15 diciembre, 2010

Elegía

El primer sueño del año, del año pasado, lo sentí importante. Es decir, no en ese momento, pero fue un sueño que volvió muchas veces a mi memoria en momentos totalmente inesperados. Como ocurrió hace dos semanas. Quise recordar cuándo lo había soñado y lo busqué en el diario de sueños pero no estaba, traté de hacer memoria pero tampoco. Si recordaba tanto un sueño, tenía que ser porque lo había anotado en algún lado. Y hoy, revisando entre las cosas que había escrito a principios del año pasado, para ver qué había hecho entonces, lo encontré. Es la primera cosa que escribo en el año. Hay un 2010 un poco más grande que mi letra normal, la fecha y abajo empieza.
Hoy soñé que estaba -o tal vez formaba parte- con un ejército de... ¿soldados? Era como una legión, o una secta, con una historia muy larga. Usaban armaduras y trajes color violeta, y tenía la sensación de que eran rusos, o de algún lugar del norte de Europa. La orden había tenido un gran esplendor en el pasado y actualmente seguían siendo muchísimos. La cuestión es que hace ya bastante tiempo que habían derrumbado una estatua que los homenajeaba a ellos y tenían la idea de que era hora de reemplazarla. El pedestal continuaba ahí, aunque vacío. Querían llenarlo con una imagen más moderna y magnífica que la anterior, imponente. Pero yo pensaba que los tiempos habían cambiado, que la estatua estaba ubicada en una zona límite con otro país, un tanto confusa, y que colocar nuevamente la estatua llevaría a un conflicto.
Siempre traté de encontrarle un significado, para divertirme. Se me ocurrió que podría ser una vida anterior. Pero más tarde, hace unas semanas, estaba estudiando sobre indoeuropeo y ahí me di cuenta de que encajaba perfectamente ese sueño con mi ideal de esa supuesta civilización. Claro que entonces yo sabía muy poco sobre indoeuropeo pero perfectamente pudo estar basado en mi proyección íntima del asunto. En ese instante de feliz reconocimiento, me di cuenta de otra cosa, me di cuenta de que no había terminado de entender el sueño del viejo, porque ahora sí lo entendía, lo entendía completamente porque era igual que el mío: era el intento desesperado e inútil de bucear, de sujetar algo que jamás habría de ser sujetado de ninguna manera.
¿Qué es todo esto? Primero sentía silencio. Después empezaron a aparecer otras cosas, ¿pero por qué?¿Porque de repente habían empezado?¿O porque de repente fui capaz de percibirlas? Al silencio siguieron los pájaros, y los graznidos me molestaron, pensé que alguna bandada habría estacionado brevemente encima mío. Más tarde, otro día, cayó una piña desde lo alto. Los pinos estaban repletos de ellas pero hasta el momento no había pasado nada. Entonces todas las ramas empezaron a crujir, como si estuvieran a punto de dejar caer a sus frutos infértiles, todos al mismo tiempo, como si personas escondidas en las alturas chasquearan los dedos, y en realidad fuera todo alguna especie de broma. Pero pasó. Y luego empezó el zumbido de los insectos. No sé qué insectos, pero se me hizo insoportable y la causa de toda esta locura probablemente haya sido el silencio y la quietud. Pero las piñas siguen cayendo. En las cosas que menos espero y menos me agradan siento que mi vida se resbala como un líquido y toma su forma. Son fantasmas o cadáveres animados por mi cabeza, sus venas y arterias secas se llenan otra vez con mi humorismo. Las piñas, el viejo, el bosque de mierda ese, que es más bien una esperanza, alguna especie de motor pero que no puedo arrancar. Que es la perfecta solución al problema, que lo pego en la heladera con un imán comprado en el Puerto de Frutos pero que... no es que no funcione, sino otra cosa. Al final hay siempre un descenso y ascenso, una ida y una vuelta, y a estas alturas ya no sé si hay cambio o no.
Y los bichos se pegan a la pantalla como si fueran otras letras nuevas. El fondo negro con escritura blanca me relaja. El escritorio donde todo se arma me pone tenso. Voy a parar un poco antes de acostarme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario