(Ahora todo es oscuro y turbio, es agua negra en la que no existen tanto las direcciones. Los focos de la luz de la calle crean círculos de salvación, mundos autónomos en los que la realidad tiene aún algo de lo que era unas horas atrás. Vamos caminando juntos. En realidad me está guiando, conduciéndome a través de la selva oscura.)
- El problema es que diga lo que te diga, no va a cambiar nada, vas a seguir siendo como sos, golpeándote contra todas las paredes.
- Vos decidiste dejar de ver esas paredes, hacer como si no existieran.
- Y eso es lo que hay que hacer. La forma de vida que llevás, el modo en que pensás, eso es lo que te está haciendo mierda.
- Las paredes existen independientemente de uno.
- No
(Sí. Me queda clarísimo el tipo de persona que pensás que sos. Así y todo yo pienso que podrías ser completamente diferente. Y que en el fondo hay otra cosa, hay un núcleo muy difícil de ver, que está más allá de todos los accidentes de tu vida)
- Venía por la calle y pensé que te vi, viniendo hacia mi por la misma vereda. Pero sospeché... había algo que no estaba bien. A tiempo me crucé, primero titubeando sobre el cordón y finalmente atravesando la calle como a un río. Hice bien, evité una desgracia. No se parecía en nada y desde la otra vereda me gritó si tenía cigarrillos. Le dije que no. No escuchó y volví a repetírselo, ya mirando para otro lado, y doblando la esquina.
- Bien por cruzar a tiempo.
(Pero no, que no es a tiempo. Que si te veo a vos no cruzo, y eso es una desgracia peor e inevitable)
- Pero no, que no sos mi Virgilio y mucho menos mi Beatriz.
(Ya ni me escucha. Quiero decirle lo importante que es para mi, quiero decirle que es el detonante de todo lo que escribí, o de gran parte de lo que escribí)
- Me hubiera gustado que leas lo que escribí...
- ...¿De qué hablás?
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