28 octubre, 2010

Noviembre

No me convencía seguir durmiendo de ese lado y entonces se me ocurrió darme vuelta otra vez, como antes, for old time's sake. Si todo el día había estado viviendo en el pasado y quería seguir haciéndolo, dormir de ese lado parecía el mejor recurso para conciliar el sueño. Pensé "mi polo habrá cambiado otra vez". Pensé que era un fenómeno similar al de las piedras que, cuando llegan a una temperatura muy alta y se enfrían, se solidifican también marcas o huellas en su cuerpo que se orientan al norte, al norte del momento, porque hay muchos nortes y siempre están cambiando. Los geólogos, supongo, usan esto para ver a qué época pertenece cada piedra o cada norte. Hasta ahí llegan mis conocimientos paleontológicos.
El tiempo, entonces, empezó a pasar realmente despacio. Me levanté y estuve algún tiempo analizando mi situación, sentado en la cama con las piernas cruzadas, como indio. El día parecía estar gris y oscuro pero bien podría ser esto un efecto de las paredes y estar afuera brillando el sol. No es momento de saberlo todavía. Las cosas se van acumulando en mi cabeza: siento que acopio papeles, libros, pensamientos y situaciones y tengo que ponerme a prestarle atención de a uno por vez. No lo consigo, no tengo ganas. Miro sobre el escritorio el resultado de esta acumulación. Hay lugar pero no el suficiente para poder mantener el orden. Habría que sacar la lámpara, que está medio rota desde hace un tiempo, el tema siempre de los cables flojos, aunque la verdad es que rara vez la usaba y en esas ocasiones llenó la habitación de un fuerte olor a plástico quemado. Los retratos están acorralados contra la pared, el reloj orientado de modo que no pueda ver la hora. Al fin me levanto, lo acomodo y me voy a la cocina. Hambre no tengo, cosas de la mañana. Hay platos para lavar y no hay nada mejor que hacer. Muchos tienen un orden para esto y yo, inconscientemente -hasta hace algún tiempo-, no soy la excepción: primero las cosas que están arriba y afuera, casi sobre mí, que parece que se me vienen encima, que van a empezar a invadir mi espacio y hacerse plaga. No asustarse, no desesperar. Por más posible que parezca, no ocurre, y con esfuerzo y perseverancia la pila baja y la vajilla queda reducida a su espacio natural. Una vez superado esto, se sigue con los cubiertos y los vasos, que son un fastidio siempre. Termino y vuelvo a mi cuarto, a abrir el balcón. Es interesante destacar que sí estoy en lo equivocado, que el día es soleado y fresco, que habrá que resistir esta evidente contradicción entre el afuera y el adentro. Al fin, la escenografía siguiendo el curso de los sentimientos no es nada más que un artificio de la ficción, ¿dónde está la novela realista? En algún lugar de España o Italia, pero no sé si acá. Vuelvo a la cocina, a averiguar la temperatura, la situación general, a ver si pasó algo fuera de lo normal. Me cambio, busco la billetera y las llaves y me acerco al teléfono pero no sé si llamar. Levanto el tubo y observo todos aquellos botones que no supe nunca para qué servirían y ahora ya es muy tarde. Aprieto uno y el tono se corta por un segundo y vuelve con el sonido de ocupado. Cuelgo y me voy a la cocina otra vez, a ver si me falta algo. No sé si cambiarme la remera. Es gris. Tengo ganas de llevar una blanca. Casi a punto de decidirme a subir cambio de idea. Ya está, voy así. El negro quedó descartado desde el principio, por el sol, por supuesto, por las cuadras al sol que hay que caminar. Nuevamente me pregunto si me falta algo, y voy revolviendo hasta la puerta, alargando los pasos, muy pausadamente. Y llego a la puerta sin recordar nada. Miro distraído el suelo y pasan algunos segundos sin que me de cuenta. Si me estuvieran filmando, ésta sería una de esas partes de las películas en las que hay una escena larga y silenciosa donde los sonidos corporales de los espectadores pueden oírse claramente y entonces se mueven incómodos en sus asientos y tratan de que creamos que nada pasó. O al menos eso es lo que hago yo. Pero en realidad no hay espectadores ni ruidos corporales ajenos a los míos y cuando me doy cuenta de que estoy pensando estas cosas con la mano en la manija de la puerta, sacudo la cabeza como para apartar ese velo de fantasía y abro. La puerta está abierta y me conduce al pueblo.
El tiempo. Ya no sé si pasa despacio. Pero pasan muchas cosas y no pasa nada. La realidad está como inflada de acciones que existen pero que no significan nada. El resto de la tarde, me voy moviendo de un lado a otro, de la cocina al patio, viendo llegar a la gente, viendo cómo se saludan, pero en definitiva no voy a ningún lado, no hago nada. Sólo relleno el tiempo. El resto es vaciedad. Y cuando siento que verdaderamente ya he hecho mucho o por lo menos algo, miro la hora y me doy cuenta de que no pasó nada. Miro alrededor mío, el ambiente claustrofóbico, la monotonía de las horas de la siesta, y no pasó nada. ¿Qué más podría decir?¿Qué debería hacer?¿Qué otra cosa debería pasar?
La procesión va por dentro y es larga y tropieza consigo misma a lo largo de toda la calle. Las calles están impregnadas de un perfume que quedó. Se llega a oler el frasco vacío aunque el perfume se haya acabado. Queda su huella, que es su esencia, que se huele, y que a pesar de que no haya más perfume, lo más importante de éste -su olor- sigue ahí. Las calles muestran sus puertas y desde allí la gente nos ve pasar. Las puertas están abiertas.

1 comentario:

  1. Por algo tenemos los ojos adelante...
    no te voy a decir qué frase me marcó mucho, ya lo hablamos y lo vamos a seguir haciendo siempre(espero).

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