29 agosto, 2010

La resistencia del becerro de oro

Caminaba trastabillando por las calles de tierra, de basura, de edificios bajos y abandonados, viejos talleres y fábricas que hace mucho tiempo eran de nadie. El sol, opacado por una capa de nubes o polvo, caía sobre su piel y encendía reflejos dorados, como multiplicando la cantidad de luz, convirtiéndolo en una estrella ambulante, un astro con cuatro patas que había descendido al mundo de los mortales. ¿Cómo no iba a llamar la atención? Se dirigía al centro, muy despacio, y a su alrededor la gente se iba acumulando, deseosa de quemar sus ojos con el reflejo dorado de su piel, siguiéndolo paso a paso, formando una caravana detrás de él, una procesión, un éxodo.
Había nacido en las sombras, tomando los despojos del piso, haciéndolos parte de su cuerpo, viviendo de casa en casa, en un rinconcito, nunca se quedaba demasiado tiempo. Mucha gente pensaba que era desagradable, una ofensa a Dios o a la Humanidad, y muchas veces tuvo que vivir a la intemperie e incluso esconderse en zanjas, en los campos. Pero al punto otros empezaron a apreciar bien sus colores: eso que antes era un patchwork desprolijo y de mal gusto había terminado por cuajar en un áureo manto de pelos.
Miraba hacia adelante, a los edificios que se iban repitiendo y acumulando en el fondo, las calles abiertas hasta el vértigo, la gente pasando y una red invisible uniendo a todos, localizando a todos, registrando a todos. Parado en el cruce de calles, cross road blues. Brilló la gula en sus pupilas, su estómago crujió. Y avanzó, decidido, a una nueva conquista.
Sí, la ciudad demanda nuevas reglas, las mentes están adheridas a otro tipo de gravedad. Pero siempre está el margen, el suburbio, y desde ahí se infiltra lo pagano, se inicia el contra-ataque.
Su visión de dios le permitió mirar a lo profundo de la ciudad, y en el centro vio algo que le hizo reír: un altar. Y el altar no estaba vacío, como todos creían. Allí había uno igual a él, formado de cables y destellos eléctricos. Sudaba vino francés, su esencia desfiguraba falsamente la realidad, los ojos estaban cargados de símbolos que pasaban y pasaban y llenaban el aire de letras, números.
Sí, iba a ser difícil reemplazarlo. Pero no había nada que perder así que siguió avanzando hacia el centro, tan lentamente que muchos no lo notan. Me pregunto qué va a pasar al final. Me divierte el preguntarme qué va a pasar al final.

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