Llovía, casi siempre en Buenos Aires, y era el gemelo malvado de su ciudad abandonada. Aprendió a escribir y le gustaba escribir el nombre de la ciudad con y griega: Buenos Ayres. No sabía de dónde había salido eso, si era un error o la gente tenía sus motivos para escribirlo así. Vivía, en realidad, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad, en la provincia, que de todos modos seguía siendo una ciudad, no tan grande.
Aún así, el mayor trabajaba en el centro y terminaba por las noches caminando, perdido y encontrado por las calles y vías del tren. Y ese tren era también una pequeña ciudad oculta, con sus calles y gentes. Caminaba mucho, el mayor. Nadie sabe lo que hacía pero tampoco preguntaban, supongo que de hacerlo, él no habría respondido. Se pretende saberlo todo de una persona, pero jamás se llegará a saber la más mínima parte. ¿Cómo hacerlo si a uno mismo le es difícil conocerse? Algunos gozan del no tener que dar explicaciones, otros no. Él era uno de los primeros.
¿Qué hacía? ¿Por qué se perdía por los barrios sin rumbo fijo?
Siempre pensé que estaba buscando algo. No me lo dijo, pero lo veía en sus ojos y en los míos. Teníamos los mismos ojos, y los dos buscábamos algo, tal vez lo mismo. Tampoco se lo pregunté, él no habría respondido.
Tenía un piloto que le habían traído de Europa: el mundo siguió girando y pasó mucha agua bajo el puente, la situación era ya menos tensa. Con ese piloto gris caminaba por las veredas vírgenes, viejas y rotas, por la tierra y por los charcos de agua llenos de burbujas que anunciaban que la lluvia llegaba para quedarse.
No sabía bien qué pensar de él, y casi nadie tampoco. No termino de entenderlo. ¿Qué buscaba? No sé si miraba al mundo y a todos con tristeza, con amor, rabia, desprecio, asco o desinterés. Y es curioso. Muchos de nosotros no sabíamos qué pensaba y qué buscaba y es curioso. Se perdía, se perdía para encontrar algo. Es curioso, porque a nosotros también nos pasaba. Yo me perdía y me perdía para encontrar algo.
¿La habrá visto? La puerta secreta, la fuga. La habitación oculta y descubierta de la casa, un pasillo y un jardín. El recorrido laberíntico de la ciudad parecía anunciar un último misterio, reservado para los que pudieran leer el sentido de los caminos anudados. La puerta se abría y lo revelaba todo, pero no importaba, porque lo que importaba era entrar, nada más. Pasar por el pasillo y salir al jardín secreto con árboles de ramas que se doblaban como las calles y las vías, las hojas que nunca caían, las flores que nunca florecían ni morían, los túneles abiertos de los arbustos, las fuentes y los jóvenes bañándose en ellas, bajo el sol, como en un sueño, como el principio de un sueño y el fin de la vigilia gris cuando caía por el cielo abierto al océano, las risas y los golpes en el suelo, el agua después del estruendo, sucia y sin tierra a la vista, de donde salía la gente de piel desgastada y ojos extraños, vacíos, que en realidad era sólo un espejismo de muerte que al ser superado reveló el agua clara, el mar cercano a la orilla y la tela del paracaídas enredándose en sus piernas y brazos, soltándolo, dejándolo ir a esa orilla blanca...
Ahora sostengo su mirada y no puedo saber si me reconoce o no. Abre la boca, pero titubea y se sonríe y no dice mucho más. La habrá estado buscando, en aquel entonces, sí, como todos nosotros. Y tal vez la haya encontrado pero él nunca me lo dijo ni yo se lo pregunté.
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Me gusto.
ResponderEliminarLo escribiste vos?
sí, esa es la idea
ResponderEliminaruno de los qe más me gustó so far...
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