16 octubre, 2010

Calles

Bajaba. No es una manera de decir ni algo referido a la numeración de las calles. Si se presta un poco de atención, hay una bajada. Volvió el verde y todas las hojas y no sé si lo prefiero pero lo recibo de buen grado porque me causa un efecto similar al de la lluvia y al del pelo largo: el follaje (sea gris, negro o verde) aumenta el volumen de la ciudad, ocupa lugares vacíos y, finalmente, oculta. El descenso es algo familiar, en todo sentido. Conozco más detalles de lo pienso. Hay espacios difíciles de notar, lugares flotando, balcones y terrazas, ventanas o puertas que dan a la nada, habitaciones escondidas. Todo eso que uno cree no ver y a lo que no podrá llegar más que con la vista, a menudo me vuelve en forma de sueños. Y entonces me despierto y no estoy tan seguro de si existe o no, pero sé dónde está y que estuve ahí. Y bajo a ver si es cierto, y sí, el lugar está ahí, imperceptible. Es un crimen secreto haberlo observado desde otra perspectiva, haberlo habitado.
Ya no digo que estas calles son mías. Hace tiempo pensaba eso, sentía que este lugar me pertenecía y, por eso, debía marcar mi territorio y pelear por un título que no existía. Entonces pintaba las paredes yermas y aburridas con colores brillantes, con imágenes que hablaban. Era algo que me hacía muy feliz. Primero limpiaba las placas radiográficas con lavandina hasta que las huellas de los huesos se borraban. Después pegaba la hoja impresa con el modelo detrás del celuloide ahora transparente y empezaba lo más difícil: cortar, siguiendo líneas y los claroscuros, armando el mapa requerido para que los diferentes pedazos se mantengan unidos, adaptando el dibujo a mis necesidades, dándole el don de la reproductibilidad. Esto lastimaba mis dedos y me dolía seguir pero una vez empezado sentía una gran ansiedad por ver el trabajo terminado y no podía parar. ¿Y cuál era el trabajo terminado? Para mí era el stencil en sí, era producto y además un motor capaz de multiplicarse a sí mismo. Todo esto tardaba unos dos días. Por las noches salíamos, menos veces y más lejos de lo que me hubiera gustado. Íbamos caminando, corríamos por un terreno que era ahora campo de juego. La oscuridad era cálida, como anaranjada, y aprendimos a hacer un uso estratégico del ruido y del silencio. Y los que me acompañaron esas primeras veces siguen estando a mi lado. Luego empezaron a sumarse algunos con los que ya no me interesaba compartir el momento. Seguí con otros y también solo, pocas veces. No es lo mismo, sin duda se necesita más de un par de manos (de una manera u otra siempre se van a pintar un poco pero el quita-esmalte es una buena solución). Y ahora no lo hago más. No por una cuestión ética sino por todo eso. No encuentro las oportunidades, me olvido, y me gusta pero ya no me interesa tanto. Mientras, las impresiones subliminales en las paredes se han borroneado pero siguen ahí todavía.
Luego pude entender de otra manera este lugar, no es que me pertenezca sino más bien que yo pertenezco a él, junto a todo eso que vive y sobrevive detrás de las esquinas, donde siempre estuve y estuvieron todos. El pueblo que renace. Y bajando voy llegando a la casa. Miro la parte superior iluminada, los balcones y vidrios estaban abiertos. El otro día traduje algo. "La amarillenta túnica era tejida por los dedos sucios de las esclavas en el antiguo taller con gran cuidado. Tú, benévola anciana, estabas junto a la brillante ventana y arreglabas los cabellos de la novia". No sé quién lo escribió. Se me vino a la cabeza de repente y me llenó de tristeza mientras estaba rodeado de tilos.

1 comentario:

  1. ya iremos a pintar lunas por ahì... algún día nostálgico.

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