cosa.
Tuve amigos como por oleadas. Reconozco al menos cuatro. Al principio me consideraba una persona sociable y me gustaba hacerme amigos. De esa primera época siento que fue arrebatada, que fue algo que quedó en el aire. La segunda ya fue un poco más adulta, por lo que también más sometida a las cosas adultas, todos los vicios, la desconfianza, todo eso que es tratar de aparentar. Y esa oleada se fue diluyendo con el tiempo. De la tercera y cuarta no hay mucho que decir porque son las actuales y las que más entiendo, pero tampoco es que lo entienda del todo.
Nos llevábamos muy bien, o más bien, nos llevábamos mucho. No había más gente y yo no estaba en condiciones de relacionarme con otras personas, más grandes que yo, no todavía. Y en el momento de mayor vértigo, nos separamos. Pensaba que la cosa iba a terminar ahí, como pasa siempre. Pero siguió comunicado, hablábamos siempre y yo me había convertido en su mayor confidente.
Todo tiene una fecha de vencimiento. Y sentía que ya venía. El tiempo, el no hablar, los cambios en cada uno. Y entonces volviste y se me vienen diez mil canciones al respecto, que podría ponerme a cantar y eso sólo me haría sentir peor, ¿por qué nunca habré aprendido a tocarlas? No creo que sea algo específico: esto. Sino lo que pasa siempre, seis meses esperando para una noche que duró tres horas, y que ni bien empezó no pude dejar de pensar que eso iba a terminar, y que no importa barrer las hojas y cortar el pasto porque en algún momento de todos modos van a dejar de hacerlo, que andar por una ciudad vacía y oscura acompañando a alguien entre extraños es sólo provisorio, que exactamente cuando estoy empezando a hablar con gente, ya pasó un año entero y es hora de seguir adelante, que el Heike arranca diciendo que en el sonido de las campanas del monasterio de Gion resuena la caducidad de todas las cosas y cuando lo repito todos piensan que es una boludez, que tal vez todo es culpa de aferrarse a todo pero ¿cómo parar?¿cómo arrancarse de alguien, cuando uno no es en otro algo que se ajusta o que se pega, sino algo más comprometido, algo que está clavado y cuya extirpación significa daño? Miedo. No sé si te quedás o te vas. Pero mientras tanto tengo miedo. De que así como ahora siento que entonces me faltaron muchas cosas por hacer, ahora no esté haciendo muchas cosas que más adelante sienta que debí haber hecho. Los tiempos verbales son impecables, no hace falta revisar. Ese mes no hubo tiempo para nada. Tres años antes, había recorrido unos dos meses el sur, con la cabeza en otro lado, a la espera de noticias del este. Las últimas me llegaron en Santa Rosa, en un hotel como de siesta y ocupantes invisibles o flotantes. Y nada más. El resto del viaje fue una continua indagación, en cada lugar que podía, de novedades, pero hasta que volví no supe nada nuevo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario